Capitalismo dependiente: las raíces económicas de la crisis salvadoreña

ENTREGA 03 de la serie “El Salvador Bajo el Bukelismo”

Partido de la Clase Trabajadora

Para comprender el Bukelismo no basta estudiar a Bukele, sus discursos, sus métodos de gobierno o la concentración del poder político alrededor de su figura. Tampoco basta con explicar la crisis de ARENA y el FMLN.

Hay una pregunta anterior y más profunda: ¿Qué tipo de sociedad produjo las condiciones económicas y sociales sobre las cuales pudo surgir el Bukelismo? La respuesta nos obliga a mirar hacia la estructura misma del capitalismo salvadoreño. El Salvador ha sido y continúa siendo, una sociedad profundamente desigual, con altos niveles de pobreza, una enorme informalidad laboral, una estructura productiva incapaz de generar suficiente empleo formal y una economía extraordinariamente dependiente de la migración y las remesas [de los emigrados].

Estos fenómenos suelen analizarse separadamente.

La pobreza

La informalidad

La migración

Las remesas

La falta de empleo

Pero desde una perspectiva marxista debemos intentar comprender qué relación existe entre todos ellos. Nuestra tesis es que no estamos simplemente ante una acumulación de problemas económicos producidos por malos gobiernos. Estamos frente a manifestaciones diferentes de una misma estructura: el capitalismo dependiente salvadoreño.

Un país que produce riqueza y reproduce desigualdad

Existe una contradicción fundamental, El Salvador produce riqueza, pero esa riqueza está profundamente concentrada. La desigualdad resulta aún más evidente al observar los extremos de la distribución. Según la World Inequality Database, en 2023 el 10 % más rico de la población salvadoreña concentraba alrededor del 42 % del ingreso nacional, mientras que el 50 % más pobre recibía apenas el 11 %. Esto significa que una décima parte de la población concentra casi cuatro veces el ingreso que recibe conjuntamente la mitad más pobre del país. La pobreza multidimensional afecta a más del 30 % de la población y la informalidad laboral supera el 70 % de la fuerza de trabajo. Estas cifras permiten formular una primera conclusión: la pobreza salvadoreña no puede explicarse simplemente porque el país “no produce suficiente riqueza”.

Existe también un problema fundamental relacionado con quién controla esa riqueza, cómo se produce y cómo se distribuye entre las clases sociales. Mientras una minoría concentra

una parte extraordinaria del ingreso, millones de trabajadores sobreviven mediante empleos precarios, actividades informales o estrategias familiares que dependen del dinero enviado desde el extranjero. Por eso la desigualdad no constituye una anomalía externa al funcionamiento de la economía. Es una de sus características estructurales.

¿Qué significa capitalismo dependiente?

El Salvador se caracteriza como un país semicolonial, subordinado dentro de la división internacional del trabajo capitalista. Esto significa que su economía no se desarrolló fundamentalmente alrededor de las necesidades de su propia población, sino articulada de manera subordinada a las necesidades de acumulación de los centros del imperialismo. Esta dependencia tiene raíces históricas. Durante los siglos XIX y XX, la economía cafetalera concentró la tierra en pocas manos y subordinó gran parte de la estructura económica nacional a la producción destinada hacia mercados externos. Cambian los productos. Cambian las formas de inversión. Cambian las relaciones internacionales. Pero permanece una característica: la economía salvadoreña ocupa una posición subordinada dentro del capitalismo mundial. Eso tiene consecuencias directas sobre la clase trabajadora.

Una industrialización insuficiente

Uno de los problemas fundamentales identificados es la incapacidad histórica del capitalismo salvadoreño para desarrollar suficientemente sus fuerzas productivas. El país nunca construyó una estructura industrial capaz de incorporar mediante empleo formal a la mayoría de su población trabajadora.

Esto es fundamental para comprender la informalidad. Frecuentemente se presenta al trabajador informal como alguien que simplemente decidió trabajar por cuenta propia o que pertenece a una especie de cultura económica diferente. Sostenemos totalmente lo contrario. La informalidad masiva no es un fenómeno cultural, no es emprendedurismo, es resultado de una estructura productiva que no genera suficientes puestos de trabajo formales. Si millones de personas necesitan trabajar para sobrevivir, pero el aparato productivo capitalista no genera suficientes empleos, esas personas no desaparecen. Venden en las calles, trabajan por cuenta propia, realizan pequeños servicios, se incorporan a empleos extremadamente precarios, emigran. La informalidad aparece entonces como una consecuencia estructural de la incapacidad del capitalismo salvadoreño para absorber productivamente a toda la fuerza de trabajo disponible.

