Por: Debbie Leite, Voz Operária Socialista (Brasil)
La situación en un portaaviones estadounidense, destinado a la guerra contra Irán, se volvió tan insoportable para sus marineros tras nueve meses en alta mar que surgieron denuncias de múltiples intentos de suicidio a bordo. La creciente preocupación de las familias de la tripulación tuvo eco en los medios de comunicación y en el Congreso, y, supuestamente, pronto se enviará un navío de reemplazo.
El caso del USS Abraham Lincoln enciende una señal sobre el desgaste interno alcanzado por este conflicto, tanto en las filas de las fuerzas armadas como en la población estadounidense en general; y plantea interrogantes ineludibles: ¿quién ganó la guerra y por qué Trump mantiene una flota naval en el estrecho de Ormuz?
HAMBRE, AGOTAMIENTO Y SUICIDIO
El USS Abraham Lincoln es uno de los diez portaaviones de la clase Nimitz de la Marina de los Estados Unidos, uno de los buques de guerra más grandes del mundo, con 335 metros de eslora y capacidad para transportar hasta noventa aeronaves [1]. A bordo se encuentran cinco mil marineros e infantes de marina, que embarcaron en noviembre del año pasado con destino inicial al Pacífico, pero fueron desviados tras el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Irán. El regreso del buque estaba previsto para mayo, pero se ha pospuesto repetidamente, lo que ha derivado en la situación actual: 250 días sin regresar a tierra, un récord para un buque de este tipo [2].
Desde abril, se han presentado quejas sobre las condiciones insalubres a bordo, incluyendo escasez de alimentos, falta de productos de higiene personal como jabón, pasta de dientes y desodorante, duchas con moho, baños averiados y semanas sin agua caliente. Otros factores, como el alto ruido constante, los turnos largos sin descanso y la falta de atención médica adecuada son citados con frecuencia por los marineros como fuentes de estrés.
La crisis alcanzó su punto álgido debido al estado psicológico de la tripulación. Los familiares informaron de llamadas telefónicas que revelaban el desgaste emocional de los tripulantes. Una mujer relató que su esposo, a bordo del Lincoln, le dijo que “esperaba no despertar al día siguiente”. La idea del suicidio no fue un caso aislado, ya que se reportaron múltiples intentos de saltar por la borda, algunos de los cuales solo fueron evitados por la intervención física de otros marineros [3]. Por ello, más de doscientos familiares de la tripulación del portaaviones se reunieron con líderes de la Marina en San Diego para expresar su preocupación, y los informes sobre el caso ganaron repercusión internacional.
Las autoridades de distintos niveles se negaron a reconocer públicamente las denuncias. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó que eran “noticias falsas” y una distorsión de los hechos; la Marina declaró en un comunicado que “no había observado un aumento de pensamientos o intentos suicidas a bordo del buque”; e incluso el presidente Donald Trump negó la existencia de familiares preocupados [4]. Aunque lo nieguen, la información que circula indica que el buque será reemplazado por el USS George Washington, un portaaviones de la misma clase.
Si se confirma el regreso a casa del Lincoln y sus cinco mil tripulantes, esto distará mucho de ser una solución al problema del profundo agotamiento generado por esta guerra y a las contradicciones intrínsecas de las fuerzas armadas de un Estado capitalista.
DESGASTE GENERALIZADO
El agotamiento físico y mental de la tripulación de este buque refleja un cansancio con la guerra que tiende a profundizarse en las filas de las fuerzas armadas y que ya se extiende a diversos sectores de la sociedad estadounidense.
Es necesario recordar que, cuando comenzó la agresión contra Irán el 28 de febrero de este año, la opinión pública ya se inclinaba hacia el rechazo, con sólo una cuarta parte de la población manifestando su apoyo al ataque [5].
