Cese al fuego en Irán: una derrota para el imperialismo

El reciente cese al fuego en la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán expresa, en los hechos, una derrota del imperialismo estadounidense y del sionismo, y un triunfo militar de Irán.

La ofensiva iniciada el 28 de febrero de 2026 tenía como objetivo destruir la capacidad militar iraní, imponer un cambio de régimen y reafirmar la hegemonía imperialista en Medio Oriente. Sin embargo, a pesar de su superioridad militar, Estados Unidos e Israel no lograron ninguno de estos objetivos estratégicos. Irán resistió, mantuvo su estructura estatal y conservó capacidad de respuesta, obligando al imperialismo a retroceder hacia una negociación.

Este resultado confirma una tendencia más profunda de la situación mundial: el debilitamiento relativo del imperialismo y el aumento de las dificultades para imponer derrotas rápidas a estados que, aunque burgueses y reaccionarios, mantienen cierto grado de independencia frente al dominio imperialista.

Desde el inicio de la agresión imperialista a Irán hemos mantenido nuestra comprensión de que en toda guerra entre una potencia imperialista y un país oprimido o semicolonial, estamos por la derrota del imperialismo, independientemente del carácter del régimen del país agredido.

Por ello, nos hemos mantenido por el triunfo militar de la resistencia de Irán frente a la agresión imperialista, sin otorgar ningún apoyo político al régimen reaccionario de los ayatolás, al cual combatimos desde una posición de independencia de clase.

Este cese al fuego no es una paz estable ni una solución al conflicto, sino una pausa inestable en una guerra que expresa las contradicciones más profundas del capitalismo mundial en crisis.

Una guerra imperialista

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no puede entenderse como un conflicto «defensivo» ni como una simple disputa regional. Se trata de una guerra imperialista, en el marco de la crisis económica prolongada del capitalismo mundial. En el marco de esta crisis EEUU ha visto disminuir su control hegemónico, y se ve obligado a redoblar el control geopolítico, energético y estratégico de Medio Oriente.

Estados Unidos actúa como la principal potencia imperialista mundial, buscando reafirmar su hegemonía en una región clave para el suministro global de energía y el control de rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz. Israel, por su parte, cumple el rol de gendarme regional del imperialismo, operando como su principal aliado militar en la zona, aunque con una agenda propia también.

El objetivo central de esta guerra fue aprovechar la crisis que vivió el régimen de Irán a finales del 2025 e inicios del 2026 con fuertes protestas y movilizaciones para intentar acabar con el régimen Iraní y avanzar en debilitar o destruir la capacidad militar de Irán, limitar su influencia regional (Líbano, Siria, Irak, Yemen), impedir su desarrollo tecnológico y energético independiente y reforzar el dominio imperialista sobre el mercado energético mundial.

Por su parte, Irán no representa una alternativa progresiva ni anti-capitalista. Se trata de un Estado burgués, teocrático y profundamente reaccionario, que reprime con fuerza a la clase trabajadora, a las nacionalidades oprimidas y con especial crudeza a las mujeres y población LGBTI.

Sin embargo, su carácter de país enfrentado al imperialismo le otorga una posición contradictoria. No es una mera semicolonia, sino un Estado que defiende su lugar en el sistema mundial frente a la dominación de las potencias centrales.

Desde el punto de vista marxista, esta contradicción es fundamental. No apoyamos políticamente al régimen iraní, pero sí defendemos su derecho a resistir la agresión imperialista.

Esta posición se basa en un principio estratégico: la derrota del imperialismo debilita al sistema capitalista mundial y abre mejores condiciones para la lucha revolucionaria de la clase trabajadora, tanto en los países oprimidos como en los países imperialistas. Sin embargo, es importante señalar que estas posibles mejores condiciones no son irreversibles ni inevitables, y están condicionadas a la existencia de una dirección obrera revolucionaria capaz de aprovecharlas.

Por eso, esta guerra debe ser caracterizada no como un choque entre «dos bandos equivalentes», sino como una agresión imperialista contra un país oprimido con un régimen reaccionario.

De la ofensiva relámpago al empantanamiento

La guerra comenzó el 28 de febrero de 2026 con una ofensiva directa de Estados Unidos e Israel contra objetivos militares y estratégicos en Irán. Desde el inicio, la operación buscó un golpe rápido que desarticulara la capacidad defensiva iraní y forzara un colapso político interno. La intensidad de los bombardeos y la amplitud de los blancos apuntaban a una guerra corta basada en la superioridad tecnológica y aérea del imperialismo.

