En la primera vuelta, muchos trabajadores se preguntaron cuál era la solución a sus problemas y si había alguna candidatura a la que pudieran votar para resolverlos. Estamos hablando de un Brasil en el que el 82 % de las familias están endeudadas [1], donde el 69,1 % de la población vive con un máximo de dos salarios mínimos [2] y en el que, con solo ir al mercado, la gente se da cuenta de que el costo de la vida está aumentando [3].
Nosotros, desde la Voz Operária Socialista (VOS), nos acercamos a las puertas de las fábricas para debatir con la clase trabajadora cuáles serían las medidas necesarias para resolver estos problemas: el fin del turno 6×1 *¨?[reducción a 5 días de la semana laboral], la reducción de la jornada laboral sin recorte salarial, el aumento del salario mínimo hasta el salario mínimo necesario según el DIEESE [Dirección de Estadística, que en septiembre ya asciende a 1.500,00 dolareses (más de 1.200,00 dólares por encima del salario mínimo actual) [4], y la necesidad de que las tierras raras de Brasil no se repartan entre el capital extranjero y nacional. Discutimos que todo esto solo interesa a la clase trabajadora, en especial a la clase obrera, que es la que genera la riqueza del país, tiene la fuerza para detener esa producción y llevar adelante estas luchas y muchas otras.
Para ello, en la primera vuelta presentamos la candidatura de Frodo y, en el resto de candidaturas, aplicamos un criterio de independencia de clase y expusimos nuestros acuerdos y diferencias con las candidaturas del PSTU, a las que votamos y por las que hicimos un llamamiento al voto [5]. Estamos muy orgullosos de nuestra primera campaña electoral como VOS, de los debates que mantuvimos con la clase trabajadora y con la clase obrera en especial. Seguiremos después de las elecciones divulgando nuestro programa y discutiendo con nuestra clase.
Llegamos a la segunda vuelta con dos candidatos a la presidencia: Lula (PT) y Flavio Bolsonaro (PL). Por un lado, Lula, el actual presidente, que se encuentra en su tercer mandato (el quinto de su partido); durante la mayor parte de los últimos 30 años, el PT ha estado al frente del gobierno federal de Brasil. Por otro lado, Flavio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro (presidente de 2019 a 2022), que se presenta a las elecciones porque su padre está en prisión por intento de golpe de Estado y su hermano, Eduardo Bolsonaro, se encuentra escondido en EE.UU. para evitar ser detenido.
En la segunda vuelta se repite una tendencia que ya se observó en las encuestas y se confirmó en las urnas: una fuerte polarización en torno al rechazo a uno de estos dos polos. La mayoría absoluta de la clase trabajadora votó por dos alternativas: 1) Lula, porque no quiere a Bolsonaro, recuerda la pandemia, recuerda el intento de golpe de Estado, los ataques que este Gobierno lanzó abiertamente contra los sectores oprimidos, etc.; 2) Bolsonaro, porque no quiere a Lula, sabe que el PT ha gobernado durante 18 de los últimos 30 años, tenía esperanzas de que mejoraran sus condiciones de vida y eso no ha sucedido, el salario no ha seguido el ritmo del aumento del coste de la vida, no se han resuelto las reivindicaciones de los sectores oprimidos (en el estado de Bahía, donde el
PT gobierna desde hace décadas, las personas negras representan más del 93 % de las muertes por intervención policial) [6]. Y, por supuesto, también hay un sector —minoritario, según indican las encuestas— que vota a uno de los dos porque realmente se identifica con ellos y los apoya.
Ante este panorama y lo que representan estas dos alternativas muchos trabajadores están tomando su decisión entre un cuarto gobierno de Lula (sexto del PT), o un segundo gobierno de la familia Bolsonaro. Nosotros de la VOS le decimos à la clase trabajadora que ninguno de esos de esos gobiernos son alternativa y llamamos a no votar en ninguno de los dos. En este texto, explicaremos nuestra posición y queremos dialogar con la clase trabajadora que opta (con críticas o no) por una de estas alternativas.
Sistema en crisis
En los últimos años se ha agudizado la crisis del sistema capitalista y, en particular, de la democracia burguesa. Más recientemente, en Brasil, la crisis de todos los sectores que la dirigen quedó al descubierto con el escándalo del Banco Master. Todas las partes tienen a sus representantes en el grupo de WhatsApp de Vorcaro: el PT, el bolsonarismo, el Centrão y el STF estaban allí y en las fiestecitas del banquero.
