por Nana Korman, de Voz Obrera Socialista
¿Qué puede tener que ver la Guerra de Malvinas contra Gran Bretaña en 1982 con la actual guerra de Estados Unidos a Irán? A simple vista pareciera que se trata de dos hechos separados, muy distantes en tiempo y espacio uno del otro – por medio mundo, por medio siglo. Son diferentes los países que enfrentamos, las razones de las guerras, y el contexto social e histórico en que suceden, incluyendo la relación de los países con el imperialismo. Sin embargo, si ahondamos un poco en ambos conflictos, podemos encontrar varios puntos en común, que intentaremos desarrollar a continuación.
Dictaduras militares “progresivas” o medida progresiva con una dirección contrarrevolucionaria?
No existe una dictadura militar progresiva bajo el sistema capitalista. Toda dictadura militar burguesa utiliza las fuerzas del estado en favor de los intereses de la clase dominante, para aplastar militar y políticamente las luchas de los trabajadores y las masas. A veces, para controlar procesos revolucionarios. Otras veces, para evitarlos. Esto fue así en Argentina entre el 76 y el 82, y lo es actualmente en Irán.
Sin embargo, y por diferentes motivos, las burguesías dictatoriales de algunos países pueden tomar medidas que son correctas. Fue el caso en Malvinas, en donde la guerra de recuperación fue abrazada por el pueblo argentino a pesar de ser el gobierno militar quien la impulsaba, simplemente porque era una justa guerra por nuestro territorio, contra el imperialismo mundial. Esa guerra era objetivamente progresiva, porque organizaba a las masas nacionales cual ejército en torno a un sentimiento antiimperialista, que tenía un objetivo concreto: derrotar militarmente al imperialismo en nuestro suelo.
Algo parecido sucede hoy en Irán: el régimen dictatorial Ayatola es una cruda dictadura militar fronteras adentro, que cercena los derechos y la organización de las masas iraníes. Sin embargo, y a diferencia de la argentina, se trata de una dictadura burguesa independiente del imperialismo estadounidense, y bastante enfrentada al mismo desde hace décadas. Por eso, se plantó en pie de guerra frente a los ataques de Estados Unidos, y las masas iraníes, correctamente, sienten este conflicto como propio y apoyan la guerra – así como lo hicimos nosotros en el 82.
La gran diferencia entre ambas es que la dictadura militar argentina era altamente proimperialista, y declarar la guerra de Malvinas fue una medida desesperada de Galtieri para evitar que cayera su régimen. No sabemos qué hubiera pasado si se hubiera ganado la guerra: lo cierto es que Galtieri rápidamente empezó a tormar medidas para perderla (como rechazar ayuda de otros países del continente, no garantizar armamento adecuado, e inclusive no enviar insumos a los combatientes, que morían de frío y hambre en las islas). Y sí, la guerra se perdió – pero esa medida que había sido tomada por una dictadura agonizante para salvarse terminó siendo el golpe que determinó su caída.
Aunque el caso de Irán sea diferente, tanto por la independencia de Irán del imperialismo como por tratarse de una guerra defensiva (no fue Irán quién la declaró), se nos plantea el mismo interrogante: qué hacer cuando el proceso es progresivo (guerra contra el imperialismo), pero las direcciones que lo llevan a cabo son burguesas y contrarrevolucionarias? Decimos hoy, como dijimos en el 82: unidad militar con todo el que esté dispuesto a luchar contra el imperialismo.
Unidad militar no significa, en absoluto, apoyo político. No apoyamos a los gobiernos dictatoriales de ninguno de los dos países, en ninguno de los dos conflictos, pues son esos mismos gobiernos los que persiguen, reprimen y asesinan o desaparecen trabajadores y luchadores. Pero frente a un conflicto armado contra el imperialismo, siempre debemos estar en el campo militar del país oprimido, atacado, invadido, más allá de sus direcciones contrarrevolucionarias. En paralelo, denunciamos a estos gobiernos contrarrevolucionarios, pues más allá de una medida militar progresiva coyuntural, su razón de existir es derrotar la lucha y la organización de los trabajadores y las masas. Lo era en el caso de Argentina, y lo es en el caso de Irán. Por eso, mientras apoyamos la guerra, exigimos a estos gobiernos que sean consecuentes con su política de resistencia y, por ejemplo, liberen el acceso de armas a la población, para que podamos defendernos con nuestras propias manos de nuestros enemigos – incluyendo el propio gobierno dictatorial.
