Privilegios y desventajas del machismo para los hombres trabajadores

Por Frodo, VOS Brasil

Introducción

Diversas tareas familiares acostumbran asignarse principalmente a las mujeres: cuidar a los niños y a los ancianos, cocinar y lavar los platos, limpiar y organizar la casa son algunos ejemplos.

Mientras tanto, salir a la calle sin recibir “cantadas” en cada esquina, tener menos exigencias en cuanto a la apariencia física y no morir de miedo en las calles oscuras son solo algunos de los privilegios masculinos cotidianos.

O peor aún: lamentablemente, es cada vez más común que las mujeres sientan miedo dentro de sus propios hogares. La mayoría de las violaciones y de los femicidios son perpetrados por conocidos y/o familiares. Especialmente por exmaridos o exnovios que no aceptan el fin de la relación y se consideran dueños de estas mujeres y sus vidas.

Estos son solo algunos ejemplos, entre muchos, de cómo la vida de las mujeres, especialmente de las trabajadoras, es más difícil que la de los hombres. Los otros textos de este especial abordan este tema con más detalle.

En este texto, queremos hacer otro debate: si bien el machismo otorga una serie de privilegios a los hombres en esta sociedad, al final también conlleva enormes desventajas para los hombres que trabajan.

Perjuicios económicos

Es evidente que las mujeres trabajadoras tienen muchas más dificultades económicas en su vida que los hombres, a pesar de algunos avances a lo largo de los años.

Hay menos mujeres en empleos mejor remunerados, el salario medio femenino es inferior al masculino, el desempleo femenino es mayor que el masculino, etc. Cuando la mujer es negra, inmigrante y/o LGBT, la situación puede ser aún peor.

Aparentemente, es mejor ser hombre, porque así se garantiza más fácilmente un empleo y mejores salarios, ¿no?

Sin embargo, esta lógica esconde otros mecanismos sociales.

¿Quién no ha oído nunca frases como «¿Estás insatisfecho en este trabajo? ¡Renuncia, hay más gente que quiere trabajar aquí!»…? ¿Quiénes es esa «más gente»? ¿Quiénes son esos desempleados que aceptan «cualquier salario»?

Generalmente, se trata de mujeres que se enfrentan a la precariedad de sus vidas y de sus familias, a la necesidad de tener vivienda, comida, pagar sus cuentas, etc. Este tipo de amenaza que los patrones y sus capataces lanzan con tanta frecuencia, entre otras, se basa en gran medida en la desigualdad social de género.

En otras palabras: los patrones se basan en una lógica machista para mantener la máxima precarización para las trabajadoras e infundir miedo en los hombres, para que acepten todos sus ataques por el riesgo del desempleo.

Esto también conduce a una disminución general de los salarios. Dado que un amplio sector de la clase trabajadora (sobre todo, mujeres) tiene salarios promedio más bajos, esto genera una presión para rebajas salariales de toda la clase trabajadora. Los empleadores también utilizan esto para chantajear a todos, enfrentando a una parte de nuestra clase contra la otra.

¿Y qué sucede cuando intentamos luchar contra esta situación? El machismo a menudo obstaculiza la lucha. Si en el entorno laboral diario los hombres tratan a las mujeres como inferiores, como objeto (incluso sexual), etc., es más difícil fomentar la confianza mutua necesaria para construir fuertes luchas.

El machismo no fue creado por el capitalismo; ya existía antes, pero la burguesía lo aprovecha para aumentar la explotación sobre nosotros y también para dividirnos, dificultando la lucha.

Perjuicios humanos

Las relaciones sociales capitalistas traen consigo la alienación, lo que significa ver todo lo humano como algo ajeno al ser humano. Esto se combina con el machismo existente antes del capitalismo y le confiere un carácter agravado.

A los hombres se les enseña a no expresar lo que sienten, a no llorar, a encargarse de todo… en resumen, a no ser seres humanos. La idea del «macho» les niega las emociones y los sentimientos, como si los hombres fueran máquinas.

Dentro de esta lógica, el hombre debe ser el proveedor de la familia, porque es (supuestamente) más capaz, más estable, soporta mejor las situaciones difíciles, etc. Mientras tanto, sobra para la mujer ser más sensible, alguien que nació para cuidar, etc.