¿Por qué el capital no desarrolla el país? Aquí encontramos otra cuestión central. Podría pensarse que empresarios nacionales y extranjeros deberían estar interesados en industrializar El Salvador, desarrollar tecnología, crear cientos de miles de empleos y elevar permanentemente la productividad nacional.

Pero el capitalismo no funciona según las necesidades generales de la sociedad. El capital, invierte donde espera obtener ganancias. Por lo que tanto el capital salvadoreño, como el extranjero, pueden obtener beneficios sin desarrollar plenamente las fuerzas productivas nacionales: mediante actividades como maquila, servicios y comercio, utilizando fuerza de trabajo barata y realizando inversiones relativamente limitadas.

Ahí aparece una contradicción fundamental entre las necesidades sociales y las necesidades del capital. La sociedad necesita empleo digno. Necesita industrialización. Necesita educación. Necesita infraestructura. Necesita producción suficiente para garantizar condiciones materiales dignas. Pero el capital no se pregunta: ¿qué necesita la sociedad salvadoreña? Se pregunta: ¿dónde puedo obtener una mayor rentabilidad? Esa diferencia ayuda a explicar buena parte de la estructura económica nacional. La informalidad no es la causa: es una consecuencia.

Desde esta perspectiva podemos invertir una explicación muy común. El Salvador no tiene una economía débil porque existen demasiados trabajadores informales. Existen enormes cantidades de trabajadores informales porque la estructura económica no ha sido capaz de generar suficientes empleos productivos y formales.

La informalidad superior al 70 % expresa, por tanto, una contradicción mucho más profunda. Detrás del vendedor ambulante, del trabajador por cuenta propia o de quien sobrevive realizando pequeños servicios existe una pregunta económica fundamental:

¿por qué esta sociedad no puede garantizar empleo formal a quienes necesitan trabajar? La respuesta fácil es que se debe a falta de emprendimiento, capacitación o esfuerzo individual, sin embargo, eso significa trasladar hacia el trabajador un problema que pertenece a la estructura económica.

Cuando el país no puede emplear a sus trabajadores, los exporta

La expresión más dramática de esta contradicción ha sido la migración. Durante décadas, millones de salvadoreños han buscado fuera del país las posibilidades de empleo y supervivencia que no encontraron dentro de él. Desde la lógica individual, emigrar puede aparecer como una decisión familiar. Desde la perspectiva estructural, sin embargo, aparece otra realidad: El Salvador exporta fuerza de trabajo.

El trabajador que no encuentra una posibilidad económica suficiente dentro del país termina buscando en Estados Unidos aquello que la economía salvadoreña no puede ofrecerle. Y aquí ocurre una de las mayores paradojas del capitalismo dependiente salvadoreño. El país expulsa económicamente a una parte de sus trabajadores. Esos trabajadores consiguen empleo en otro país. Y posteriormente el dinero que envían se convierte en uno de los pilares de la economía que los expulsó. El resultado es una economía que depende de las remesas de los migrantes más que de su propia producción.

Las remesas: solución familiar, expresión de una contradicción nacional

Para millones de familias salvadoreñas las remesas son indispensables. Permiten comprar alimentos, pagar vivienda, sostener estudios, resolver emergencias, mantener familias enteras. No tiene ningún sentido cuestionar a quienes las reciben ni a quienes, mediante enormes sacrificios, envían parte de sus salarios desde el extranjero. El problema es otro. Lo que constituye una solución para una familia expresa al mismo tiempo una contradicción para la economía nacional. Una economía saludable debería ser capaz de garantizar que sus trabajadores encuentren dentro del país los medios fundamentales para reproducir sus vidas.

Cuando una parte importante de las familias depende del salario ganado por trabajadores que tuvieron que emigrar, estamos ante una señal de dependencia estructural. La paradoja podría expresarse así: El Salvador necesita económicamente a los trabajadores que no pudo emplear.