Este panorama ha llevado a que los candidatos en las elecciones se posicionen como «antisistema», o a que desde todos los bandos se escuchen discursos que afirman que «el sistema está en nuestra contra». Esta afirmación no se sostiene desde ningún punto de vista. El PT es protagonista de la Nueva República, gobernó el país durante 18 años y ha gobernado varios gobiernos estatales a lo largo de los últimos años. El bolsonarismo tampoco tiene nada de antisistema; como mucho, se puede decir que fue un mero figurante durante muchos años, con Jair Bolsonaro empleando a toda su familia en gabinetes y otros cargos legislativos. Además, está metido hasta el cuello en escándalos de corrupción.
Esto se refleja en una desconfianza generalizada; de hecho, la tasa de abstención fue la más alta registrada desde 1998: un 24,8 % [7], y parte de esa abstención proviene sin duda de un sector de trabajadores que no ve en ningún sitio la solución a sus problemas ni al representante que se enfrente al sistema. En los últimos años se ha agudizado la crisis del sistema capitalista y, en particular, de la democracia burguesa. Más recientemente, en Brasil, la crisis de todos los sectores que la dirigen quedó al descubierto con el escándalo del Banco Master. Todas las partes tienen a sus representantes en el grupo de WhatsApp de Vorcaro: el PT, el bolsonarismo, el Centrão y el STF estaban allí y en las fiestecitas del banquero.
Este panorama ha llevado a que los candidatos en las elecciones se posicionen como «antisistema», o a que desde todos los bandos se escuchen discursos que afirman que «el sistema está en nuestra contra». Esta afirmación no se sostiene desde ningún punto de vista. El PT es protagonista de la Nueva República, gobernó el país durante 18 años y ha gobernado varios gobiernos estatales a lo largo de los últimos años. El bolsonarismo tampoco tiene nada de antisistema; como mucho, se puede decir que fue un mero figurante durante muchos años, con Jair Bolsonaro empleando a toda su familia en gabinetes y otros cargos legislativos. Además, está metido hasta el cuello en escándalos de corrupción.
¿Qué nos indica la votación de la primera vuelta?
Los votos depositados en las urnas no se clasifican como de trabajadores o de burgueses; el sistema electoral nos presenta a todos como “ciudadanos”, independientemente de las profundas diferencias que existen entre quienes vendemos nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir y quienes viven en el lujo explotándonos. Por eso, el mero recuento electoral no nos dice con certeza cuál ha sido el comportamiento medio de la clase trabajadora, pero sí es posible extraer algunos indicios.
El avance electoral del PL es evidente: ha elegido a 121 diputados federales, la mayor bancada de un solo partido desde la Constitución de 1988, y contará con 28 senadores a partir de 2027, también la mayor bancada del Senado. Son 149 parlamentarios, aproximadamente una cuarta parte del Congreso. El PT, la segunda bancada más numerosa de la Cámara de Diputados, eligió a 70 diputados.
En las principales ciudades industriales del país, el PT viene perdiendo terreno de forma generalizada. Entre los 100 municipios con más empleo en la industria, Lula obtuvo menos votos en 92 de ellos, en comparación con 2022. El número de ciudades en las que se situó encabezando se redujo de 27 a 22. En conjunto, estas ciudades le dieron a Lula cerca de un millón de votos menos que hace cuatro años. En el mismo periodo, Flavio Bolsonaro obtuvo unos 780 000 votos más que Jair en 2022.
En el ABC paulista, cuna del PT, la tendencia es clara. Si sumamos Santo André, São Bernardo, São Caetano, Diadema y Mauá, Lula pasó del 47,4 % de los votos válidos en 2022 al 44,9 % ahora, unos 73 000 votos menos. En Santo André, Flavio venceu com 47,2% contra 41,2%. Incluso en Diadema, donde el PT aún tiene mayoría, Lula retrocedió de 56,3% a 52,4%.
El patrón se repite en otros polos industriales:
• Betim (Minas Gerais), sede de Fiat/Stellantis: Lula ganó en 2022 por un margen mínimo (45,8 % frente a 45,4 %) y ahora ha perdido por un 41,2 % frente a un 48,7 %.
• Caxias do Sul (Rio Grande do Sul-RS), centro metalúrgico: Lula pasó del 31,8 % al 26,9 %.
• Gravataí (RS), donde se encuentra la fábrica de GM: Lula pasó del 38,2 % al 33,6 %.
