Organizar la huelga para frenar el retroceso
Partido de la Clase Trabajadora | Sección Salvadoreña de la CORI CI
La jornada de ocho horas no fue un regalo. Fue arrancada mediante años de organización y lucha, frente a patronales que siempre quisieron disponer de cada minuto de la vida obrera. Por eso, cualquier intento de alargar la jornada diaria no es un simple ajuste administrativo, mucho menos “modernizacion”: amenaza una conquista que protege la salud, el descanso y el tiempo que cada trabajador necesita para vivir fuera del trabajo.
El gobierno de Nayib Bukele concentra poder y debilita los contrapesos institucionales. Desde nuestra perspectiva se puede caracterizar como una dictadura bonapartista con apoyo de masas: un régimen que busca presentarse por encima de las clases, mientras conserva respaldo popular y gobierna con mano dura. Esa caracterización no autoriza a confundir a quienes apoyan al gobierno con sus dirigentes, ni a despreciar sus razones. Sí obliga a comprender el terreno en que se libra la lucha: enfrentar una medida impopular no basta; hay que organizar una fuerza capaz de sostener la oposición y disputar la conciencia de quienes todavía confían en el régimen.
Una conquista arrancada con lucha
La consigna de las ocho horas tiene una historia larga. Durante la industrialización capitalista, las jornadas podían extenderse hasta consumir casi todo el día: doce, catorce horas y, en muchos casos, más. Obreras y obreros se organizaron para poner un límite a esa explotación. La demanda se resumía en una aspiración concreta: ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para la vida personal.
En Estados Unidos, la movilización obrera de 1886 por la jornada de ocho horas tuvo su centro en Chicago. La represión contra quienes participaron, el proceso judicial contra dirigentes obreros y la ejecución de varios de ellos dejaron una huella profunda en el movimiento internacional. El Primero de Mayo quedó asociado a esa lucha. No porque una fecha resuelva por sí sola las disputas laborales, sino porque recuerda de dónde vienen los derechos que hoy parecen cotidianos.
La jornada limitada no apareció de la buena voluntad empresarial o gubernamental. Se conquistó con organización, huelgas y solidaridad entre trabajadores. Y nunca quedó garantizada para siempre. Cada generación tiene que defenderla frente a quienes buscan ampliar el tiempo de trabajo, intensificar los ritmos o hacer que la vida entera gire alrededor de la producción.
Las ocho horas importan por razones muy concretas. El cansancio no es una abstracción: se siente en el cuerpo, en los accidentes, en el sueño perdido y en el poco tiempo para cuidar a los hijos, estudiar, atender la salud o compartir con otras personas. Cuando se alarga la jornada, no se estira solamente el horario. Se encoge la vida.
Bukele y la disputa por el tiempo de trabajo
La medida que amenaza con ampliar la jornada diaria en El Salvador debe entenderse como una ofensiva contra las condiciones de vida de la clase trabajadora. Enfrentarla exige señalar quién gana con ese cambio y quién paga sus costos. La patronal obtiene más tiempo de trabajo; la persona trabajadora pierde descanso y control sobre su propio día.
El apoyo popular del que dispone Bukele no puede ignorarse ni tratarse como una ilusión que desaparecerá por sí sola. Muchos sectores respaldan al gobierno por sus políticas de seguridad, por el desgaste de los partidos tradicionales o por la esperanza de que las cosas mejoren. Una posición marxista no puede responder a esa realidad con insultos. Tiene que escuchar, explicar y mostrar, en la experiencia diaria, cómo una jornada más larga afecta a quienes viven de su salario.
Ahí reside la contradicción del bonapartismo: un gobierno puede apoyarse en sectores de masas y, a la vez, avanzar contra derechos de los trabajadores para favorecer los intereses empresariales. Esa contradicción no se resuelve con discursos. Se vuelve visible cuando la jornada se prolonga, el salario no alcanza y el tiempo de descanso desaparece.
