Alejandro Iturbe
( Nota: reproducimos el artículo publicado en la revista Correo Internacional Segunda Época No 17 al cumplirse 100 de la Revolución de Octubre cuando el autor intregraba la LIT-CI. Si bien requeriría algunas actualizaciones sus conceptos centrales mantienen plena vigencia).
El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre según el viejo calendario ruso) los obreros rusos tomaron el poder a través de los sóviets (concejos de representantes de obreros, campesinos y soldados) y destruyeron el Estado burgués. Iniciaron así la construcción del primer Estado obrero de la historia y realizaron profundas
transformaciones sociales sobre la base de una economía de transición al socialismo.
Por primera vez se llevaban a la práctica los postulados que el marxismo había comenzado a construir con el Manifiesto Comunista (1848), enriquecidos por la caracterización de la nueva época capitalista imperialista, la incorporación de la experiencia de la Comuna de París en 1871 (primer intento de toma del poder por parte de los obreros), el análisis de la dinámica del proceso ruso a través de la teoría de la revolución permanente y la necesidad de la construcción de un modelo específico de partido revolucionario (llamado leninista o bolchevique) como herramienta necesaria para dirigir y articular todo el proceso revolucionario.
La Revolución de Octubre fue uno de los hechos centrales de la historia moderna: junto con la Primera Guerra Mundial abrió una nueva época dentro del mundo capitalista, a la que Lenin había definido en 1914 como de
“guerras y revoluciones” [1]. Mientras las potencias imperialistas dirimían su hegemonía y sus espacios de dominio a través de la guerra, el centro de la vida política mundial pasaba a ser la lucha mortal entre la
revolución obrera y socialista, por un lado, y la contrarrevolución capitalista imperialista, por el otro.
Seguimos en la época definida por Lenin Esta es la primera gran enseñanza que revindicamos de Octubre: consideramos que continuamos en la época definida por Lenin hace más de un siglo. Por lo tanto, la tarea de los revolucionarios sigue siendo impulsar y construir revoluciones de ese tipo como estrategia permanente.
Las otras “lecciones de Octubre” derivan de esta comprensión del momento histórico. Si se la abandona, inevitablemente eso lleva a abandonar las otras lecciones y a dirigirse a otra estrategia, como lamentablemente ha hecho la mayoría de la izquierda mundial desde la década de 1990, con diferentes argumentaciones. Por eso, este es el gran debate actual dentro de la izquierda y habrá enfoques muy distintos (hasta opuestos) en los homenajes que se le hagan a Octubre.
El socialismo es necesario
Desde inicios de la década de 1990 (luego de la restauración del capitalismo en los ex Estados obreros y la caída de la URSS), los historiadores, políticos y periodistas al servicio del imperialismo lanzaron la campaña de que el capitalismo había triunfado en su lucha contra el socialismo porque había demostrado ser un sistema económico-social superior y su expresión política (la democracia burguesa parlamentaria) era mejor y más libre que la “dictadura comunista”. Incluso, esta visión pretendió elevarse a nivel de filosofía con el libro El fin de la historia de Francis Fukuyama (1992).
Dejemos de lado, por un momento, el hecho de que Fukuyama y otros toman como el verdadero sistema político del socialismo la fea caricatura que construyó posteriormente la burocracia estalinista y no el modelo democrático de los sóviets con que nació la revolución. Veamos el fondo de sus argumentos.
Lejos de mostrar que es un sistema mejor, el capitalismo imperialista lleva al mundo y a la humanidad a una degradación que parece no tener fin. La propiedad privada y la búsqueda de la ganancia hacen que sea un sistema cada vez más especulativo y parasitario. En él, los grandes avances de la ciencia y la tecnología no permiten un salto en la creación de riqueza y, con ello, una mejora en el nivel de vida de la humanidad en su conjunto, sino que se transforman en lo opuesto: unos pocos que se enriquecen cada vez más, mientras la inmensa mayoría es cada vez más pobre y miserable. Ni siquiera es capaz de sostener conquistas que había otorgado en el pasado, como la menor jornada de trabajo, la estabilidad laboral, las jubilaciones, la salud y la
educación públicas, sino que debe ata- carlas de modo constante.