En aquel momento, Estados Unidos apostaba a un golpe rápido, aprovechándose de la crisis interna del régimen iraní y de su propia superioridad militar y tecnológica, para una guerra breve que le permitiera imponer su propio régimen en el país. Esto no se materializó y, a pesar de los daños sufridos, Irán logró mantener su régimen, su control territorial, y dar una significativa respuesta militar. El conflicto no sólo se prolongó, sino que el imperialismo sufrió una derrota definitiva, tanto en el frente marítimo como en el aéreo/tecnológico, y se vio obligado a declarar un alto el fuego en junio [6].
Desde entonces, Trump ha mantenido buques militares como el Lincoln patrullando permanentemente aguas internacionales en la región y ha hecho declaraciones amenazando con nuevos bombarderos; no porque pueda revertir su derrota, sino porque no puede admitirla. Esto es lo que le aconsejó su asesor David Sacks: “abandonar la guerra y declarar la victoria” [7], manteniendo sólo un simulacro de capacidad de combate. Esta farsa se yergue sobre las espaldas de las tropas, que se encuentran cada vez más desmoralizadas.
Los trabajadores de Estados Unidos han tenido que asumir los costos económicos de esta operación, que ya lleva siete meses. Esto se expresa, por un lado, en los costos directos, a través de los miles de millones de dólares en gasto militar (que aparentemente es suficiente para la adquisición y el mantenimiento de los buques de guerra más grandes del mundo, pero no para alimentar a quienes trabajan en ellos), aún más ultrajante en un período de austeridad y recortes en programas de salud y educación públicas. Por otro lado, se expresa en el impacto económico del aumento de los precios de los combustibles, incrementado aún más por la especulación de las compañías petroleras, que buscaron enriquecerse con el conflicto; esto afecta no sólo los precios en las gasolineras, sino el costo de vida en general.
Esto ocurre en un momento en que el país ya atravesaba dificultades económicas que recaen sobre el proletariado. Es precisamente el desempleo, las deudas y la dificultad para acceder a necesidades básicas como vivienda y salud lo que lleva a muchos jóvenes a unirse a las fuerzas armadas.
Al mismo tiempo, los trabajadores enfrentan una guerra interna en el país: la del gobierno federal, que actúa a través del ICE, contra la población inmigrante. Las grandes movilizaciones que hemos visto desde finales del año pasado, que culminaron en la Huelga General de Minnesota y en el tercer “No Kings Day” (Día Sin Reyes) [8], lograron infligir importantes derrotas al gobierno en este terreno, pero el conflicto persiste. El 7 de julio, un mexicano de 52 años, Lorenzo Salgado Araujo, fue asesinado en las calles de Houston por un agente del ICE [9], reavivando la revuelta popular.
Por lo tanto, no es difícil comprender el índice de rechazo a la administración Trump y su política de guerra. Una encuesta de la CNN realizada en julio [10] indica que 65% de la población cree que Trump ha empeorado la situación económica del país, y 67% considera que la acción militar contra Irán ha perjudicado al país; otros factores de desaprobación incluyen la inflación y los precios del combustible. La encuesta también indica que la mayoría de los estadounidenses anticipa un conflicto prolongado contra Irán y no cree que Trump tenga un plan claro sobre cómo proseguir con la guerra. La crisis afecta incluso a su propia base electoral, ya que solo 19% de los republicanos se muestra entusiasmado con el resto de su segundo mandato.
El gobierno de Trump se enfrenta a un escenario de gran fragilidad, por lo que no puede asumir que ha sido derrotado en la guerra contra Irán. Nosotros apoyamos la resistencia iraní, aunque sin tener ninguna confianza en el régimen de los ayatolás. Al mismo tiempo, apoyamos las luchas de los trabajadores de Estados Unidos, arrastrando consigo a todos los sectores desgastados con la guerra, la carestía y la persecución a los inmigrantes, para infligirle al gobierno una derrota política interna.