Sin embargo, este cálculo no se cumplió. Irán logró sostener su estructura estatal y mantener una capacidad de respuesta significativa. A pesar de los daños sufridos en infraestructura energética, industrial y militar, el régimen no se derrumbó ni perdió el control del territorio. Por el contrario, desarrolló una estrategia de resistencia que combinó ataques con misiles y drones y presión sobre rutas marítimas clave.

El conflicto entró rápidamente en una fase de desgaste. Estados Unidos e Israel no lograron una victoria decisiva, mientras que Irán evitó una derrota estratégica. En este marco, el control efectivo del Estrecho de Ormuz por parte de Irán se convirtió en un factor central, ya que impactó directamente en el mercado energético mundial y elevó los costos económicos del conflicto para las potencias imperialistas.

Al mismo tiempo, comenzaron a manifestarse contradicciones en el frente interno de los países involucrados. En Estados Unidos crecieron las tensiones económicas y el cuestionamiento político a la guerra. En Israel se desarrollaron protestas y aumentó el desgaste social. En Irán, aunque la represión limitó las movilizaciones, persistió un descontento de fondo vinculado a la crisis económica y al carácter del régimen.

En estas condiciones, la guerra llegó a un punto muerto. Ninguno de los bandos podía imponer una resolución rápida sin asumir costos mayores. Fue esta situación de estancamiento la que obligó al imperialismo a retroceder hacia una negociación y aceptar un cese al fuego, abriendo una nueva etapa del conflicto marcada por la inestabilidad y la incertidumbre.

Las contradicciones dentro del bloque imperialista

La derrota del imperialismo en esta guerra no puede explicarse únicamente por la resistencia militar de Irán, aunque esta fue decisiva. Para comprenderla en toda su profundidad es necesario analizar también las contradicciones que operaron dentro del propio campo imperialista, entre sus dos principales protagonistas: Estados Unidos e Israel.

Israel no es un Estado como cualquier otro dentro del sistema imperialista. Fue creado como un enclave colonial al servicio del imperialismo para cumplir una función de gendarme regional. Para cumplir esa función, el imperialismo construyó un Estado real con su propia burguesía, industria armamentística exportadora y clase política con intereses que no siempre coinciden con los de su patrocinador. Ese proceso de desarrollo tiene consecuencias: el gendarme fue acumulando una dinámica propia que lo lleva, en ciertas condiciones, a actuar con independencia relativa de Washington e incluso a arrastrar a su propio patrocinador hacia conflictos que este no eligió completamente.

Esta guerra fue la expresión más clara y documentada de ese proceso. El New York Times reveló que Netanyahu presentó a Trump, el 11 de febrero de 2026, cuatro argumentos para atacar Irán que resultaron todos incorrectos: que los misiles iraníes serían destruidos en semanas, que Irán no podría cerrar el Estrecho de Ormuz, que el Mosad encendería una revolución interna, y que milicias kurdas emprenderían una invasión terrestre. La propia inteligencia norteamericana contradijo esa evaluación — el director de la CIA la calificó de «farsesca» y el Secretario de Estado de «una estupidez» — y el vicepresidente Vance fue el único en el círculo íntimo de Trump que se opuso firmemente, sin embargo, Trump adoptó el plan.

Israel atacó la infraestructura petrolera iraní sin autorización de Washington, siendo la primera vez que la administración Trump frenó públicamente a Israel desde el inicio de la guerra. Luego del reciente cese al fuego con Irán, Israel continuó sus operaciones militares, poniendo en riesgo la tregua recién alcanzada. El cierre efectivo del Estrecho de Ormuz, que Netanyahu había prometido que no ocurriría, provocó una gran crisis energética en el mercado petrolero, con el petróleo superando los cien dólares el barril durante semanas y consecuencias directas sobre la economía norteamericana y mundial.

Esta guerra le costó al imperialismo norteamericano más de lo que esperaba, en parte porque la resistencia iraní fue más sólida de lo que calcularon, y en parte porque el Estado israelí operó siguiendo su propia agenda, generando costos que EEUU no eligió y que no pudo controlar. La derrota del imperialismo fue, en ese sentido, doble: frente al pueblo iraní que resistió, y frente a sus propias contradicciones internas. Estas contradicciones no son coyunturales: expresan que el imperialismo norteamericano opera hoy en condiciones de declive relativo de su hegemonía, y que la relación con Israel funciona simultáneamente como recurso y como carga.