• Araucária (Paraná, sede de la refinería Repar: Lula pasó del 43,3 % al 36,4 %.
• Osasco (São Paulo): se decantó por el bolsonarismo: Lula pasó del 45,7 % al 43,3 % y Flávio del 41,2 % al 45,5 %.
Estos datos no miden directamente el comportamiento de la clase obrera, pero apuntan en la misma dirección: un desgaste del PT en las principales ciudades industriales y un fortalecimiento del bolsonarismo en el Congreso. Es una tendencia que también se ha podido observar en las puertas de las fábricas y en las asambleas en los últimos años, donde el distanciamiento respecto al PT se manifiesta de forma más clara que en las urnas.
Hay quien observa esta realidad y ve un avance incuestionable del conservadurismo, que los trabajadores se han vuelto “fascistas” o algo por el estilo. No creemos que sea así. Lo que sí ocurre es el fortalecimiento de una polarización que tiene como protagonistas principales a Lula y Bolsonaro, quienes, a ojos de la población, representan a la izquierda y a la derecha. Y en el marco de esta polarización, el polo que se supone que es la izquierda, que se supone que defiende a los trabajadores, lleva 18 años en el Gobierno, durante los cuales no solo no ha resuelto los problemas de los trabajadores, sino que ha sido el rostro de los ataques contra sus derechos.
El PT no ha gobernado a favor de los trabajadores
Tras cinco mandatos del PT, hay una pregunta que hay que responder: ¿para quién ha gobernado el PT? Los bancos obtuvieron beneficios récord durante los gobiernos del PT, mientras que el trabajador ve cómo sube el costo de la vida y no sabe cómo llegar a fin de mes. Las reformas laboral y de la seguridad social, que el PT prometió combatir, siguen en pie. La decepción de la clase trabajadora con el PT no surge de la nada.
Hoy, la izquierda ataca con razón la propuesta de Flavio Bolsonaro de flexibilizar los derechos y dejar que los trabajadores «negocien con el patrón». Pero esta realidad ya existe bajo el gobierno de Lula para millones de repartidores y conductores de aplicaciones. Se encuentran desamparados en caso de accidente, sin indemnización ni ingresos mientras se recuperan, pudiendo incluso perder sus motos o coches y teniendo que hacerse cargo de todos los gastos de mantenimiento. Esa es ya la realidad cotidiana del sector más precario de la clase trabajadora.
Lula ha tenido en los últimos años un lema de “soberanía” que enfrentaría la política imperialista de Trump respecto a América Latina y a Brasil, y a la postura capituladora y subordinada del bolsonarismo,. Pero el Gobierno Lula que se presenta como “defensor de Brasil”, en la práctica, no impide la venta de tierras raras al capital extranjero y permite que las grandes tecnológicas construyan sus centros de datos en nuestro país sin gran resistencia. [8] Ha permitido que empresas como Uber operen al margen de la legislación laboral y mantiene a Petrobras con gran parte de sus acciones en manos de accionistas extranjeros.
Los sectores más oprimidos de la clase lo sienten con mayor intensidad. La generalización de la subcontratación precariza, sobre todo a los trabajadores negros, y dificulta su organización sindical. La alianza con las iglesias evangélicas ha echado por tierra reivindicaciones históricas de las mujeres y de la población LGBT, como la legalización del aborto. La alianza con el agronegocio ha supuesto una política de guerra contra los pueblos indígenas. Y el Gobierno que dice defender la democracia ha recurrido a la GLO (Ley de Orden de 1999) y mantiene la ley antiterrorista, promulgada por Dilma Rousseff, que puede utilizarse contra quienes luchan. Un Gobierno que permite que en su país se persiga judicialmente a los activistas pro-Palestina y a quienes se oponen al genocidio perpetrado por Israel, como es el caso de Zé Maria, del PSTU, y de muchos otros.
Pero el peor balance del PT no es solo lo que dejó de hacer, sino lo que le hizo a la clase trabajadora. Al cooptar a las centrales sindicales y a los movimientos sociales, al canalizar todas las reivindicaciones hacia el seno del régimen y contener las luchas que pudieran chocar con su propio gobierno, en un intento por domesticar a la clase obrera, el PT desarmó a la clase.
Esto tiene consecuencias, ya que nos deja menos preparados para hacer frente a proyectos autoritarios como el de Bolsonaro, que también ya ha sido gobierno y que ya ha intentado dar un golpe de Estado, como veremos en la siguiente sección.