A QUIÉN LE INTERESA MANTENER LAS TROPAS EN EL ESTRECHO DE ORMUZ
Tras pasar nueve meses navegando en condiciones insalubres y bajo un estrés extremo, algunos de estos marineros debieron preguntarse por qué. La grandilocuente narrativa de «defender la patria de un enemigo externo», que a menudo se utiliza para encubrir los verdaderos intereses por detrás de las agresiones militares imperialistas, no resultó muy convincente esta vez, como lo indican los índices de rechazo presentados arriba. Entonces, ¿qué hay detrás del conflicto actual entre Estados Unidos e Irán?
Existe un trasfondo de prolongada crisis económica mundial en la que Estados Unidos, como país imperialista aún hegemónico, pero en declive, necesita recuperar su dominio sobre el mundo, especialmente en relación con las reservas y rutas energéticas estratégicas. En este marco, Israel actúa como base del imperialismo, trabajando para mantener el control sobre Medio Oriente, muchas veces mediante la guerra.
Cuando el régimen iraní se debilitó a finales de 2025 a raíz de un proceso de luchas y protestas de masas, el imperialismo vio una oportunidad de entrar e imponer su propio régimen, afirmando su dominio energético, militar y regional. Si bien nosotros no apoyamos el régimen de los ayatolás, que es extremadamente autoritario, violento y opresivo contra los trabajadores iraníes, dado que se trata de una guerra de agresión imperialista, abogamos por la derrota militar de Estados Unidos. Cabe destacar que un régimen impuesto por el imperialismo para servir a sus intereses no representaría democracia ni libertad para el pueblo, que debe tener el derecho de derrocar el régimen actual por sus propias manos.
Una derrota de Estados Unidos, en nuestra opinión, representa no solo una victoria para el pueblo iraní atacado, sino también para los pueblos árabes oprimidos por la alianza Estados Unidos-Israel, en especial el pueblo palestino. También representa una victoria para la clase trabajadora en su conjunto, a nivel internacional, pues supone un duro golpe para el sistema capitalista mundial, para el orden imperialista, y abre mejores condiciones para las luchas revolucionarias en todo el mundo. Y, por contradictorio que parezca, la derrota de la ofensiva militar estadounidense no significa una derrota para la clase trabajadora dentro de Estados Unidos.
Quien se beneficia con la guerra y con el intento de subyugar a Irán es la burguesía estadounidense. En particular, la burguesía petrolera, que aprovecha el conflicto para especular y manipular precios, y necesita imponer su control sobre las principales reservas mundiales de petróleo (de ahí también la agresión contra Venezuela a principios de este año) y sobre rutas como el estrecho de Ormuz, situado en la frontera sur de Irán, lo que confiere al país una importancia estratégica. Este sector necesita también afirmar la superioridad de Estados Unidos sobre otros países imperialistas que podrían ser competidores en el sector energético, así como mantener a los países dependientes en su condición de dependencia, impidiéndoles desarrollar y explotar plenamente la extracción y refinación de sus propias reservas, manteniéndolos como exportadores de crudo, compradores del producto final, y socios menores de la industria.
Al mismo tiempo, la guerra es esencial para la burguesía vinculada al complejo militar-industrial. El Estado, sus fuerzas armadas y su agresiva política exterior han sido históricamente un gran aliado de los fabricantes de armas, que necesitan que la demanda de sus productos se mantenga alta. Israel también desempeña un papel particular en esta industria, como uno de los principales desarrolladores de tecnología de violencia, utilizando el genocidio contra Palestina y las otras guerras regionales contra los pueblos árabes como campo de pruebas para «innovaciones», como drones que seleccionan sus objetivos mediante inteligencia artificial. En una era de decadencia del capitalismo, donde las guerras se vuelven constantes, la industria de la destrucción es posiblemente la única que siempre tiene margen de crecimiento.