En su sed de ganancia, el capitalismo imperialista está destruyendo a la humanidad y también la naturaleza. No solo por las consecuencias de su accionar “natural” sino también por la vía de las guerras que debe sostener permanentemente para sobrevivir (ahora hay varios crueles ejemplos).
Si este es “el fin de la historia” y este es el sistema triunfante y no hay otra alternativa, quien habría sido derrotada sería la propia Humanidad. En este sentido, destruir el capitalismo imperialista y reemplazarlo por un sistema económico-social superior es más que necesario: es imprescindible.
El socialismo es posible
Por el contrario, el camino de la expropiación de la burguesía y el funcionamiento de la economía a través de un plan centralizado desde el Estado permitió que Estados atrasados como Rusia, China y Cuba dieran grandes saltos en su desarrollo y superaran lacras capitalistas como el hambre, las enfermedades crónicas, el desempleo,
la miseria y la pobreza extremas, y tuvieron gigantescos avances en salud y educación públicas, muy superiores a los de los países capitalistas equivalentes en su punto de desarrollo inicial.
Como una demostración por la negativa: estos avances se perdieron aceleradamente a partir de la restauración capitalista, y se produjo el retorno de las viejas lacras capitalistas (basta ver, por ejemplo, la brutal caída de la expectativa de vida de la población rusa después de 1990).
Esos grandes avances se dieron a pesar de que la revolución solo había triunfado en países atrasados, que la planificación económica hecha por la burocracia erosionaba las bases económico-sociales de los Estados obreros, y que su política no era expandir la revolución al mundo sino la utopía de construir el “socialismo en un solo país” en lugar de tornarlo internacional.
Imaginemos la potencialidad de economía planificadas de transición al socialismo para resolver las necesidades de la humanidad si la revolución triunfase en Estados Unidos o en las principales potencias imperialistas, con los grandes avances tecnológicos que ha habido desde entonces. Por eso, los procesos de los ex Estados obreros (aunque hayan sido frustrados) quedan como experiencias válidas a ser corregidas y mejoradas en las próximas revoluciones.
Hemos dicho que destruir el capitalismo y reemplazarlo por otro sistema económico-social superior es imprescindible. Ahora decimos: la construcción del socialismo es posible.
La crisis de la democracia burguesa
Veamos ahora la supuesta superioridad del sistema democrático burgués parlamentario. Tal como analizaba Marx, todo sistema político bajo el capitalismo representa un medio de administrar los negocios de la burguesía.
La democracia burguesa parlamentaria intenta combinar dos objetivos. El primero es que la disputa por los intereses entre las distintas fracciones de la burguesía se haga de modo “civilizado”. El segundo es que se trata de un mecanismo de engaño a los trabajadores y a las masas para que crean que, con su voto y a través de los representante electos, ellos son los que gobiernan y definen las políticas aplicadas.
Así se intenta disfrazar el verdadero carácter de clase de ese sistema. Pero la burguesía sigue gobernando a través de sus representantes directos en esas instituciones o detrás de los bastidores.
Es el caso, [en 2017] por ejemplo, del brasileño Henrique Meirelles (representante del Banco de Boston) que fue presidente del Banco Central con Lula y el PT, y ahora es el responsable de la política económica en el gobierno de Michel Temer. Los gobiernos pasan, pero Meirelles (a quien nadie votó) y la alta burguesía se quedan.
Mientras el capitalismo conseguía dar alguna mejora o, al menos, mantener el nivel de vida de las masas, el engaño funcionaba (o al menos era tolerado por estas). Pero cuando debe atacar de modo constante ese nivel de vida (como sucede desde hace varios años) la cosa se complica. Las masas comienzan a luchar contra los ataques (veamos la oleada de luchas obreras y populares y las huelgas que se están dando en el mundo), su conciencia comienza a percibir el engaño, y el sistema democrático burgués parlamentario comienza a entrar en crisis.
Es lo que expresó el “que se vayan todos” en Argentina (2001); la denuncia del sistema del “1% de los más ricos” por parte del movimiento Occupy en Estados Unidos (2011); el “lo llaman democracia y no lo es” de los españoles; el movimiento de junio de 2013 en el Brasil y, de modo mucho más agudo, la reciente quema del Congreso Nacional en el Paraguay. (NdA: actualmente se expresa en las movilizaciones en Francia y toda Europa).
