El Nepo (de VOS Argentina)
En las últimas semanas estalló en Irán un proceso de movilizaciones, que fueron ganando masividad e intransigencia; y fueron contestadas con represión brutal. El deber de los revolucionarios es rechazar las teorías conspirativas que pretenden mostrar a los ayatolas como “los buenos” de esta historia, y apoyar esas luchas obreras y populares.
Repitiendo el proceso que hace tres años se desató tras el asesinato de Mahsa Amini a manos de la policía moral; otra vez el pueblo iraní está en las calles, protestando contra el régimen.
La censura, las campañas de desinformación, y la falta de camaradas de la CORI-CI sobre el terreno, dificultan la caracterización precisa de la situación, y obstaculizan la elaboración de consignas y propuestas. Sin embargo, conociendo los elementos centrales de la situación y de lo que es el régimen iraní; es posible al menos entender qué está pasando y como posicionarse. Y sobre todo, por que no hay que inventarle virtudes a un estado dirigido dictatorialmente por sacerdotes.
La crisis económica de un régimen decadente
Las protestas se iniciaron por la grave crisis económica que está sufriendo Irán; cuya causa no son únicamente las sanciones y demás ataques imperialistas, sino el propio orden capitalista impuesto y defendido por los ayatolas. Un capitalismo no muy diferente al que se conoció en América Latina y otras partes del mundo
Es que más allá de su origen religioso, la casta sacerdotal iraní no es sino parte integral de la burguesía persa; al igual que los grandes comerciantes del Bazar de Teherán. Su posición social, su autoridad religiosa y el peso político del ayatola Khomeini les permitió hacerse con el poder en 1979; tras la revolución obrera y popular que derrocó al Shă Reza Pahlavi, el sanguinario emperador cuya tiranía era uno de los pilares del dominio de EE.UU. sobre el Golfo Pérsico y el Mundo Árabe.
Así, desde el minuto cero en el poder, los clérigos persas debieron lidiar tanto con su propia debilidad como clase social, como con la presión de un imperialismo que no los veía con buenos ojos, y con el empuje de unas masas con la clase obrera a la cabeza; que buscaban profundizar la revolución. Y la forma que los ayatolas encontraron para enfrentar a todo eso, fue construir un estado represor totalitario basado en la religión musulmana, con la Guardia Islámica como columna vertebral, la nacionalización de la industria petrolera para aprovechar su renta, y balancearse entre el imperialismo y las masas; alentando las luchas de la región o traicionándolas según les conviniera. Todo para preservar su poder y riquezas.
Pero como mostró la experiencia latinoamericana con el peronismo, el PRI y otros nacionalismos burgueses; ese equilibrio tiene patas cortas. Ningún país puede desarrollar un capitalismo que vaya a contramano de los designios del mercado mundial. Y como los clérigos fueron incapaces de superar el capitalismo extractivista y centrado en la explotación petrolera impuesto a Irán, el centro de las políticas de los ayatolas fue buscar oportunidades para vender su país de a partes (“atraer inversiones”). Eso explica porqué las respuestas iraníes a los ataques imperialistas y sionistas son tan limitadas: solo buscan garantizar su supervivencia, no romper con el imperialismo.
Un régimen totalitario
Estas son las causas históricas de la actual la crisis económica en Irán, el telón de fondo del malestar de los trabajadores y el pueblo. Pero a esto hay que sumarle el otro gran factor de malestar: la represión.
Todas las instituciones de la República Islámica están al servicio de la represión a la clase obrera, las mujeres, las minorías… la organización independiente es ilegal, la vida política está regulada por los ayatolas; y los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (unas fuerzas armadas paralelas cuya misión es garantizar la supervivencia del régimen) son omnipresentes.
Probablemente, la cohesión de estos cuerpos represivos sea lo único que mantiene al régimen en pie a pesar del recrudecimiento de las protestas: al escribir estas líneas, algunos medios informaban que la escalada represiva había forzado una mengua en las protestas.
Aun así, esto ya pasó con las protestas contra la represión a las mujeres. Y aunque el gobierno se impuso, tuvo que ceder y relajar varios de sus controles. Es probable que en este caso suceda algo similar; pero de todos modos, la esencia represora del régimen sigue intacta.
Ni “aliados”, ni “progresivos”: enemigos de la clase obrera.
Por todo esto- más allá de que hay que defender a Irán de los ataques del imperialismo- no se puede contar a los ayatolas y su régimen como “aliados” de las masas explotadas y oprimidas, ni decir que pertenecen a un (inexistente) “campo progresivo” antiimperialista. Los clérigos iraníes son simplemente verdugos de obreros y luchadores; más allá de los choques que hayan tenido con EE.UU.
Por eso, hay que rechazar de manera tajante las afirmaciones del tipo “estas marchas están organizadas por el Mossad” y demás calumnias. Y aunque fuera cierto que los agentes del imperialismo hayan logrado cooptar a una parte de los manifestantes; o incluso dirigir el proceso; los motivos por los que iniciaron las protestas son más que legítimos, y merecen el apoyo de los revolucionarios. Quienes definen lo que sucede hoy en Irán de esta forman terminan siendo cómplices de la dictadura de los ayatolás.
Finalmente, es importante destacar que cundo se produjo la reciente mini-guerra entre Irán e Israel, estuvimos en el campo militar del régimen de los ayatolas contra el estado sionista.
Irán en una encrucijada
El régimen islamista está en un callejón sin salida: imposibilitado de superar el atraso por sus propios medios, y sin la chance de venderse a un imperialismo que no lo quiere de intermediario; solo puede recurrir a la represión para ganar algo de tiempo, frenando luchas que no hacen más que volver a comenzar.
El imperialismo tampoco tiene como reemplazar al régimen: su única figura de confianza es el heredero del Sah, pero su peso político dentro de Irán es irrelevante. Y más allá de que haya podido capturar a Maduro; todavía no ha revertido las derrotas de Iraq y Afganistán como para invadir un país y colonizarlo.
La censura y la represión impiden saber a ciencia cierta el nivel de organización de las masas, pero la disposición para la lucha es evidente. Sobre todo, es difícil discernir qué papel está jugando el movimiento obrero organizado; un sector que no solo tiene la centralidad con la que cuenta la clase obrera en cada país del mundo, sino también un largo legado de lucha.
Los revolucionarios debemos apostar a que sea la clase obrera la que acaudille todas las peleas contra la tiranía de los ayatolas. Que vuelva a poner en pie los organismos con los que enfrentó la dictadura del Sah; como los Consejos en las empresas, centros de estudios y pueblos (“shoras”)- idénticos a los soviets rusos- o las milicias de autodefensa. Y para que ningún sector patronal o imperialista le arrebate la victoria como en 1979; es necesario dotar a la clase obrera iraní de un partido revolucionario que la dirija.
Esta última y ardua tarea, la más importante de todas, no podrá ser resulta solo por los propios iraníes: es necesario apoyo internacional para sortear los obstáculos que impone una represión implacable. Y el primer paso para superar esos obstáculos, es lanzar una campaña de solidaridad que denuncie no solo la represión de los ayatolas y la política imperialista; sino que desenmascare las mentiras de los aliados del régimen en nuestros países.