Los trabajadores estadounidenses, por otro lado, no tienen nada que ganar con esto. Esta misma burguesía que lucra con la guerra es la que los explota, los somete a trabajos forzados y salarios bajos, los mantiene endeudados de por vida mientras que a las mayores empresas del país se les condonan sus deudas; y ahora incluso tienen que soportar el alto costo de vida resultante de la guerra. Esto también era cierto cuando el Partido Demócrata gobernaba el país y daba las órdenes de agresión en el exterior. Un trabajador en Estados Unidos tiene más intereses en común con un trabajador de Irán o de cualquier nación semicolonial que con los burgueses de su propio país. Una derrota militar de Estados Unidos hoy debilita el gobierno de Trump y el imperialismo hegemónico, tal como lo hicieron las derrotas sufridas en Vietnam, Irak y Afganistán. Este es un momento que el movimiento de masas dentro del país puede aprovechar.
¿Y los marineros, soldados e infantes de marina? ¿Qué han ganado desde el comienzo de esta guerra? Como hemos visto, algunos han ganado el derecho a pasar nueve meses de hambre, sometidos a comandantes a quienes no les importa si prefieren saltar por la borda antes que pasar un día más en servicio, y a autoridades que niegan sus quejas hasta el final; el derecho a no ver crecer a sus hijos y, potencialmente, el derecho a que una bandera cubra sus ataúdes. El interés más inmediato de estos combatientes es, en realidad, la retirada de todos los buques militares estadounidenses del estrecho de Ormuz y de los mares del mundo.
LAS FUERZAS ARMADAS EN EL CAPITALISMO Y EN EL SOCIALISMO
Según el marxismo, el Estado es un mecanismo de dominación de una clase sobre otra, siendo el capitalismo la dominación de la burguesía sobre el proletariado. Esta dominación se establece materialmente –la burguesía posee los medios de producción y los proletarios no poseen nada más que su fuerza de trabajo, que se ven obligados a venderla para sobrevivir–, pero se manifiesta de diversas formas, como la imposición de una cultura burguesa dominante. En última instancia, la clase dominante siempre ha utilizado y seguirá utilizando la violencia para perpetuar su poder.
Por eso, el Estado tiene como componente fundamental un brazo armado –las policías, los ejércitos, las marinas, etc.– y lo utiliza para librar guerras entre países imperialistas con el fin de determinar quién tendrá más dominios; para las guerras de un país imperialista contra un país semicolonial, con el objetivo de someterlo, y también para reprimir internamente a su clase trabajadora, aplastando los procesos revolucionarios. Así, el Estado debe mantener el monopolio de la violencia, es decir, impedir que el pueblo se arme y organice su propia defensa desde abajo.
Sin embargo, el ejército burgués no está compuesto por burgueses. Los proletarios son absorbidos para sus filas y utilizados como armas contra otros proletarios del otro lado de la frontera o en las guerras civiles. Una pequeña parte de estos puede ascender y convertirse en oficiales con cierto prestigio, pero la gran mayoría permanece en los rangos inferiores. Al Estado le interesa mantenerlos sumisos, evitando dudas o la penetración de ideas subversivas en sus filas, lo que explica el control ideológico y el grado opresor de autoridad y disciplina impuestos a los soldados y los marineros.
Estados Unidos ya ha utilizado el servicio militar obligatorio durante las guerras mundiales, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam, arrancando a jóvenes de sus vidas y familias para morir en las trincheras y castigando a quienes se negasen a servir. Desde entonces, el alistamiento ha sido voluntario, pero el ejército se ha aprovechado de la desesperada situación económica en el país y ha recurrido a tácticas depredadoras para llenar sus filas. Dado que en Estados Unidos no existe educación superior pública y gratuita, es común que quienes desean estudiar contraigan deudas de por vida. Sin embargo, el ejército ofrece programas de reembolso de matrícula o préstamos estudiantiles para los reclutas; también ofrece la ciudadanía acelerada para los inmigrantes que buscan permanecer en el país. A esto se suma una elevada inversión en propaganda para rehabilitar la imagen del ejército, incluso financiando películas y videojuegos con este propósito. La actual crisis económica tiende a convertir esta opción en una de las pocas disponibles para un sector de jóvenes del proletariado. Al mismo tiempo, existe una crisis de reclutamiento desde las guerras de Irak y Afganistán [11]; y al no poder conformar una tropa de reserva, los soldados y marineros en actividad son explotados al extremo, lo que ha dado lugar a manifestaciones de descontento como la que vemos hoy.