Los ataques contra los trabajadores y la amenaza autoritaria de Bolsonaro
El bolsonarismo llegó al gobierno como una alternativa declaradamente más a la derecha que el PT, con promesas de rescatar al país y de que Jair Bolsonaro sería un «mito» que lo salvaría. La “seguridad” (una de las mayores preocupaciones de la clase trabajadora) siempre ha sido uno de sus principales ejes,. Brasil presenta cifras de violencia propias de una guerra y el trabajador se siente perdido y amenazado en medio de todo esto, entre el tráfico de drogas, las milicias parapoliciales criminales y la violencia policial. La violencia está muy presente en el día a día de la clase trabajadora brasileña, que ansía respuestas al respecto, y esta realidad sigue empeorando mucho a lo largo de los años, tanto por lo que indican los datos como por la percepción general de la población. [9]
Para las mujeres trabajadoras, la realidad fue aún peor durante el gobierno de Bolsonaro; Brasil batió el récord de feminicidios bajo su mandato: una mujer asesinada cada seis horas [10] (cabe señalar que este récord se superó en todos los últimos años del gobierno de Lula [11]). El gobierno de Bolsonaro no se preocupó por dar respuesta a este problema; tanto en el discurso como en la práctica, actuó en sentido contrario. Se recortó el presupuesto destinado a la lucha contra la violencia contra las mujeres [12].
El discurso de “lucha contra el crimen organizado” y las milicias no podría ser más hipócrita. La familia Bolsonaro tiene fuertes vínculos con las milicias. Flávio contrató en su gabinete de la Asamblea Legislativa de Rio de Janeiro a la madre y a la exmujer del capitán Adriano da Nóbrega, jefe de las milicias parapoliciales criminales. Y le concedió la Medalla Tiradentes cuando estaba en prisión. Quien prometió acabar con las milicias tiene una milicia en su propia casa. Los milicianos implicados en el asesinato de Marielle Franco (2018) tenían, casualmente vínculos con miembros de la familia Bolsonaro.
El balance del Gobierno de Bolsonaro para los trabajadores también está muy presente en la memoria. Fue él quien aprobó la reforma de las pensiones en 2019, obligando a la clase trabajadora a trabajar más para jubilarse con menos. Durante la pandemia, calificó la COVID de «gripecita», se burló de los fallecidos, saboteó el confinamiento y retrasó la compra de vacunas. El recuerdo de ese periodo está muy vivo y es muy triste para los trabajadores que perdieron a seres queridos, amigos y familiares; Brasil llegó a registrar casi 700 000 fallecidos. Además, se produjeron diversos recortes, como en educación, en las universidades y en sanidad.
El balance del Gobierno de Bolsonaro para los trabajadores también está muy presente en la memoria. Fue él quien aprobó la reforma de las pensiones en 2019, obligando a la clase trabajadora a trabajar más para jubilarse con menos. Durante la pandemia, calificó la COVID de «gripecita», se burló de los fallecidos, saboteó el confinamiento y retrasó la compra de vacunas. El recuerdo de ese periodo está muy vivo y es muy triste para los trabajadores que perdieron a seres queridos, amigos y familiares; Brasil llegó a registrar casi 700 000 fallecidos. Además, se produjeron diversos recortes, como en educación, en las universidades y en sanidad.
Además de todo este proyecto suyo, que va claramente en contra de la clase trabajadora, también tiene, sin duda, un proyecto autoritario. Ya no se trata solo de retórica: Jair Bolsonaro está en prisión por intentar un golpe de Estado, y Flávio no supone una ruptura con su padre en el proyecto bolsonarista de poder. La clase trabajadora tiene claro que el bolsonarismo es un proyecto autoritario que hay que combatir. Es necesaria toda unidad de acción para luchar contra los ataques a las libertades democráticas. Hay que combatir este proyecto; la cuestión, que discutiremos a continuación, es cómo hacerlo.
¿Cómo combatir el proyecto de Flavio Bolsonaro?
Este proyecto autoritario no es nada nuevo en la historia reciente de Brasil; ya fue motivo de preocupación en las dos últimas elecciones debido al discurso que siempre ha defendido el bolsonarismo. En 2022 quedó claro que no se trataba solo de retórica electoral: tuvimos bloqueos de carreteras, acampadas frente a cuarteles, un borrador del golpe, intentos de convencer a las Fuerzas Armadas y la invasión de las sedes de los Tres Poderes el 8 de enero. Bolsonaro no contó con el apoyo del imperialismo estadounidense para su proyecto, no obtuvo mayoría entre los mandos de las Fuerzas Armadas y no logró llevar adelante su proyecto; el 8 de enero ni siquiera se encontraba en Brasil porque sabía lo que estaba a punto de suceder y dejó que sus seguidores llevaran las bombas en su lugar.
