Por América Riveros (VOS Brasil)
Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, somos bombardeadas con campañas publicitarias que exaltan la feminidad, nuestro instinto materno y de cuidados. También abundan los discursos sobre nuestros derechos, sobre el combate a la violencia y el “empoderamiento” femenino.
Sin embargo, cada año que pasa, percibimos que nuestra situación no cambia. Seguimos recibiendo los peores salarios, muriendo como víctimas de la violencia machista y enfermándonos por la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados de hijas, hijos y personas mayores.
Así como recibir flores y bombones no sirve de nada para mejorar nuestras vidas, los discursos y acciones políticas que no se proponen cambiar radicalmente la estructura de la sociedad no pasan de ser palabras al viento.
Las preguntas clave
Pero entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Y quién debe hacer algo para mejorar la situación de las mujeres? Para responder esa pregunta, necesitamos hacer otra antes: ¿quién se beneficia con la opresión y la explotación de las mujeres?
Vivimos en una sociedad que gira alrededor de la explotación de la clase trabajadora en beneficio de la ganancia de la clase dominante, la burguesía. Trabajamos cada vez más y nuestros salarios son cada vez menos suficientes para sostener cosas básicas como salud, alimentación, vivienda y ocio. Mientras tanto, vemos a nuestros patrones vivir en condiciones muy superiores a las de los trabajadores, ostentando una vida de lujo que es inalcanzable para la inmensa mayoria de la población.
Esa explotación recae sobre toda la clase: hombres, mujeres y personas LGBTs… y es cada vez mayor, con jornadas de trabajo agotadoras y sucesivos ataques a los pocos derechos laborales que tenemos. Aun así, debemos preguntarnos: si todos somos iguales ante la ley, ¿por qué todavía hay sectores de la sociedad, como nosotras las mujeres, que ganamos aún menos por la venta de nuestra fuerza de trabajo?
Salario y “costo”: cómo justifican pagarnos menos
Esto ocurre porque la burguesía no escatima esfuerzos para aumentar sus ganancias. Para eso, moviliza ideas falsas para justificar que unas personas deben ganar menos que otras. En el caso de las mujeres, la burguesía se apoya en un “sentido común” de que somos más frágiles tanto desde el punto de vista físico como desde el punto de vista intelectual.
Además, utilizan nuestra capacidad biológica de gestar hijas e hijos para justificar que “costamos más” para las empresas, ya que a veces tendremos que ausentarnos por la licencia por maternidad o para cuidar a nuestras hijas e hijos en alguna situación de salud. Incluso en empresas que adoptan una supuesta política de igualdad salarial y de promoción del trabajo de las mujeres, lo que vemos en la práctica es una nivelación hacia abajo de los salarios de hombres y mujeres; es decir, bajan el salario de todos los trabajadores cuando se proponen contratar mujeres.
Oprimir para dividir: violencia, hogar y disciplina social
Ese mecanismo —el de la opresión— además de garantizar una mayor explotación de las mujeres en el sistema productivo, también sirve para dividir a la clase trabajadora, enfrentando a hombres y mujeres entre sí. Esa idea de que la mujer es inferior y que por eso debe someterse al hombre se refleja en la violencia doméstica y urbana que sufrimos, así como en la realización del trabajo doméstico y de cuidados que no es pago, pero que es indispensable y recae centralmente sobre nosotras, las mujeres.
Volviendo a la pregunta sobre quién se beneficia con la opresión de las mujeres, queda evidente que ese mecanismo está al servicio de los intereses de la burguesía: sea porque queda en mejores condiciones de explotarnos en el mercado de trabajo y aumentar sus ganancias; porque no remunera el trabajo doméstico y de cuidados; y, principalmente, porque divide a nuestra clase, sometiéndonos en conjunto —hombres y mujeres— a su dominación política y económica.
El callejón sin salida de la lucha por la igualdad dentro del sistema
En ese sentido, la lucha contra la opresión de las mujeres no es sólo una tarea de las propias mujeres, sino de toda la clase trabajadora. Por eso, discursos como el empoderamiento femenino, propagado en la gran prensa en varios países, no son capaces de liberarnos de la opresión machista, porque no cuestionan las bases económicas de la sociedad y nos llevan a la ilusión de que, cuando algunas mujeres lleguen al poder, la vida de todas va a mejorar. La verdad es que las mujeres burguesas no tienen el menor interés en renunciar a sus privilegios, acabar o disminuir sus ganancias para que toda la humanidad tenga una vida plena.