Estos procesos (la lucha cada vez mayor contra los ataques, la crisis de
la democracia burguesa, y la ruptura de sectores crecientes de las masas con ella) son inmensamente progresivos. Representan avances evidentes en la conciencia y en la acción de los trabajadores y las masas, en el camino de nuevas revoluciones como la de Octubre. Hasta en los propios Estados Unidos, principal potencia capitalista, 40% de la población piensa que el socialismo es superior al capitalismo.
Por estas razones objetivas (realidad del capitalismo y luchas de las masas)
y subjetivas (avances en su conciencia) consideramos que las lecciones de Octubre son más vigentes que nunca: los revolucionarios debemos ofrecérselas a las masas para ayudarlas en la construcción de su camino revolucionario.
Un debate central
Lamentablemente, desde hace varias décadas, la inmensa mayoría de la izquierda mundial recorre el camino opuesto, alejándose cada vez más o directamente abandonando las lecciones de Octubre. Lo hacen con distintos argumentos. Algunos, como el fallecido ex trotskista francés Daniel Bensaïd dicen que, después de la restauración capitalista en los ex Estados obreros, entramos en una época distinta a la definida por Lenin, mucho más defensiva en los objetivos de la lucha.
En la misma senda, otros dicen que la burocratización estalinista (y, con ello, la caída
de los ex Estados obreros) es una consecuencia exacerbada del modelo auto- ritario de revolución, Estado y partido de Lenin y Trot,sky y que, por ello, hay que buscar otros modelos. Nos dicen que “otro mundo es posi- ble” sin hacer la revolución, que se puede “humanizar el capitalismo” y “radicalizar la democracia (burguesa)”. Han abandonado la estrategia de la revolución socialista y nos proponen cambiar el capitalismo imperialista (total o parcialmente) desde adentro de su sistema económico-social y de sus instituciones.
Otras corrientes no han avanzado tanto. Pero, con argumentos como la “relación de fuerzas desfavorable”, la “onda reaccionaria” y el “atraso en la conciencia de las masas”, postergan la estrategia de la revolución para un futuro indeterminado (para la propaganda) y acaban coincidiendo con los anteriores en su política concreta.
Estos razonamientos chocan con la realidad: el capitalismo imperialista no puede ser mejorado ni humanizado. Por el contrario, de él solo podemos esperar más ataques y un deterioro constante del nivel de vida de las masas. Incluso cuando, con grandes luchas, logramos o defendemos una conquista, rápidamente se reinician esos ataques.
Como en la vieja fábula del escorpión: “está en su naturaleza”. No hay forma
de cambiar el capitalismo imperialista sin una revolución. Lo mismo se aplica a las instituciones de la democracia burguesa:no hay forma de “radicalizarlas” y ponerlas al servicio de las masas, porque sus objetivos son, como ya vimos, administrar los negocios de la burguesía y engañar a las masas.
Los revolucionarios pueden y deben participar de las elecciones y, si es el caso, lograr diputados. Pero esta tarea necesaria es para difundir sus ideas, denunciar al sistema de conjunto y preparar el camino de la revolución. Pretender que el capitalismo se puede cambiar desde sus parlamentos (por otro lado, cada vez más corruptos y desprestigiados) es, en el mejor de los casos, una ilusión reaccionaria.
Estas corrientes han transformado la actividad electoral-parlamentaria en el centro de su política y de su construcción. Acaban siendo así la “pata de izquierda” del sistema capitalista, y corren en su auxilio cuando estos regímenes democráticos burgueses entran en crisis (como está sucediendo en la actualidad).
Peor aún, si la vida los lleva al gobierno, terminan traicionando a los que los votaron y aplicando los mismos planes que la derecha. Allí estáel ejemplo del gobierno de Syriza en Grecia (con el argumento de Tsipras y Varoufakis de que “no tenemos alternativa al capitalismo”). Cada vez es más vigente la premisa de que quien no rompe con el capitalismo imperialista y no está dispuesto a derrotarlo acaba siendo, tarde o temprano, su instrumento.