Pero tampoco debemos creer que basta con denunciar. Una declaración puede expresar rechazo pero no detiene por sí sola una máquina ni obliga a la patronal a retroceder. Para frenar la ampliación ahora —o revertirla después, si llegara a imponerse— hace falta organizar la fuerza colectiva de quienes producen. La huelga general y principalmente en el sector industrial es la herramienta central para ese objetivo.
La huelga única salida.
La industria concentra a miles de trabajadores en centros de producción, turnos y cadenas de suministro. Si quienes trabajan allí deciden parar de manera organizada, la producción se resiente y la presión sobre las empresas y el gobierno aumenta. Esa fuerza no es automática. Una fábrica no se detiene por voluntad de una consigna: se necesita deliberación, confianza, coordinación y un plan que permita sostener la acción.
La huelga no debe presentarse como un gesto heroico que cada persona enfrenta por separado.
Debe construirse colectivamente, con información clara sobre la medida, sus efectos y las formas de participar. La decisión debe surgir de asambleas, no de acuerdos cerrados entre dirigentes y autoridades. Los trabajadores tienen que discutir qué reclaman, cómo se movilizan y qué pasos están dispuestos a dar.
En cada centro de trabajo pueden elegirse delegados revocables, responsables ante sus compañeros y sujetos a sus mandatos. Esos delegados pueden coordinarse entre plantas, sindicatos y zonas industriales, manteniendo canales regulares de comunicación. Si una dirección sindical se niega a informar o a someter sus decisiones a las bases, los trabajadores deben reclamar el derecho a deliberar y organizarse por cuenta propia, sin renunciar a la unidad de acción.
También hay que preparar la huelga con seriedad. Eso significa identificar los turnos y centros afectados, escuchar a quienes enfrentan mayores riesgos, acordar demandas comunes y organizar apoyo legal y solidario. Las acciones deben ser decididas de forma colectiva y respetar los derechos de las personas participantes. La represión y las represalias patronales son peligros reales; ocultarlos sería irresponsable. Un fondo de resistencia, redes de solidaridad y equipos de acompañamiento pueden ayudar a que nadie quede solo.
La acción escalonada puede fortalecer la confianza: asambleas en los centros de trabajo, pronunciamientos de las bases, paros de advertencia por una hora y coordinación entre sectores, siempre con fechas y objetivos discutidos democráticamente. Si esas medidas no bastan, la huelga industrial debe estar preparada para sostenerse y ampliar el apoyo. No se trata de anunciar una huelga general como consigna vacía, sino de construir las condiciones para que una paralización tenga participación real y capacidad de durar.
Una campaña amplia, con dirección obrera
Sectores académicos, sindicales, sociales y eclesiales se han pronunciado contra la ampliación de la jornada. Ese rechazo puede convertirse en una campaña nacional, siempre que no quede reducido a comunicados. Hay que llevar la discusión a las universidades, las iglesias, las comunidades, las zonas industriales y los lugares de trabajo, con reuniones abiertas y materiales comprensibles que expliquen qué está en juego.
La unidad es necesaria, pero no significa que cada sector deba abandonar sus posiciones ni que la clase trabajadora renuncie a dirigir su propia lucha. Los sindicatos, colectivos académicos, organizaciones sociales y comunidades religiosas pueden aportar espacios, difusión y solidaridad. La decisión sobre las acciones laborales, en cambio, tiene que descansar en quienes enfrentan directamente la medida en sus centros de trabajo.
Esa orientación se conoce como frente único: actuar juntos frente a un ataque concreto, sin borrar las diferencias políticas ni subordinar la lucha a los intereses de partidos, empresarios o funcionarios. La campaña puede exigir la retirada de la medida, garantizar el respeto a la jornada de ocho horas y reclamar protección contra represalias. También puede defender la libertad sindical y el derecho a organizarse, porque sin ellos resulta mucho más difícil responder a cualquier nuevo ataque.