El PT, durante los episodios más agudos de este proceso, se mostró inoperante: no organizó a la clase trabajadora para desmantelar los bloqueos, no movilizó a la clase a través de los sindicatos que dirige para hacer frente a una amenaza golpista, no hizo nada. Se conformó con su victoria electoral, le dijo a la clase trabajadora que dejara ese trabajo en manos de la policía, que eso bastaba para frenar ese proyecto y que ahora Brasil volvería a sonreír con su gobierno.
Esa política se puso a prueba y ahora estamos viendo sus consecuencias. El PL de Bolsonaro se ha fortalecido institucionalmente; el bolsonarismo vuelve a aparecer como alternativa al PT tras cuatro años en los que la clase trabajadora ha sentido que su vida no ha mejorado. Hace cuatro años, el bolsonarismo perdió las elecciones y siguió adelante con su intento golpista; su derrota electoral no le impidió hacerlo. Y cuatro años después, el PT ya ha demostrado que no puede ser una dirección capaz de organizar a la clase obrera para resistir un golpe de Estado; no se va a encargar de crear comités en los lugares de trabajo, de preparar a los sindicatos para la lucha ni de organizar la autodefensa. El PT ya se asignó otra tarea hace años: dirigir el Estado capitalista brasileño. Y ya ha convencido, basándose en el aumento de los beneficios, a un sector de la burguesía brasileña e imperialista de que esta tarea les conviene.
Es cierto que algunos sectores se habían movilizado contra el Gobierno de Bolsonaro en los últimos años y participaron en manifestaciones callejeras contra la extrema derecha. Creemos que la autoorganización de los trabajadores y, especialmente, de la clase obrera es esencial. Pero creemos que salir a la calle para intentar recomponer la base electoral del PT no es el camino para frenar los avances autoritarios en el país. Vemos que varias direcciones, como la de la CUT y otras centrales sindicales que apoyan al Gobierno, convocan estas manifestaciones; lo que estas organizaciones deberían hacer realmente es convocar una huelga general contra el horario 6×1 y en defensa de los derechos que el propio Gobierno de Lula no garantizó, y organizar la autodefensa de los trabajadores en sus sindicatos. Eso sí que sería una demostración de fuerza de la clase trabajadora que ningún gobierno, ni el de Lula ni el de Flávio, podría ignorar.
Lula y Flavio Bolsonaro entregan la soberanía de Brasil al imperialismo
Brasil cuenta con la segunda mayor reserva de tierras raras del mundo, sin contar los minerales estratégicos y críticos. Se trata de minerales que se utilizan en imanes de coches eléctricos, turbinas eólicas, aparatos electrónicos y en la industria militar; quien posee la mayor reserva es China. Esto hace que muchos países, incluida la mayor potencia imperialista del mundo, EE. UU., quieran hacerse con las tierras raras brasileñas.
La carrera por ellas ya ha comenzado aquí: hasta junio de 2026 se habían presentado 2.727 solicitudes de prospección de tierras raras en la ANM, el 86 % de ellas presentadas desde 2023. Las empresas extranjeras concentran el 42 % de estas solicitudes y controlan 31 de los 45 proyectos más avanzados [13]. Solo en los primeros cinco meses de 2026 se registraron 401 solicitudes, casi el mismo número que se registró entre 1975 y 2020[14].
El Gobierno de Lula, que hizo de la soberanía su lema de campaña, asistió a esta carrera con los brazos cruzados. En abril, la empresa estadounidense USA Rare Earth compró por 2.800 millones de dólares la Serra Verde, en Goiás, la única empresa minera que produce tierras raras a escala comercial en el país, y la compra se llevó a cabo sin ningún tipo de supervisión por parte del Gobierno brasileño[15].
Meses antes, el propio Gobierno de EE.UU. ya había anunciado una financiación de 565 millones de dólares para la mina, con la opción de convertirse en socio de la misma.[16] Lula tenía poder para intervenir y no lo hizo, en nombre de la «seguridad jurídica» de los inversores[17]. En mayo, Lula le dijo a Trump que las tierras raras brasileñas se compartirán «con quien quiera invertir en Brasil» y añadió: «no tenemos ninguna preferencia»[18]. Para el PT, la soberanía significa elegir a qué capital entregar nuestras riquezas.