La estrategia de la toma del poder
El nudo de las diferencias entre reivindicar las lecciones de Octubre o abandonarlas se centra en el debate sobre la estrategia de la toma del poder por parte de los trabajadores y las masas. La definimos como “estrategia” porque, bajo el capitalismo, ese es el objetivo y la referencia que ordena y orienta todas las actividades cotidianas y la intervención en las luchas concretas.
Al mismo tiempo, la toma del poder es el punto de inflexión, la articulación
con la etapa posterior de la revolución. Por eso, tomar el poder significa destruir las instituciones del régimen y el Estado burgués (en especial las fuerzas armadas y de seguridad) y reemplazarlas por otras nuevas y propias. Es el punto de partida para expropiar a la burguesía, eliminarla como clase a niel nacional, e iniciar el camino de la transición al socialismo.
De esa forma, con otro tipo de instituciones y una base económico-social diferente, se logra la construcción de un nuevo tipo de Estado (obrero). Por eso, por definición, la
Revolución es una ruptura del viejo orden y, por lo tanto, un proceso violento. La burguesía no va a abandonar pacíficamente la escena y va a defender, con todos los métodos posibles, su existencia privilegiada. Allí está el ejemplo de la cruenta guerra civil posterior a Octubre.Por eso,la insurrección, la toma del poder y la defensa militar del nuevo poder obrero requieren políticas específicas, precisamente en el campo militar.
La dictadura del proletariado: el más democrático de los regímenes
El objetivo de la toma del poder es instaurar un régimen político al servicio de los trabajadores y el pueblo (la“dictadura del proletariado”, como la llamaron Marx y Engels). El nombre asusta un poco y, por eso, es necesario que analicemos el contenido que expresa esta fórmula.
Como decía Marx, todo régimen burgués es, en el fondo, una dictadura de los capitalistas (una minoría) sobre los trabajadores (la mayoría). Por el con- trario, en la dictadura del proletariado esta es ejercida por la inmensa mayoría de la población sobre una minoría (la burguesía), para eliminarla como clase. Por ese contenido económico-social, es un régimen muchísimo más democrático que el más amplio régimen democrático-burgués.
En segundo lugar, en el modelo de Lenin y Trotsky, este régimen se asentaba sobre grandes organismos de masas: los sóviets (concejos) de obreros,soldados del Ejército y campesinos pobres. Millones participaban de la vida política, debatían y elegían sus representantes a los concejos que, a la vez, votaban y hacían (aplicaban las
medidas votadas).
Los representantes soviéticos (diputados) no tenían privilegios materiales y ganaban lo mismo que un trabajador. También podían ser revocados (destituidos) si no cumplían
con el mandato de quienes los habían elegido.
Tal como hemos dicho, la base del nuevo Estado obrero fueron los sóviets. Pero el mismo contenido económico-social puede ser expresado por otras instituciones de los trabajadores y el pueblo. Por ejemplo, en la
Revolución boliviana de 1952 (aunque la clase obrera no tomó el poder) el rol de institución central era jugado por la COB (Central Obrera Boliviana), en cuyo seno, además de los obreros estaban los campesinos, los estudiantes, las amas de casa, etc.
Es decir, dictadura contra la burguesía, amplia democracia para los trabajadores y las masas. Es una profunda diferencia con la propuesta del estalinismo, que transformó la necesidad de restringir temporariamente las libertades democráticas durante la guerra en “virtud” y modelo para defender sus intereses burocráticos.
¿Quién es el sujeto social de la revolución?
Otro aspecto central en debate es qué sector o sectores sociales son los que llevarán adelante la revolución socialista. Como se dice en la actualidad, quién será el “sujeto social” de la misma.
Desde Marx en adelante, los marxistas hemos sostenido que el principal protagonista de la revolución socialista es la clase obrera industrial. No se trata de “fe religiosa” sino que está basado en un análisis científico, objetivo, de la ubicación de la clase obrera industrial en la sociedad capitalista y de las consecuencias subjetivas de esta ubicación. No es casual que Lenin considerase, como Marx, que la clase obrera industrial era el sector de las masas en el que más fácilmente penetraban las ideas socialistas y revolucionarias. La Revolución Rusa confirmó ese análisis.