La migración también transforma la sociedad

Pero la exportación de fuerza de trabajo no produce solamente consecuencias económicas. También transforma familias y comunidades. Cuando trabajadores jóvenes abandonan el país buscando oportunidades, se modifican las relaciones familiares, comunitarias y generacionales. Esta dinámica combinada con comunidades abandonadas por el Estado, falta de perspectivas educativas y masas de jóvenes sin acceso al empleo formal, es una mezcla peligrosa. Por eso pobreza, informalidad, migración y descomposición social no pueden analizarse como fenómenos aislados. Son dimensiones diferentes de una misma estructura.

Una juventud sin lugar dentro de la economía

Esta contradicción golpea especialmente a la juventud. ¿Qué ocurre cuando una sociedad produce generaciones enteras de jóvenes para quienes no existen suficientes empleos formales ni educación de calidad? Una posibilidad es emigrar. Otra es incorporarse a la informalidad. Otra es sobrevivir dentro de comunidades profundamente abandonadas. Y dentro de esas condiciones históricas también encontraron terreno las pandillas.

Sostenemos que, la juventud de las periferias urbanas no se incorporó a las pandillas por una supuesta predisposición moral hacia la delincuencia. La exclusión social, la ausencia de empleo, la falta de perspectivas educativas y, en muchos casos, la fragilidad de las estructuras familiares produjo condiciones en las cuales las pandillas pudieron ofrecer identidad, protección y pertenencia, aunque fuera mediante la violencia. Esto no justifica sus crímenes. Únicamente los explica socialmente. Y existe una enorme diferencia entre ambas cosas.

De la crisis económica a la crisis social

Aquí podemos observar una cadena de relaciones.

Dependencia económica

industrialización insuficiente

falta de empleo formal

informalidad y precariedad

pobreza y desigualdad

migración

dependencia de remesas

comunidades y juventudes sin perspectivas

No significa que cada fenómeno produzca mecánicamente el siguiente. Significa que todos forman parte de una estructura económica y social profundamente relacionada.

Esta estructura no nació con Bukele. Existía mucho antes de 2019. Y tampoco desapareció con su llegada.

ARENA administró el neoliberalismo, pero no creó la dependencia

Aquí es importante conectar esta tercera entrega con la anterior. Los gobiernos de ARENA profundizaron las privatizaciones, la apertura económica y las políticas neoliberales después de la guerra. La derrota estratégica de la revolución había modificado la correlación de fuerzas y facilitado esa ofensiva. Pero el capitalismo dependiente salvadoreño es históricamente anterior al neoliberalismo.

Sus raíces se remontan, a la inserción subordinada construida alrededor de la economía cafetalera y la concentración de la tierra. El neoliberalismo no inventó la dependencia. La reorganizó y profundizó bajo nuevas condiciones históricas.

El FMLN tampoco rompió esta estructura

Explicar este punto resulta igualmente necesario. Cuando el FMLN llegó al gobierno en 2009, despertó enormes expectativas entre trabajadores y sectores populares. Pero los gobiernos de Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén no transformaron radicalmente la estructura productiva ni rompieron con el capitalismo dependiente. No expropiaron a la gran burguesía. No modificaron el carácter de clase del Estado. No construyeron un nuevo poder de la clase trabajadora. Administraron el capitalismo existente sin transformar sus fundamentos.

Por eso, los problemas estructurales continuaron atravesando gobiernos de distinto signo político. La dependencia permaneció. La informalidad permaneció. La migración permaneció. La economía continuó dependiendo de las remesas. Y las expectativas depositadas durante décadas en el FMLN comenzaron a transformarse en frustración.

Bukele heredó esta estructura

Aquí llegamos al problema central de nuestra serie. Bukele llegó al gobierno en 2019 prometiendo romper con el pasado político. Pero llegó a gobernar sobre la misma estructura capitalista dependiente. El cambio político no significó una transformación de las relaciones fundamentales de propiedad. No significó que la clase trabajadora pasara a controlar los medios de producción. No significó superar la dependencia económica. Por eso existe una diferencia fundamental entre cambio de gobierno y transformación social.

Bukele pudo romper con una parte importante de las formas políticas de la posguerra mientras preservaba el carácter capitalista y dependiente de la economía. Esta contradicción será fundamental cuando posteriormente analicemos qué sectores de clase sostienen materialmente al Bukelismo.