Por muy importante que sea para el Estado mantener la lealtad y la unidad de sus fuerzas armadas, las contradicciones muchas veces alcanzan puntos de ebullición y se vuelven incontrolables. Por eso, a lo largo de los siglos, hemos visto ejemplos de rebeliones y motines de soldados y marineros. Al escribir sobre el levantamiento de soldados en Sebastopol, Lenin ofreció una perspectiva importante desde la cual los socialistas pueden abordar este tema [12].
Lenin afirmó, respecto de las condiciones en los cuarteles militares de Rusia: «Los cuarteles militares en Rusia son, por regla general, peores que cualquier prisión; en ningún otro lugar se aplasta y oprime tanto la individualidad como en los cuarteles; en ningún otro lugar están tan extendidas la tortura, las palizas y la degradación del ser humano. Y estos cuarteles se están convirtiendo en centros de revolución». Las demandas de la insurrección incluían necesidades básicas de supervivencia, como mejor alimentación, vestimenta y alojamiento, salarios más altos y una reducción del tiempo de servicio militar. Sin embargo, Lenin llamó la atención sobre otro tipo de demanda: «Entre sus reivindicaciones, se destacan aquellas que solo podía presentar un soldado consciente de sus derechos como ciudadano. Estas incluyen el derecho de asistir a todas las reuniones con uniforme, “en igualdad de condiciones con todos los demás ciudadanos”; el derecho a leer todos los periódicos y mantenerlos en el cuartel; la libertad de conciencia; la igualdad de derechos para todas las nacionalidades; la abolición total de cualquier deferencia al rango fuera del cuartel; la abolición de los ordenanzas de los oficiales; la abolición de los tribunales militares; la competencia de los tribunales civiles para juzgar todos los delitos militares; el derecho de presentar quejas colectivamente; y el derecho de defenderse de cualquier intento de agresión por parte de un superior a un subordinado».
A partir de esto, Lenin abogó por llevar la lucha de clases al seno de las fuerzas armadas. Sostuvo que el partido revolucionario y los trabajadores conscientes debían adherir a estas demandas, y que los soldados debían unirse a la causa socialista para garantizar sus propias libertades y la liberación de la clase en su conjunto. Su política para las fuerzas armadas, sin embargo, fue un paso más allá, respondiendo a la necesidad de reestructurar el Estado:
«Pero, para asegurar la satisfacción realmente completa y duradera de estas demandas, es necesario dar un pequeño paso adelante. Todos los anhelos aislados de los soldados, agotados por la maldita vida de condenados en los cuarteles, deben ser reunidos en un todo único. Y, reunidas, estas demandas se resumen así: abolición del ejército permanente y, en su lugar, armamento de todo el pueblo.
(…)
En todas partes, en todos los países, el ejército permanente es utilizado no tanto contra el enemigo externo como contra el enemigo interno. En todas partes, el ejército permanente se ha convertido en un arma de la reacción, un sirviente del capital en su lucha contra el trabajo, el verdugo de la libertad del pueblo. Por lo tanto, no nos detengamos en meras demandas parciales en nuestra gran revolución libertadora».
Así, los revolucionarios atienden las causas de los soldados, ya sea para obtener mejores condiciones inmediatas o para lograr derechos sociales y políticos, apoyándolos cuando se alzan contra sus comandantes. Actúan para dividir sus filas, buscando traerlos hacia la causa de la clase trabajadora, lo que también implica romper su lealtad a la burguesía. El programa socialista para el ejército puede observarse en la práctica tras la victoriosa revolución de 1917, cuando los soviets (consejos de obreros y soldados) implementaron profundos cambios en la estructura de las fuerzas armadas, como el principio de que los oficiales fuesen elegidos, la abolición de los privilegios de los oficiales y las inútiles demostraciones de autoridad [13].