No se trata de un problema numérico, de mayor o menor peso proporcional en el conjunto de la población (uno de los argumentos utilizados por quienes cuestionan hoy este protagonismo). En el momento de la revolución, Rusia era un país de 120 millones de habitantes y los obreros industriales eran unos 3 millones (otros 2 millones eran obreros del transporte ferroviario y de buques), e igual encabezaron la revolución.
¿Cómo pudieron hacerlo? Porque supieron ganar para ella a la mayoría de las masas oprimidas y empobrecidas de la ciudad y del campo. En especial al campesinado pobre (inmensa mayoría del país) y a los pueblos de las naciones oprimidas por el imperio zarista.
Para conseguirlo, debieron cumplir dos tareas: la primera fue tomar como propias y luchar por las reivindicaciones de los otros sectores y la segunda mostrar un camino claro, es decir, una perspectiva revolucionaria firme.
Las “nuevas” propuestas
Todo este análisis, y las propuestas que se derivan de él, son cuestionados desde hace décadas por la mayoría de la izquierda mundial. Son y han sido muy diversos los argumentos para ello.
Desde el tema numérico (al que ya hemos contestado) hasta una cuestión estructural: en el capitalismo actual la clase obrera industrial sería hoy un sector privilegiado de las masas, que ya no lucha (o lucha poco), y los sectores más perjudicados habrían formado una nueva clase social diferente del proletariado (el “precariado”).
En diversos momentos, se han propuesto como “sujetos sociales”, el campesinado, las masas plebeyas urbanas, los estudiantes y la intelectualidad, etc. Incluso algunos autores elevan a nivel de teoría la disolución de la clase obrera en categorías sin criterio de clase, como la “multitud” del italiano Toni Negri en su libro Imperio, o la
“ciudadanía” y la “sociedad civil”, de otros autores.
Es cierto que varios procesos revolucionarios de la Segunda posguerra tu-
vieron otros sectores sociales a la cabeza. Y que, en varias luchas de los últimos años, la clase obrera intervino disuelta en el movimiento de masas. También, que algunos sectores de la clase obrera industrial de los países imperialistas llegaron a tener un nivel de vida más privilegiado y creyeron en la ilusión de la democracia burguesa.
Otros sectores sociales pueden ser más explosivos en su salida a la lucha, pero son
mucho menos consecuentes y contundentes en su lucha contra el capitalismo que la clase obrera industrial (y la clase trabajadora en general). Sin embargo, si esos sectores llegan a desarrollar una revolución (como ocurrió en China o en Cuba), esta nace, desde su inicio, con profundas debilidades y deformaciones.
Nosotros seguimos considerando, como Marx, Lenin y Trotsky, que quien
debe y puede encabezar la revolución socialista es la clase obrera industrial. En la medida en que se agudizan los ataques, la realidad parece mostrar que ella está dispuesta a recuperar su protagonismo como eje del proceso revolucionario
Por supuesto, va a seguir habiendo (posiblemente cada vez más) expresiones de lucha popular. Por eso, la tarea de los revolucionarios es impulsar que la clase obrera encabece esas luchas y sea su dirección. Esa orientación está profundamente ligada a la estrategia revolucionaria de poder.
Por el contrario, la mayoría de la izquierda considera que la lucha y la organización de la clase obrera es un elemento coadyuvante o menor de los procesos. Al asumir la estrategia de “radicalizar la democracia (burguesa)”, el centro es ganar votos y conseguir parlamentarios. Eso expresaría el avance en la conciencia política y ya no lo harían las luchas y la organización. Por eso, utilizan conceptos sin contenido de clase, como “multitud” o “ciudadanía”.
Hasta los sectores más combativos de esta concepción (los que quieren radicalizar la democracia a través de las movilizaciones y las asambleas populares) desprecian a la clase obrera como tal (“todos somos ciudadanos”). A veces, incluso, rechazan las luchas obreras, como ocurrió con una parte de las asambleas de Indignados de Madrid frente a la “marcha negra” de los mineros de Asturias a la capital, en 2012.
Finalmente, también acaban cayendo en la trampa de la democracia burguesa, esterilizando así su lucha y sus deseos de cambiar la sociedad.