¿Guerra nacionalista o defensa regional antiimperialista?
Otro de los puntos en común entre ambas guerras es el papel que los conflictos cumplen (o cumplieron) en su región.
En Argentina, sería fácil cometer el error de creer que la guerra de Malvinas, por ser declarada por un gobierno dictatorial “nacionalista” “en defensa de la soberanía y la patria”, era una guerra de Argentina contra Gran Bretaña, ocupante directa de las islas. Nada más distante de la verdad. Primero porque la dictadura en Argentina fue parte de una política imperialista para todo el continente (el Plan Cóndor). Es decir, desde el vamos, nada de lo que sucedió en aquella época era de envergadura meramente nacional.
Pero, además, especialmente en el caso de Malvinas, las islas tienen una localización geopolítica estratégica para el mundo: son la puerta de entrada a la Antártida, permiten el control estratégico de rutas comerciales y militares biocéanicas, y además están rodeada de recursos naturales como petróleo, agua y minerales, etc. Por eso la ocupación de Malvinas era esencial para el imperialismo, y también por eso, el conflicto excedió los límites nacionales y se convirtió en un conflicto regional – y hasta mundial.
Esto lo entendieron con claridad los países de América del Sur, que ofrecieron tropas, aviones, armamentos, buques, para ayudarnos a pelear la guerra. También lo entendía con claridad el gobierno argentino, que sabía que para ganar la guerra debía apoyarse en la movilización revolucionaria de las masas argentinas y latinoamericanas y atacar la propiedad imperialista y por eso se negó a recibir esa ayuda de nuestros hermanos latinoamericanos. Por supuesto, también lo sabía el imperialismo en su conjunto: Gran Bretaña desplegó una fuerza militar que, una vez en territorio argentino, no debía ser derrotada – porque una derrota contra Argentina hubiera tenido efectos nefastos dentro de Inglaterra (donde Margaret Thatcher ya venía enfrentando huelgas y conflictos de los trabajadores y las masas), y fuera de ella, provocando que otros países y regiones semi-coloniales se alzaran en pie de guerra contra el imperialismo. Por eso, tanto Estados Unidos como los países imperialistas de Europa se alinearon con Inglaterra: Estados Unidos decretó embargo de armas a la Argentina y garantizó armamento, logística e inteligencia a Gran Bretaña, y varios países de Europa, entre ellos Francia, brindaron apoyo financiero, técnico y logístico a los británicos. Es decir, aunque la batalla militar directa fuese entre Argentina e Inglaterra, el conjunto del imperialismo respondió al conflicto como propio. Porque lo era: se trataba de un continente semicolonial atreviéndose a desafiar militarmente al imperialismo mundial para recuperar su territorio y recursos.
Una vez más, la magnitud regional y mundial del conflicto es uno de los puntos en común con la actual guerra de Estados Unidos a Irán. Aunque la guerra “oficial” militar se dé entre estos dos países, lo que está en disputa en esta guerra es la soberanía sobre territorio y recursos, contra el imperialismo que intenta robarlos. Y así como en los 70 la política para América no era separada por país sino continental, para todo el territorio, hoy la política del imperialismo, tanto para América Latina como para “Oriente Medio” (el Golfo Pérsico, la Península Arábiga, el Levante y el Norte de África) es una política de avance de colonización y extraccionismo. Como decía Lenin, la guerra es la continuación de la política por otros medios: las guerras y ocupaciones que Estados Unidos y su aliado Israel llevan a cabo hoy en el mundo no son políticas nacionales aisladas, sino una política global para el saqueo y la superexplotación de nuestros pueblos.