Esta cultura impone entonces una relación social jerárquica, en la que el hombre es el sujeto, el dominante, y la mujer es el objeto, sumisa. No entre dos seres igualmente humanos. Así, la relación «normal» entre hombres y mujeres solo se limitaría a las relaciones maritales y la procreación, en una familia también jerarquizada.

De esta manera, el afecto de los hombres, a través de relaciones de compañerismo, profunda confianza y verdaderas amistades, termina dirigiéndose más hacia otros hombres que hacia las mujeres. En otras palabras: relaciones más humanas con otros hombres y relaciones más animales con mujeres.

Este es un elemento fundamental en la raíz de la misoginia (que es el odio a las mujeres) y de la violencia machista. No hay sentimiento ni conversación ni comprensión. Las personas, como mucho, se tolerarán entre sí, y las cosas se resolverán mediante la fuerza bruta. Al fin y al cabo, se trata de un ser de segunda categoría, cuya propia existencia depende de la voluntad de ese hombre.

Toda esta ideología nos la impone la burguesía a diario, desde que nacemos. A través de los medios de comunicación, de las escuelas, de las iglesias, de las empresas, de las familias, etc., estas ideas sirven para mantener esta relación social capitalista. Precisamente porque el machismo es rentable, lo cual es la base de sostén de estas instituciones.

Y cuanto más decae el capitalismo, mayor es la necesidad de explotar nuestro trabajo. En consecuencia, las condiciones de vida empeoran y, además, la violencia en la sociedad se agrava, al igual que el machismo y la violencia contra las mujeres.

Sin embargo, existe un choque con la realidad. La humanidad del ser humano insiste en sobrevivir y emerger: la indignación, el odio, la rabia y la rebelión emergen obstinadamente por las grietas de la dura vida cotidiana cuando se percibe la magnitud de la desigualdad social. La disputa contra la ideología burguesa está presente siempre. No puede ser libre quien oprime al prójimo. O a su par, en este caso.

Conclusión: unidad y lucha de la clase trabajadora, sin patrones ni amas, contra el capitalismo

El machismo sigue existiendo porque sirve a un propósito en la sociedad. Considerando que vivimos en una sociedad capitalista, el machismo sirve precisamente para que la burguesía pueda explotar aún más a la clase trabajadora en su conjunto. Si el machismo causase daño, los capitalistas harían todo lo posible por eliminarlo.

Dado que la burguesía de conjunto se beneficia, esto significa que las mujeres burguesas también se benefician de alguna manera del machismo. Mientras los hombres trabajadores tienen privilegios inmediatos, pero desventajas más profundas, ocurre lo contrario con las empleadoras: también sufren machismo, pero al mismo tiempo se aprovechan de él.

La mujer burguesa contrata a otras mujeres para limpiar su casa, cocinar, cuidar de sus hijos, etc. La mujer burguesa contrata a otras mujeres (y hombres) para trabajar en sus empresas y generar ganancias para ellas. Sin el machismo, sus ganancias serían menores.

La violencia machista contra la mujer burguesa es tan repugnante como la que sufren las mujeres trabajadoras. Pero esta patrona tiene a sus empleadas domésticas para que hagan sus tareas, tiene dinero para viajar y, muchas veces, incluso para aislarse del agresor.

Lo mismo ocurre cuando tiene un embarazo no deseado en un país donde el aborto no está legalizado. Ella tiene todos los recursos para pagar una clínica clandestina o viajar a un país donde pueda abortar de forma legal y segura.

Las mujeres trabajadoras no tienen nada de esto. Tampoco sus parejas masculinas de la clase trabajadora. Por lo tanto, aunque todas las mujeres sufran con el machismo, su derrota exige la derrota del capitalismo.

Esto hace que la lucha contra el machismo, no solo para reducirlo –lo cual es importante–, sino principalmente para derrotarlo de una vez por todas, sea una lucha de toda la clase trabajadora. Es necesario ganar a los hombres trabajadores para esta lucha, convenciéndolos de que abran mano de sus privilegios inmediatos para ser aliados y participantes activos en esta batalla estratégica.

Traducción Natalia Estrada.

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