La cuestión de la dirección revolucionaria
Desde 1975 (fin de la Guerra de Vietnam) no han habido nuevas expropiaciones de
la burguesía. Se han producido numerosas revoluciones pero ninguna avanzó hasta la expropiación y la creación de nuevos Estados obreros. Algunos, como en Nicaragua e Irán (1979), Túnez y Libia (2011) y Siria (2024), derrocaron y destruyeron el viejo régimen, pero se mantuvieron en el terreno del Estado burgués o lo reconstruyeron.
Otros procesos se dieron bajo regímenes democrático-burgueses y llegaron a derribar gobiernos pero, aunque provocaron crisis profundas, no sobrepasaron los límites de ese régimen (como los ocurridos en Latinoamérica en los primeros años del siglo XXI ).
La mayoría de la izquierda dice que la restauración del capitalismo y la caída de la URSS (y los otros Estados obreros) habrían generado una relación de fuerzas profundamente favorable a la burguesía y al imperialismo y, fundamentalmente, un “salto para atrás” en la conciencia de las masas, que ya no creen el socialismo. Es el razonamiento que está en la base del abandono de la estrategia revolucionaria.
En realidad, más que un intento de comprensión de la realidad, acaba siendo una autojustificación: “si dejamos de luchar por la revolución la culpa no es nuestra sino de la masas”. Este enfoque es falso y se choca con la realidad. Es cierto que la restauración capitalista generó mucha confusión en las masas sobre el “socialismo” (en especial con la deformación estalinista que se presentaba como tal).
Pero, desde el punto de vista objetivo, las masas no han parado de luchar con mucha intensidad. Basta ver las luchas que hoy recorren el mundo (hasta los Estados Unidos comienzan a entrar en esa dinámica). Creemos que las razones por las que no han habido nuevas expropiaciones no son objetivas (las luchas) ni se de- ben a la conciencia del movimiento de masas. El gran obstáculo por el que esas revoluciones no avanzaron más fue el de sus direcciones. O, lo que es lo mismo, la crisis o ausencia de una dirección revolucionaria (utilizando palabras de Trotsky).
La existencia o ausencia de una dirección revolucionaria (o, por lo menos, una alternativa para disputarla) es clave en el curso y la dinámica de toda revolución. Sin ella, las revoluciones solo avanzan hasta un punto y se frenan, retroceden y acaban “dando vuelta en círculos”.
La dirección revolucionaria del proceso que condujo a Octubre fue el partido bolchevique, construido según el modelo que Lenin comenzó a definir en 1903, cuando rompe con el ala conciliadora de los marxistas rusos (los mencheviques). Lo fue precisando en los años posteriores. Era un nuevo tipo de partido para una nueva tarea: dirigir a la clase obrera hacia la toma del poder por la vía revolucionaria. Este fue su mayor aporte al marxismo como teoría de la revolución y por eso hoy hablamos del modelo leninista de partido.
Veamos brevemente sus características centrales: ser un partido de lucha, construirse como organización de la clase obrera, ser firme estratégicamente y flexible en las tácticas, estar integrado solo por militantes activos, funcionar sobre la base del centralismo democrático, ser internacionalista, etc.
Aquí queremos destacar que el hecho de que ese partido llegase a dirigir la revolución no fue casualidad. Por un lado, fue el resultado de su política correcta frente al proceso revolucionario: combinó las adecuaciones tácticas de cada momento con la firmeza de su objetivo estratégico. Pudo hacerlo, además, porque en los años anteriores (con avances y retrocesos, según el curso de la lucha de clases) había acumulado y educado a varios miles de cuadros y militantes con los que disputar la dirección del proceso.
Esta es quizás la lección más importante de la Revolución Rusa: una dirección Revolucionaria no puede improvisarse. Es necesario ir construyendo desde antes el partido revolucionario para llegar a la revolución con una base sólida de cuadros y militantes que permita dar el salto. Si esa base no existe, en el ritmo febril y acelerado de los procesos revolucionarios es muy difícil recuperar el tiempo perdido.
La trágica experiencia de dos grandes revolucionarios (Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, en la revolución alemana de 1919) queda como dolorosa comprobación de esto.Por eso, cada tarea cotidiana y cada intervención concreta del partido en la lucha de clases deben ubicarse en esta perspectiva estratégica; especialmente en logra avanzar en la construcción de un sólido partido revolucionario.