La independencia de clase no consiste en aislarse. Consiste en no entregar la dirección de la lucha a quienes tienen intereses distintos a los de los trabajadores. Una campaña amplia puede sumar a personas que todavía respaldan a Bukele. Para convencerlas, no bastan las etiquetas: hace falta discutir el problema con honestidad, mostrar sus consecuencias y proponer una salida concreta.
Una lucha para defender lo conquistado
El Partido de la Clase Trabajadora parte de una idea sencilla: las conquistas obreras se sostienen cuando la clase trabajadora se organiza de manera independiente y participa en las decisiones. La movilización no sustituye esa organización; la pone a prueba y la fortalece. Cada asamblea puede ser una escuela para aprender a deliberar, elegir representantes y controlar a quienes hablan en nombre de los trabajadores.
Por eso, la huelga industrial no debe limitarse a detener la producción durante unas horas. Tiene que servir para consolidar organización en los centros de trabajo y extender la solidaridad a otros sectores. La defensa de las ocho horas puede enlazarse con reclamos por salarios suficientes, contratos colectivos, libertad sindical y condiciones seguras. No porque todo deba resolverse al mismo tiempo, sino porque las personas que trabajan no viven sus problemas en compartimentos separados.
Si la ampliación de la jornada laboral se frena, será por la acción organizada de quienes no acepten perder tiempo de vida para aumentar las ganancias de otros. Si llegara a imponerse, la tarea no termina: habrá que reunir fuerzas para revertirla. La derrota de hoy no borra el derecho a volver a luchar mañana.
Las ocho horas fueron conquistadas por trabajadores que se organizaron cuando el poder y las direcciones reformistas, les decían que no había alternativa. Hoy la respuesta tampoco puede ser esperar una concesión. Hay que discutir en cada centro de trabajo, elegir delegados, coordinar la campaña con los sectores que ya se pronunciaron y preparar una huelga industrial democrática y sostenida. La jornada de ocho horas no se defiende sola. La defienden quienes la conquistaron y quienes se niegan a perderla.
Probabilidad de detener la medida, sin dirección revolucionaria.
Lo más probable es que la medida sea aprobada. No hay que ocultarlo ni alimentar falsas expectativas: la relación de fuerzas es difícil y el régimen conserva un importante apoyo. Pero aprobarla no resolverá las tensiones que atraviesan El Salvador. Las agravará. Una jornada más larga, impuesta sobre salarios que no alcanzan y vidas ya cargadas de incertidumbre, profundizará las contradicciones económicas y sociales entre el gobierno, la patronal y quienes viven de su trabajo.
Si eso ocurre, habrá que redoblar la organización para revertir el retroceso. Y también sacar una conclusión política: la resistencia no puede quedar atada a direcciones reformistas que limitan la lucha a gestiones y declaraciones, ni a posiciones sectarias que rechazan la unidad de acción con quienes no comparten todo el programa de la clase obrera.
Ni adaptación ni aislamiento. Hace falta una política que reúna fuerzas para enfrentar el ataque, mantenga la independencia de clase y confíe en la iniciativa de los trabajadores. La clase trabajadora necesita construir su propia herramienta política: democrática, independiente de los empresarios y del régimen, enraizada en los centros de trabajo y capaz de unir las luchas dispersas. No para reemplazar la organización sindical o la movilización, ni para manejarla a control remoto, sino para darles continuidad y una perspectiva común. Esa tarea responde a una crisis de dirección revolucionaria que no se resuelve con consignas: exige cuadros, debate, organización y participación real de quienes luchan.
Defender las ocho horas es defender tiempo para vivir. Pero también es preguntarse qué sociedad puede garantizar ese derecho sin convertir cada conquista en una batalla permanente. Desde El Partido de la Clase Trabajadora, sección salvadoreña de la Corriente Obrera Revolucionaria Internacional, estamos convencidos que el horizonte es retomar la lucha por el socialismo en El Salvador: una sociedad en la que la riqueza producida por la mayoría no quede bajo el control de una minoría y en la que el tiempo, la salud y la dignidad de quienes trabajan no se sacrifiquen en el altar de la ganancia.