La misma conclusión se aplica a la cuestión de los feminismos que se limitan a luchar por derechos e igualdad salarial sin proponer una ruptura con el sistema capitalista. Obviamente, la lucha por derechos e igualdad salarial nos interesa, pero no es suficiente para garantizar una vida plena para todas las mujeres. Al contrario: al limitarse a luchar por derechos sin romper con la estructura económica que sostiene este sistema, termina ayudando a la burguesía a mantener sus negocios a través de la opresión y a mantener la explotación de la clase. No queremos apenas estar en mejores condiciones para ser explotadas: queremos una sociedad sin explotación ni opresión, donde todas las mujeres y hombres de la clase trabajadora se apropien de la riqueza que es fruto de su trabajo, garantizando una vida plena para toda la humanidad.
Tener al frente un Estado que actúa en función de los intereses de la clase burguesa impide que ocurra cualquier avance efectivo, ya que la burguesía lucra con nuestro sufrimiento. Por eso, a pesar de las promesas y campañas contra la violencia machista, los índices de este tipo de crímenes no dejan de crecer. Vemos que tanto gobiernos de la supuesta izquierda como el de Lula y Petros/Bachelet, como los de derecha como Bukele, Trump y Milei, al final se niegan a gastar dinero para revertir la situación. Por lo tanto, los movimientos que no se proponen luchar por el fin de la explotación son incapaces de liberarnos de la opresión.
Revolución y derechos: lo que mostró 1917
Necesitamos organizarnos en torno a un programa cuyo objetivo final no sea sólo más derechos y mejores salarios, sino que se proponga acabar con la opresión y la explotación de una vez por todas. Esto es cada vez más necesario y urgente, ya que los derechos que conquistamos a lo largo de la historia siempre son atacados cuando la burguesía necesita aumentar sus ganancias, como ocurre con reformas laborales que empeoran nuestras condiciones de trabajo y salario; ataques sobre la jubilación; recortes del gasto público en salud y educación; y, en los pocos países que lo tienen, ataques al derecho al aborto legal y seguro. El hecho es que la burguesía no escatima esfuerzos para garantizar sus privilegios, y atacar derechos es parte de su arsenal contra toda la clase, evidenciando que el Estado democrático de derecho es una farsa de la que la burguesía prescinde si así le conviene para sus negocios.
A lo largo de la historia, la clase trabajadora se ha organizado y ha protagonizado luchas por derechos y contra los ataques de la burguesía. Incluso, siempre es importante recordar el origen histórico del 8 de marzo . Pero como dijimos antes, luchar por derechos no es suficiente. Es necesario estar organizados —hombres y mujeres de la clase trabajadora— para arrancarle a la burguesía el control y colocar a la clase que produce la riqueza, nosotras y nosotros los trabajadores, en el puesto de mando de la sociedad, con un programa que atienda las demandas generales de la mayoría de la población, así como las de las mujeres y demás sectores oprimidos de la clase.
Para eso, tomamos como referencia la mayor experiencia que la clase trabajadora tuvo hasta aquí: la Revolución Rusa de 1917, una revolución socialista que se propuso acabar con la explotación y la opresión de toda la clase trabajadora, expropiando a la burguesía y colocando a los trabajadores directamente en el poder. Con un programa orientado a la clase trabajadora, las mujeres en Rusia conquistaron derechos que en esa época no existían ni siquiera en los países más avanzados. Se conquistaron el derecho al voto, la igualdad ante el matrimonio, el derecho al divorcio, la pensión alimenticia y el derecho al patrimonio; derechos que las mujeres no tenían hasta entonces. Eso sólo fue posible porque, al mismo tiempo que se realizó una reforma jurídica, el Estado soviético garantizó las condiciones materiales para que las mujeres fueran integradas a la vida económica, política y social del país, participando del mercado de trabajo en condiciones igualitarias y liberándolas del trabajo doméstico mediante la construcción de guarderías, lavanderías y restaurantes comunitarios de calidad, liberando su tiempo para participar efectivamente de la vida política, social y cultural de Rusia.