Existe una segunda lección asociada a la anterior. La construcción del partido revolucionario y la disputa por la dirección de las masas solo puede llevarse adelante a través de lo que Lenin llamaba un “combate implacable” contra las posiciones de las organizaciones reformistas, centristas y capituladoras que quieren frenar la revolución e impedir (conscientemente o no) la toma de poder.
Lenin fue calificado de “sectario” y de “loco” por el resto de la izquierda rusa. Pero tenía profunda razón: o se derrotaban esas posiciones y a las organizaciones que las defendían o quien saldría derrotada sería la propia revolución. No se trataba de vanidades intelectuales o de relaciones personales sino del destino de la
revolución. Por suerte para la historia, triunfó el “sectario” de Lenin y no los “amables” capituladores.
La cuestión internacional
El partido bolchevique era internacionalista y esto se expresó en su pertenencia a la II Internacional (o Internacional Socialista) hasta 1914. Cuando esta organización traicionó a los obreros con su posición sobre la I Guerra Mundial, rompió con ella y comenzó a postular la necesidad de construir la III Internacional, tarea que
concretó en 1919, luego de la toma del poder.
El hecho de que los revolucionarios nos organicemos en partidos internacionales es la expresión concreta de la conclusión de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: “Proletarios de todos los países, uníos”. Esta conclusión y su expresión organizativa responden a una realidad objetiva muy profunda: el capitalismo imperialista es un sistema internacional y, por lo tanto, solo puede ser combatido a fondo, derrotado, y reemplazado en nivel internacional.
El camino hacia el socialismo comienza por la toma del poder a nivel nacional, en un país. Pero si se queda en ese nivel o es restringido solo a algunos países (en especial si no alcanzó a los países más desarrollados) estos solo serán “islas”, que en un mundo hostil, dominado por el imperialismo, se irán deformando y burocratizando en su estructura político-económico-social hasta sucumbir.
La burocratización estalinista
Aquí entramos ya en el terreno de una explicación absolutamente necesaria cuando hacemos nuestra propuesta de revolución socialista. Muchos trabajadores nos cuestionan que aquellos países que se llamaban “socialistas” eran gobernados dictatorialmente por sectores que no permitían ninguna democracia real a los trabajadores y al pueblo. Que, además, vieron colapsado su sistema económico, y acabaron volviendo el capitalismo.
Tienen mucha razón en sus críticas y en su desconfianza a esa realidad. Sin embargo, se
confunde lo que significa el verdadero socialismo con la profunda deformación que provocó la burocracia estalinista en la URSS y en los demás Estados obreros.
El desarrollo y el triunfo de esa bu- rocracia se basó en la combinación de dos factores. El primero era el atraso económico de Rusia (comparado con los países capitalistas más desarrollados) cuando se tomó el poder. Tal como ya señalaba Marx, para llegar a las premisas del socialismo (el disfrute completamente igualitario y libre de la riqueza producida) había que partir del nivel de desarrollo capitalista más avanzado.
La economía planificada permitió gigantescos avances sobre la base originaria pero no podía superar ese atraso en términos absolutos. Lenin y Trotsky denominaron a ese nuevo estadio económico-social no como socialismo sino como “transición
al socialismo”.
Por lo tanto, sobre una base económica atrasada, seguía siendo necesaria una capa de administradores del Estado que definiera la distribución de una riqueza que seguía siendo insuficiente (y que comenzó a satisfacer primero sus propias necesidades).
Es lo que Trostky define en su libro La revolución traicionada como “presiones objetivas de burocratización”. Tanto él como Lenin eran conscientes de estas presiones objetivas y proponían medidas para combatirlas.
Pero la solución de fondo del problema era mucho más profunda. Para Lenin y Trotsky, la Revolución Rusa no era un objetivo en sí misma sino una plataforma para extender la
Revolución al resto de Europa, especialmente a la desarrollada Alemania. Tenían claro
que si la revolución rusa no se extendía, sucumbiría; y, después de la toma del poder, siempre decían que sacrificarían la revolución rusa si eso garantizase el triunfo en Alemania. Pero la revolución no triunfó en Alemania: el aislamiento del joven Esta-do obrero ruso (y su atraso económico) cobraron su precio con el fortalecimiento de la burocracia estalinista.