Un conflicto regional

La guerra dejó rápidamente de ser un enfrentamiento limitado entre Estados Unidos, Israel e Irán para transformarse en un conflicto regional. Este proceso no fue accidental, sino resultado de la propia estructura del sistema imperialista en Medio Oriente y de la red de alianzas militares, económicas y políticas construidas durante décadas.

Desde los primeros días del conflicto, la intervención indirecta de actores regionales amplió el campo de batalla. En Líbano, fuerzas vinculadas a Irán abrieron un frente contra Israel. En Irak, milicias alineadas con Teherán atacaron posiciones estadounidenses. En Yemen, los hutíes intervinieron sobre rutas marítimas estratégicas, afectando el comercio internacional. Al mismo tiempo, Siria se convirtió en un espacio de disputa militar y logística, mientras países del Golfo apoyaban política y materialmente la ofensiva imperialista.

A esto se sumó un elemento decisivo. La guerra impactó directamente en puntos clave de la economía mundial, como el estrecho de Ormuz y las rutas energéticas del Cáucaso, lo que obligó a múltiples Estados a intervenir para defender sus propios intereses. De este modo, el conflicto dejó de ser una confrontación localizada y pasó a involucrar a toda la región, conectando el campo militar con la lucha por el control del petróleo, el comercio y las rutas estratégicas.

En este proceso, Israel cumple un papel particularmente disruptivo. Su carácter de Estado construido al calor del imperialismo, sin base en un desarrollo histórico nacional propio, lo convierte en un enclave militar permanente en la región. Su política expansionista y su lógica de seguridad basada en la agresión «preventiva» lo empujan constantemente a escalar los conflictos, actuando como punta de lanza de los intereses imperialistas en Medio Oriente. Esto no responde simplemente a decisiones coyunturales, sino a su propia función estructural dentro del orden regional.

Como gendarme del imperialismo, Israel no solo actúa en defensa de sus propios intereses como Estado burgués, sino que cumple un rol estratégico en la contención de fuerzas hostiles al dominio imperialista. Su intervención tiende a desestabilizar equilibrios existentes, forzando a otros actores a responder y ampliando los conflictos. De esta manera, su accionar contribuye directamente a la regionalización de la guerra, transformando enfrentamientos localizados en crisis de alcance mucho mayor.

Las guerras no pueden permanecer contenidas porque están atravesadas por una red global de intereses económicos y militares. Cada ataque genera reacciones en cadena, incorporando nuevos actores y profundizando la inestabilidad.

Así, lo que comenzó como una agresión directa contra Irán se transformó en una guerra regional que refleja las contradicciones del capitalismo mundial, donde ninguna potencia puede intervenir sin desencadenar una dinámica más amplia que excede sus propios objetivos iniciales. Sin duda alguna, por la naturaleza del propio Estado, Israel es el principal actor disruptivo en la región.

El cese al fuego: negociar lo que no pudieron imponer

El cese al fuego alcanzado en abril de 2026 no representa una resolución del conflicto sino una pausa táctica impuesta por la correlación de fuerzas que se desarrolló durante la guerra. El acuerdo establece la suspensión temporal de los ataques directos entre las partes y la reducción de acciones militares en zonas estratégicas, junto con la reapertura parcial de las rutas marítimas.

Este acuerdo fue impulsado en un contexto en el que Estados Unidos no logró imponer sus objetivos estratégicos iniciales y enfrentaba un creciente costo económico y político. La decisión de avanzar hacia una tregua expresa el reconocimiento de ese límite. No se trata de una retirada declarada, pero sí de un retroceso en relación con los objetivos que dieron origen a la ofensiva.

Irán, por su parte, aceptó el cese al fuego sin haber sido derrotado. Conservó su estructura estatal, mantuvo capacidad militar y sostuvo su influencia regional. Además, logró preservar su posición en un punto estratégico clave del sistema energético mundial, lo que le otorga margen de maniobra en las negociaciones.

Desde el punto de vista político, el significado del acuerdo es claro. El imperialismo no consiguió destruir al adversario ni imponer un cambio de régimen. Se vio obligado a aceptar una negociación con un Estado que había sido presentado como objetivo de eliminación. Este hecho, en sí mismo, constituye un resultado favorable para Irán.

Sin embargo, el acuerdo es extremadamente frágil. No resuelve ninguna de las contradicciones de fondo que originaron la guerra. Las disputas por el control regional, el papel de las milicias aliadas de Irán, el programa nuclear y el dominio de las rutas energéticas siguen abiertas. Cada uno de estos elementos contiene potencial de reactivación del conflicto.