El objetivo de fondo era reemplazar el ejército permanente, el brazo armado del Estado burgués, por un ejército proletario, es decir, el pueblo armado. Para ello, se utilizaron los conocimientos militares de los soldados formados en el ejército tradicional, pero se invirtió la lógica de la casta militar y los ciudadanos comenzaron a armarse colectivamente para defender los comités revolucionarios y el Estado obrero contra las agresiones capitalistas reaccionarias. No se trata, por lo tanto, de pacifismo ni de destruir armas, sino de ponerlas en manos de la clase explotada y utilizarlas contra sus explotadores.
UNIDAD ESTRATÉGICA
La situación de los marineros del USS Abraham Lincoln refuerza la idea de que ni siquiera los miembros del destacamento armado tienen nada que ganar prolongando el conflicto con Irán; son meros instrumentos en manos del Estado imperialista, aplastado en su búsqueda de hegemonía y en el desesperado intento de Trump por ocultar la dimensión de la derrota sufrida. Estos tripulantes tendrían todo el derecho a rebelarse contra sus comandantes. Subrayamos que la demanda aquí no es de más fondos para el mantenimiento de los buques –el gasto militar de Estados Unidos ya es exorbitante e injustificable–, sino del fin oficial de la guerra. Que todos los buques, aeronaves y tropas regresen a casa. Que no haya más buques estadounidenses navegando por el estrecho de Ormuz ni por cualesquiera aguas internacionales. Que no haya más bombardeos ni amenazas de bombardeo por parte de Estados Unidos e Israel. El cierre de las bases militares estadounidenses dispersas por todo el mundo. El fin de la política imperialista de guerra es de interés de los marineros y soldados, de los trabajadores estadounidenses, iraníes y de todo el mundo, en especial en los países dependientes y semicoloniales. Y estos deben luchar unidos para lograrlo.
Asimismo, esta unidad debe apuntar al derrocamiento del gobierno de Trump, sin ninguna confianza en los Demócratas, quienes también responden a la necesidad de mantener la hegemonía imperialista estadounidense enviando tropas a atacar a los pueblos de Medio Oriente, como han demostrado Obama y Biden.
Más aún, los miembros de la base del ejército, la marina y la fuerza aérea debe tomar las riendas de su destino, sublevarse a sus comandos y establecer una estructura que se corresponda con sus necesidades. Esto solo puede hacerse junto a la clase trabajadora, que en la mayoría de los casos es su clase de origen. Es tarea de los revolucionarios presentar un programa también para las fuerzas armadas, convenciendo a sus miembros de que no conquistarán su libertad alzando sus armas contra los pueblos, los trabajadores y la revolución, sino contra el Estado.
Referencias:
[2] https://www.theguardian.com/us-news/2026/aug/12/uss-abraham-lincoln-overboard-extended-deployment
[6] En cuanto al alto el fuego de junio de 2026 como una derrota para el imperialismo, lea más en la declaración de la CORI: https://corici.org/cese-al-fuego-en-iran-una-derrota-para-el-imperialismo/
[8] Sobre el tercer No Kings Day, lea más en:
[10] https://edition.cnn.com/2026/07/29/politics/cnn-poll-donald-trump-midterms-polls-iran-war
[12] Todos os fragmentos atribuidos a Lenin en esta sección pueden ser encontrados en inglés, en: https://www.marxists.org/archive/lenin/works/1905/nov/15d.htm; las traducciones son nuestras.
[13] https://www.marxists.org/history/ussr/events/revolution/documents/1917/12/16.htm
Traducción: Natalia Estrada.