Todo esto se vio ayudado por el desgaste de la guerra civil, las medidas temporarias de restricción de la democracia soviética que fueron necesarias adoptar en esos momentos, la desaparición física de casi toda una joven generación de la mejor vanguardia obrera; y por el cansancio de las masas ante tantos años de guerra y de lucha. Esa base económico-social y esa situación política explican por qué la burocracia estalinista pudo derrotar al ala revolucionaria, encabezada por Trotsky, que se le oponía, y pasar a controlar así el Estado, el Partido y la
Internacional.
No se trató de un proceso pacífico ni que, como hoy afirman muchos, el estalinismo surgió del leninismo. Por el contrario, fue su negación completa, y solo pudo imponerse a través de una verdadera y violenta contrarrevolución política. Para triunfar, debió perseguir, encarcelar y exterminar físicamente a casi toda la vieja dirección bolchevique de 1917 y a gran parte de su columna de cuadros
(miles de militantes), muchos otros opositores, y críticos.
Las consecuencias de la estalinización
Esa contrarrevolución significó también una derrota histórica de los trabajadores y las masas, y dio origen a un cambio de calidad en el Estado que Trotsky (en la obra ya citada) denominó ahora “Estado obrero burocratizado” o degenerado. Las bases económico-so- ciales (la propiedad estatal y la economía planificada centralmente) se mantenían, pero ahora el aparato o superestructura de ese Estado eran dominados por esa burocracia parasitaria. Por profundas razones históricas, los otros Estados obreros que surgieron posteriormente (como China y Cuba) ya nacieron burocratizados.
Esta consolidación de la burocracia en la URSS tuvo profundas consecuencias en muchos aspectos. En primer lugar, la necesidad de medidas de restricción de la democracia soviética adoptadas durante la guerra fueron transformadas de “necesidad en virtud” por el estalinismo y en el modelo de régimen político del supuesto socialismo: es decir, un Estado de control policíaco sobre los trabajadores y las masas.
En segundo lugar, para justificar y defender sus intereses y privilegios, la burocracia elaboró la teoría de la posibilidad de construir el “socialismo en un solo país”, abandonó la lucha por la revolución internacional y la reemplazó por la “coexistencia pacífica” con las potencias imperialistas.
Así, llevó a la derrota o directamente traicionó numerosas revoluciones, cuya lista es casi imposible enumerar aquí (entre otras, China 1928, Alemania 1928-1933, Es- paña 1933-1939, Francia e Italia 1945, Nicaragua 1979, etc.). Más allá de los roces o enfrentamientos que existieron (y que la prensa exageraba al definirlos como “dos mundos” enfrentados), el aparato estalinista internacional fue clave para frenar el avance de la revolución socialista y dar varias décadas de sobrevida al capitalismo imperialista. Es imposible entender lo ocurrido en gran parte del siglo XX sin considerar esto.
Por eso, su caída por la vía de la acción revolucionaria de las masas ha sido un gran triunfo, algo inmensamente progresivo. Su último gran servicio al imperialismo fue la restauración capitalista en la ex URSS, en China y en los demás ex Estados obreros (prevista en La revolución traicionada (1936) por Trotsky, como una de las alternativas posibles de la burocratización de la URSS).
No fueron las masas las que restauraron, ni tampoco el capitalismo imperialista que se mostró superior. Fue la burocracia estalinista la que llevó a cabo su última traición. Este es nuestro balance del proceso: no fueron las premisas de la Revolución de Octubre (reivindicadas por Trostky, el trotskismo y la IV Internacional frente a la falsificación estalinista) las que fracasaron sino la deformada caricatura, casi su negación antagónica, que el estalinismo y sus diversas variantes (como el maoísmo y el castrismo) hicieron de ella.
Por eso, reivindicamos plenamente sus lecciones y su estrategia, que hemos tratado
de sintetizar en este material. A diferencia de la mayoría de la izquierda, que abandonó estas lecciones (y quiere maquillar este abandono al presentarlo como la búsqueda de “caminos nuevos”), reivindicamos cadavez más sus enseñanzas. Y, como hemos dicho, creemos que la principal tarea es presentárselas claramente a las masas para ayudarlas en el camino de la revolución.
[1] Lenin, V. I., Trabajos escogidos, Moscú: 1958-1964, vol. 49