Por esta razón, el cese al fuego debe ser entendido como una tregua inestable dentro de una guerra no resuelta. Lejos de cerrar el conflicto, inaugura una nueva fase en la que las tensiones se desplazan al terreno diplomático sin desaparecer del plano militar.

Entre bombas, inflación y explotación

La guerra ha tenido consecuencias profundas para la clase trabajadora en los tres países involucrados, aunque de manera desigual. En todos los casos, los costos del conflicto han sido descargados sobre las condiciones de vida de las masas, confirmando que las guerras imperialistas se financian a costa de la clase trabajadora.

En Irán, la destrucción de infraestructura industrial, energética y de transporte provocó cierres de fábricas, despidos masivos y una fuerte caída de la actividad económica. A esto se suma una inflación ya muy elevada que se profundizó con la guerra, deteriorando aún más el salario real. Millones de personas enfrentan pérdida de ingresos, precarización y dificultades para acceder a bienes básicos. Esta situación se desarrolla bajo un régimen que reprime sistemáticamente la organización obrera, persigue a dirigentes sindicales y limita cualquier forma de protesta independiente. La guerra no resolvió estas contradicciones, sino que las agravó, aunque momentáneamente el aparato estatal haya logrado contener la movilización mediante la represión y la apelación al nacionalismo.

En Israel, aunque los daños materiales fueron más limitados, el aumento del gasto militar y la incertidumbre económica generan presión sobre el presupuesto estatal, lo que anticipa posibles recortes sociales o ajustes indirectos. Al mismo tiempo, comenzó a expresarse un descontento creciente frente a la prolongación del conflicto, con protestas que cuestionan tanto la guerra como sus consecuencias internas.

En Estados Unidos, el impacto se expresa principalmente a través de la economía. El aumento de los precios de la energía y de la inflación reduce el poder adquisitivo de los salarios, mientras el mercado laboral muestra signos de desaceleración. Aunque no hay destrucción directa en el territorio, la guerra contribuye a profundizar tensiones sociales preexistentes. El costo del conflicto, sumado al gasto militar y a las prioridades del gobierno, refuerza la percepción de que los recursos del Estado no se orientan a resolver las necesidades de la población. Esto alimenta el descontento en sectores de la clase trabajadora y genera fisuras incluso dentro de la base social del propio gobierno.

La guerra confirma una tendencia general del capitalismo en crisis. Los conflictos entre Estados no benefician a las masas, sino que intensifican la explotación, el empobrecimiento y la inestabilidad. En los países imperialistas, la clase trabajadora paga el costo de las aventuras militares de su propia burguesía. En los países agredidos, sufre tanto la agresión externa como la opresión interna de sus propios regímenes. Esta doble presión constituye la base objetiva para el desarrollo de nuevas luchas de clase en el próximo período.

La ausencia de dirección condiciona la victoria

La derrota relativa del imperialismo abre condiciones más favorables para la lucha de clases. Pero las condiciones favorables no se convierten automáticamente en victorias. Entre las condiciones objetivas y los resultados concretos existe siempre una mediación decisiva: la dirección política. Y esa dirección, tanto en Estados Unidos como en Irán, es el problema estratégico central del período que se abre.

En Estados Unidos, la oposición social a Trump, a la guerra y al sistema que los produce es real y masiva. Miles de manifestaciones recorrieron los cincuenta estados, con huelgas estudiantiles y obreras donde los trabajadores votaron por la acción con porcentajes del 94 al 99%. Esta energía carece de quien la dirija hacia una alternativa independiente. La burocracia sindical guardó silencio ante la guerra y trabajó para aislar las huelgas. El Partido Demócrata restó importancia a la guerra durante las protestas masivas, porque plantearla implicaría cuestionar el orden capitalista que ambos partidos defienden. Lo que falta no es descontento ni combatividad de base: es una organización política de la clase trabajadora que una la lucha por los salarios, contra los recortes sociales y contra la guerra, planteando con claridad que todos estos males tienen una raíz común en el capitalismo.