Flávio Bolsonaro ni siquiera lo disimula. En una reunión con Trump prometió «una alianza estratégica a largo plazo en este sector, con inversiones protegidas» y presentó a Brasil como «la única alternativa real a China para el mundo libre»[19]. Su aliado André Marinho redactó un memorándum de colaboración con EE. UU. sobre minerales críticos para un posible gobierno de Flávio Bolsonaro y fue recibido por el vicepresidente estadounidense J. D. Vance.
Flávio Bolsonaro es un vendido absoluto, ofrece en bandeja las tierras raras y la soberanía nacional. Pero Lula también deja el camino libre y lo llama “soberanía”; fue durante su gobierno cuando se produjo el auge de las solicitudes de explotación minera de tierras raras y cuando empresas de EE.UU. y Australia entraron con todo como parte de un plan del imperialismo para hacerse con las tierras raras brasileñas.[20] Habría sido una gran oportunidad para ir más allá del discurso en defensa de la soberanía, pero no hizo nada.
Trump ya ha demostrado que considera que Latinoamérica es su patio trasero y que hace lo que quiere y como quiere. Ninguno de los dos se enfrentará a la intervención de Trump en Brasil. Esa tarea corresponde a la clase trabajadora, organizada en las fábricas, en los sindicatos y junto a las comunidades afectadas por la minería, para exigir la anulación de la venta de Serra Verde y que las tierras raras no se subasten ni para el capital extranjero ni para el nacional.
La clase obrera está en proceso de superar al PT; es necesario construir una alternativa socialista y obrera independiente del PT
Los datos de la primera vuelta y lo que vemos a las puertas de las fábricas apuntan en la misma dirección. Un sector cada vez mayor de la clase obrera se está alejando del PT. Este alejamiento puede ser aprovechado por la extrema derecha, como ya está ocurriendo en parte a nivel electoral. O bien puede traducirse en la construcción de una alternativa propia, independiente del PT y de la burguesía, que luche por un programa obrero y socialista. Este programa incluye el fin del turno 6×1, la reducción de la jornada laboral sin recorte salarial, el salario mínimo del DIEESE y una soberanía real sobre las riquezas del país, como las tierras raras.
Por eso hacemos un llamamiento a la clase trabajadora para que no vote ni a Lula ni a Flávio Bolsonaro en esta segunda vuelta. Ninguno de los dos gobernará para nosotros. Necesitamos construir una alternativa obrera y socialista para la clase trabajadora o siempre seremos rehenes del mal menor porque es lo único que se puede elegir.
La tarea para la clase obrera que vote a Lula, a Bolsonaro, en blanco o se abstenga es la misma: unir a la clase obrera, autoorganizarse en los lugares de trabajo, en los sindicatos y en los barrios. La tarea no puede consistir en recomponer la base electoral del PT de cara a las próximas elecciones. Hay que construir la fuerza capaz de hacer frente tanto a los ataques de un cuarto gobierno de Lula como a la amenaza autoritaria de un gobierno de Flávio.
Este es el camino que la Voz Operária Socialista se propone construir y que puede ofrecernos una perspectiva para resolver nuestros problemas. Sabemos que no es el camino más fácil ni el más rápido, pero es el único que depende de nuestras propias fuerzas, y no de la buena voluntad de quienes nos explotan. Invitamos a todos los trabajadores que comparten esta preocupación a construir con nosotros. Por eso hacemos un llamamiento:
• Voto nulo: ¡Ni Lula ni Flávio!
• ¡Fuera Trump de América Latina!
• ¡Organicemos a los trabajadores para luchar por la soberanía de Brasil! ¡Las tierras raras para los trabajadores!
• ¡Unamos a la clase para combatir toda forma de opresión!
[1] https://veja.abril.com.br/economia/82-das-familias-brasileiras-estao-endividadas-
maior-nivel-desde-fevereiro/
[2] https://valor.globo.com/brasil/artigo/quantos-ganham-1-salario-minimo-no-brasil-
confira-a-divisao-dos-trabalhadores-por-faixa-de-renda.ghtml
[3] https://www.infomoney.com.br/politica/sete-em-cada-dez-brasileiros-dizem-que-
o-custo-de-vida-aumentou-aponta-meio-ideia/