Seguridad no significa emancipación social

El régimen de Bukele construyó una parte importante de su legitimidad alrededor de la reducción de la violencia de las pandillas. Pero incluso si aceptamos ese cambio en las condiciones de seguridad, permanece otra pregunta: ¿qué ocurrió con las condiciones económicas que habían producido exclusión, precariedad y falta de perspectivas para millones de trabajadores y jóvenes? Eliminar o reducir drásticamente el control territorial de las pandillas no elimina automáticamente el capitalismo dependiente.

La falta de empleo formal no desaparece porque desaparezca una estructura criminal.

La desigualdad no desaparece mediante encarcelamientos. La dependencia de las remesas no desaparece mediante el estado de excepción. La debilidad industrial no desaparece mediante propaganda gubernamental. Son problemas de otra naturaleza.

Son problemas estructurales de clase. El problema no es solamente repartir mejor la pobreza.

Desde una perspectiva socialista, tampoco basta con proponer una distribución ligeramente diferente de la riqueza existente.

La cuestión fundamental es qué se produce, quién decide qué producir, bajo qué relaciones sociales se produce y para satisfacer qué necesidades.

Mientras las decisiones fundamentales de inversión permanezcan subordinadas a la rentabilidad privada, las necesidades sociales seguirán ocupando un lugar secundario. El capitalismo dependiente expresa esta contradicción de una manera especialmente brutal porque combina explotación capitalista con subordinación internacional. Por eso superar la pobreza y la dependencia exige algo más profundo que sustituir un administrador por otro. Exige cuestionar quién controla la economía.

Una cuestión de clase

Aquí encontramos finalmente la conexión entre economía y política. La pobreza no puede separarse de la propiedad. La informalidad no puede separarse de la estructura productiva. La migración no puede separarse de la incapacidad del capitalismo salvadoreño para emplear a su propia población. Las remesas no pueden separarse de esa migración. Y la dependencia no puede separarse de la posición subordinada de El Salvador dentro del capitalismo mundial. Por eso la pregunta fundamental no es simplemente: ¿qué gobierno puede administrar mejor esta economía? La pregunta es: ¿qué clase social debe controlar la economía y para satisfacer los intereses de quién debe funcionar?

Desde nuestra perspectiva, la alternativa histórica no puede encontrarse en una nueva fracción empresarial ni en otro caudillo. Debe construirse desde la clase trabajadora.

Una sociedad organizada alrededor de las necesidades de quienes producen la riqueza tendría que invertir la lógica actual: producción para satisfacer necesidades sociales y no necesidades sociales subordinadas a la ganancia.

Las raíces económicas del bukelismo

Esto permite comprender por qué esta entrega forma parte de una serie sobre el régimen de Bukele. No estamos desviándonos hacia un tema puramente económico. Estamos buscando las condiciones materiales sobre las cuales posteriormente se desarrolló una determinada forma política.

Establecemos una relación histórica entre capitalismo dependiente, exclusión, falta de oportunidades, migración y descomposición social. Décadas de incapacidad para resolver esas contradicciones erosionaron también la legitimidad de las instituciones y partidos del régimen de posguerra.

Por eso, para comprender por qué millones terminaron buscando una ruptura con ARENA y el FMLN, tenemos que comprender primero qué tipo de sociedad esos partidos administraron. Bukele apareció prometiendo acabar con “los mismos de siempre”. Pero detrás de los cambios políticos permaneció una pregunta mucho más profunda: ¿cambió quién gobierna o cambió quién controla la riqueza?

Responderla será indispensable para comprender el carácter de clase del bukelismo.

Pero antes debemos detenernos en una de las consecuencias sociales más profundas del capitalismo dependiente salvadoreño.

Si el país fue incapaz de ofrecer empleo, educación y perspectivas a una parte importante de su juventud; si millones emigraron y comunidades enteras quedaron atravesadas por la exclusión; y si desde Estados Unidos fueron deportadas estructuras pandilleriles hacia esa realidad social, entonces debemos preguntarnos: ¿de dónde surgieron realmente las pandillas y por qué lograron convertirse en un poder territorial capaz de condicionar durante décadas la vida de la clase trabajadora y los sectores populares?. Ese será el tema de nuestra próxima entrega: “Las pandillas: capitalismo, migración y juventud sin futuro”.

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