En Irán, el problema es distinto en su forma pero idéntico en su esencia. La clase trabajadora iraní tiene una larga tradición de lucha: fue la huelga general obrera la que derribó al Sha en 1979. Las protestas de 2025-2026 comenzaron con huelgas que en días se extendieron a decenas de ciudades, escalando desde el descontento económico hacia el cuestionamiento del propio sistema de la República Islámica. El régimen respondió con una masacre de más de tres mil vidas reconocidas por las propias autoridades. Esa clase trabajadora opera sin sindicatos independientes y sin continuidad organizativa entre un ciclo de lucha y el siguiente. Ese vacío fue disputado por el imperialismo norteamericano y por la burguesía iraní en el exilio encabezada por Reza Pahlavi. Ninguno representa los intereses de los trabajadores. La historia de 1979 es una advertencia: la ausencia de dirección revolucionaria independiente permitió que los ayatolás cooptaran el proceso y construyeran sobre sus ruinas una nueva dictadura burguesa.

Las condiciones que abre la derrota del imperialismo solo pueden convertirse en victorias reales si existe una dirección política capaz de conducirlas. En EEUU, eso significa construir organizaciones obreras revolucionarias, independientes de la burocracia sindical y del bipartidismo. En Irán, significa construir sindicatos y organizaciones obreras independientes del régimen y de cualquier fracción burguesa, que dirijan la lucha contra la dictadura hacia una perspectiva de clase.

En los hechos, un triunfo para Irán

El balance concreto de la guerra muestra que, a pesar de los daños materiales sufridos, Irán logró evitar una derrota estratégica y obligó al imperialismo a retroceder. Este resultado no puede ser evaluado en términos abstractos, sino en relación con los objetivos que tenía cada uno de los bandos al inicio del conflicto.

Estados Unidos e Israel lanzaron la ofensiva con metas claras. Buscaban destruir la capacidad militar iraní, debilitar decisivamente al régimen y reafirmar su control sobre la región. Ninguno de estos objetivos fue alcanzado. Irán no fue derrotado, su Estado no colapsó y su influencia regional no fue eliminada. La guerra no terminó con una capitulación, sino con una negociación.

El hecho de que el imperialismo haya tenido que aceptar un cese al fuego es en sí mismo un indicador de sus límites. A pesar de su superioridad militar, no logró imponer una resolución rápida ni decisiva. La guerra se transformó en un conflicto de desgaste en el que los costos económicos, políticos y sociales comenzaron a jugar en contra de Washington y sus aliados.

Por el contrario, Irán logró sostener su capacidad de resistencia. Conservó estructuras clave del Estado, mantuvo herramientas militares suficientes para disuadir y respondió de manera que elevó el costo del conflicto para el enemigo. Además, logró mantener una posición estratégica en el sistema energético mundial, lo que refuerza su capacidad de negociación.

El imperialismo no logró imponer su voluntad y se vio obligado a reconocer, de hecho, la continuidad del Estado iraní. Este retroceso debilita su autoridad a nivel internacional y puede tener consecuencias en otros escenarios de la lucha de clases mundial.

Por lo tanto, más allá de las contradicciones internas de Irán, el resultado de la guerra constituye un triunfo militar relativo frente a la agresión imperialista. Este triunfo no resuelve los problemas de fondo, pero modifica la correlación de fuerzas en favor de quienes enfrentan al imperialismo.

Un acuerdo frágil

El cese al fuego no puede ser entendido como el inicio de una etapa de estabilidad, sino como una pausa dentro de una crisis más profunda del sistema capitalista a nivel mundial. Las condiciones que dieron origen a la guerra no solo persisten, sino que tienden a agravarse.

La economía mundial atraviesa una fase de crecimiento débil en el marco de una crisis económica abierta en 2007-2009 la cual no se ha resuelto. Este crecimiento débil actual se da en medio de alta inflación en sectores estratégicos y creciente competencia por recursos, mercados y rutas comerciales. En este contexto, Medio Oriente mantiene un papel central debido a su importancia energética. La disputa por el control de esta región no responde a decisiones coyunturales, sino a necesidades estructurales del capital.

La guerra contra Irán es una expresión de estas contradicciones. El intento de Estados Unidos de reafirmar su hegemonía se enfrenta a límites cada vez más evidentes. El desarrollo desigual del capitalismo, la aparición de nuevas potencias y la resistencia de estados que buscan mayor autonomía generan un escenario inestable, propenso a conflictos recurrentes.

En este marco, cualquier acuerdo alcanzado es necesariamente frágil. El cese al fuego no resuelve la disputa por la influencia regional, ni el papel de las alianzas militares, ni el control de las rutas energéticas. Cada uno de estos factores contiene potencial para reabrir el conflicto.