Por lo tanto, una victoria de Irán hoy sobre Estados Unidos es un golpe fuertísimo para el imperialismo, y deja a todos los pueblos y trabajadores del mundo que se enfrentan al imperialismo (en guerras o en el día a día de sus luchas) en mejor condiciones para dar esa batalla. Esto vale, obviamente, para la región (desde Palestina hasta Siria, desde Líbano hasta Yemen, etc.), pero también para el resto de los países y regiones del mundo.
¿La guerra de Milei?
Por último, queremos entrar en un debate sobre la posición de Milei en relación con la guerra en Irán. Consecuente con su papel de perrito faldero de Trump, servil al imperialismo estadounidense y al estado sionista genocida de Israel, Milei se alineó con el bloque imperialista-sionista, declarando a la Guardia Revolucionaria Iraní como organización terrorista enemiga, y hasta ofreció tropas para el combate contra ella en la guerra – poniéndonos en el radar del gobierno iraní, quien ya amenazó con represalias a la Argentina.
La reacción de gran parte del pueblo argentino fue el repudio a la posición de Milei –lo cual es correcto-, pero en la mayoría de los casos hay dos justificativas para ese repudio: el pacifismo (es decir, oponerse a la guerra en general), o bien “esta guerra no es nuestra”.
Nosotros repudiamos también la posición de Milei, pero por otras razones.
Primero, no toda guerra es igual. Oponerse a la guerra en abstracto es poner un signo de igual a las guerras de ocupación y a las de resistencia. En la práctica, esto significa estar en contra de la resistencia armada organizada, que es lo mismo que estar a favor de dejar correr la guerra de ocupación. Sabemos que no es posible la paz verdadera en ningún lugar del mundo hasta que no haya una derrota del imperialismo, y muchas veces esta batalla se libra en el terreno militar, porque así lo impone el propio imperialismo. Por eso, defendemos el derecho del pueblo iraní a defenderse del ataque imperialista, y más aún: llamamos a todo el que esté a favor a apoyar militarmente la resistencia, más allá del gobierno de los Ayatolas. Es decir, levantamos, en esta guerra, la misma política que tuvo nuestra corriente histórica en su momento en Malvinas.
Por otro lado, decir que esta guerra no es nuestra porque no fue declarada en nuestro territorio ni directamente contra los argentinos es no comprender que el desarrollo de esta guerra tendrá importantes consecuencias en lo que suceda en el mundo: desde la fuerza que el imperialismo tenga para aplicar sus planes de colonización y saqueo en nuestro continente, hasta el precio del petróleo, que se encarece a niveles absurdos y traduce en aumentos para la población y reducción de servicios, calidad de vida, etc.
En este sentido, nos oponemos a la posición de Milei porque quiere participar en la guerra… en el campo del opresor. Argentina es un país semicolonial, y los argentinos somos un pueblo oprimido y superexplotado: nuestro lugar es siempre junto a los otros países oprimidos, en el campo militar de la resistencia, contra el imperialismo. Lo entendieron los pueblos latinoamericanos cuando nos apoyaron en Malvinas, y debemos entenderlo hoy nosotros, cuando las guerras se dan en otros lugares del mundo, pero contra el mismo enemigo, y por los mismos motivos: la defensa de nuestra soberanía, nuestros recursos y nuestros pueblos.
Si hay algo que la resistencia iraní está dejando claro (como ya lo hizo en su momento Vietnam, y como ya sucedió también en Irak y Afganistán) es que el imperialismo no es invencible, ni siquiera militarmente. Mientras compartamos un enemigo común y global, toda guerra de resistencia es una guerra de todos los pueblos que resisten, y toda derrota o victoria, en América, en África o en Europa, en Irán, en Palestina o dentro del mismo Estados Unidos, condicionará la relación de fuerzas y el devenir de las luchas de los pueblos trabajadores contra el imperialismo como un todo. Por eso, apoyar la resistencia iraní y musulmana en general contra el imperialismo no es solo una cuestión de solidaridad o de ética, sino un deber que deviene de la comprensión estratégica de esa batalla común – la misma que librábamos ayer en Malvinas – contra un enemigo común: el imperialismo y sus gobiernos cómplices.