Además, la propia dinámica interna de los países involucrados introduce nuevos elementos de inestabilidad. Las tensiones sociales en Estados Unidos, el desgaste político en Israel y la crisis económica y social en Irán actúan como factores que pueden empujar a nuevas confrontaciones, ya sea como forma de desviar conflictos internos o como resultado de presiones externas.

El capitalismo en crisis no logra estabilizar el sistema internacional y recurre cada vez más a la guerra como mecanismo de resolución de sus contradicciones. Sin embargo, estas guerras no resuelven la crisis, sino que la profundizan y la extienden.

Por lo tanto, el cese al fuego debe ser visto como una tregua precaria dentro de un proceso más amplio de inestabilidad global. Lejos de inaugurar una etapa de paz duradera, abre un período en el que las tensiones acumuladas pueden reaparecer bajo nuevas formas, manteniendo la posibilidad de futuros conflictos abiertos.

Celebramos el triunfo de Irán

Desde la Corriente Obrera Revolucionaria Internacional afirmamos con claridad que el resultado de esta guerra constituye un triunfo militar de Irán frente al imperialismo estadounidense y el sionismo. Este hecho debe ser reconocido y celebrado como una derrota del principal enemigo de la clase trabajadora mundial.

Sin embargo, esta posición no implica ninguna ilusión en el régimen iraní. El gobierno de los ayatolás es una dictadura teocrática profundamente reaccionaria que reprime a la clase trabajadora, a las mujeres y a las minorías nacionales. Por eso, nuestra política combina el apoyo militar frente a la agresión imperialista con una total independencia política respecto al régimen.

Este triunfo abre nuevas posibilidades en el terreno de la lucha de clases, tanto en los países imperialistas como en Irán.

En Estados Unidos, la incapacidad del gobierno de Trump para imponer una victoria rápida y el costo económico de la guerra pueden profundizar la crisis política interna. Es tarea de la clase trabajadora norteamericana transformar este desgaste en lucha contra su propia burguesía, oponiéndose al militarismo, al gasto de guerra y a las políticas que descargan la crisis sobre las condiciones de vida de las masas. La derrota relativa del imperialismo puede convertirse en un factor de impulso para el desarrollo del movimiento obrero y anti-guerra.

En Irán, el resultado del conflicto no resuelve ninguna de las contradicciones internas. La crisis económica, la desigualdad social y la represión política siguen presentes. La clase trabajadora iraní ha demostrado en los últimos años una enorme capacidad de lucha, con huelgas y movilizaciones que cuestionan al régimen. El triunfo frente al imperialismo puede generar nuevas condiciones para que estas luchas se reorganicen y avancen.

En este marco, es necesario señalar que resulta imposible pensar en una estabilidad duradera o en una paz real en Medio Oriente mientras exista el Estado de Israel. Su carácter de enclave imperialista, sostenido militar, económica y políticamente por las potencias centrales, lo convierte en un factor permanente de guerra en la región. No se trata simplemente de un Estado más dentro del sistema internacional, sino de una estructura que ha sido construida sobre la base de la expulsión, la opresión nacional y la expansión territorial, lo que reproduce de manera constante las condiciones para nuevos conflictos.

La dinámica del Estado israelí, basada en la militarización permanente y en la negación de los derechos del pueblo palestino, impide cualquier equilibrio estable. Su función como gendarme del imperialismo lo empuja a intervenir y escalar conflictos más allá de sus propias fronteras, bloqueando cualquier posibilidad de resolución en la región. Por eso, la lucha por una paz real está indisolublemente ligada a la lucha contra el imperialismo y contra todas las estructuras estatales que sostienen la opresión, incluyendo la propia existencia del Estado de Israel. Solo una salida basada en la unidad de los trabajadores y los pueblos de la región podrá abrir el camino hacia una transformación profunda que supere estas condiciones.

Por eso planteamos con claridad la necesidad de transformar este triunfo en una lucha contra el Estado de Israel, y a nivel interno de Irán en una lucha interna contra la dictadura. La tarea estratégica es la construcción de una alternativa independiente de la clase trabajadora que enfrente tanto al imperialismo como al régimen teocrático.

La experiencia de esta guerra confirma que el imperialismo no es invencible, que no existirá paz en Medio Oriente mientras exista Israel, pero también que ningún régimen burgués puede ofrecer una salida a la crisis. La única perspectiva real es la construcción de una alternativa revolucionaria internacional basada en la organización de la clase trabajadora.

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