¿Cómo sería un mandato revolucionario?

Frodo

Estamos acostumbrados a ver en los medios de comunicación disputas entre parlamentarios de todo el espectro político. Es parte de su trabajo. Por otro lado, rara vez se discuten los aspectos internos. Pero es precisamente ahí donde se toman las decisiones. La parte pública es solo el final, cuando los debates ya han concluido.

Esto no es una anomalía en el funcionamiento de los parlamentos (ni del Estado en su conjunto). Es lo normal en esta democracia de los ricos. Funciona así precisamente porque la estructura de poder en el sistema capitalista no está al servicio de la clase trabajadora. El Estado en el capitalismo pertenece a las grandes empresas; esa es su razón de ser.

¿Puede este sistema traernos medidas favorables?

Es comprensible que la gente vote con la esperanza de un cambio mediante la sustitución de los actuales dirigentes. Incluso es posible que alguien más combativo logre aprobar una o dos medidas. También es posible que las instituciones hagan concesiones ante la lucha o una gran presión, como la aprobación del fin de la escala 6×1 (1) en la Cámara (estancada en el Senado).

Estas son mejoras para nuestras vidas, por eso es importante que existan. Un mandato revolucionario las respaldará. Pero debemos saber que son mejoras muy específicas que no resuelven definitivamente ninguno de nuestros problemas.

Además, siempre están bajo boicot, amenaza o directamente son retiradas. Ejemplos de ello son el desmantelamiento del SUS (Sistema Único de Salud) y la educación pública, derechos consagrados en la Constitución. O incluso la eliminación de derechos en la reforma laboral de 2017 y la reforma de las pensiones [jubilaciones] de 2019.

Las elecciones y los elegidos

Por eso repudiamos esta conocida forma de hacer campaña, que es la norma en cada elección: llenar la cabeza de la gente con todo tipo de promesas. En realidad, no confrontan este sistema que garantiza nuestra explotación. Todo forma parte del juego: ninguna de esas medidas apunta a un cambio verdadero, profundo y duradero.

Además, cabe decir que la gran mayoría de las candidaturas son financiadas directamente por el sector empresarial. A menudo, los propios candidatos son empresarios. Cuando no lo son, trabajan para grandes capitales y cumplen la función de ayudar a los más ricos. Y, obviamente, también querrán enriquecerse junto con ellos.

Sin duda, hay personas que se postulan para cargos públicos con las mejores intenciones. Sin duda, hay funcionarios electos que hacen propuestas importantes y apoyan nuestras luchas. Parlamentarios como Glauber Braga, Sâmia Bonfim, Erika Hilton o Paulo Paim, por nombrar solo algunos, logran destacar en este mar dominado por multimillonarios y corporaciones multinacionales.

Democracia burguesa y dictadura burguesa: ninguna nos sirve.

Pero entonces surgen dos problemas. El primero es que esos pocos mandatos que poseen estas características están vinculados al gobierno de Lula. Defender a quienes gobiernan para los ricos es sinónimo de sabotear los intereses y necesidades de la clase trabajadora.

El otro problema es que ninguna de estas figuras se enfrenta a esta democracia de los ricos. En la práctica, simplemente actúan como el ala izquierda de la dominación capitalista. De esta manera, terminan sirviendo para legitimar esta democracia [de los rícos].

No cabe duda de que las restricciones a las pocas libertades democráticas que tenemos (organizarnos, expresarnos, luchar, hacer huelga, etc.) son terribles. Los intentos de golpe de Estado, como el de Jair Bolsonaro el 8 de junio de 2023, merecen todo nuestro repudio.

También debemos estar en contra de los gobiernos y regímenes que controlan (y atacan) las luchas de la clase trabajadora. Ya sean los llamados de «derecha» (Trump en EE. UU., Bukele en El Salvador, entre otros); Ya sea defendida por quienes se autodenominan «izquierdistas», como China, Rusia, etc., esto no nos permite defender esta falsa democracia que afirma que ir a las urnas cada dos o cuatro años es democracia. Lo que hace es engañar, con la ilusión de que se posee algún poder. La clase trabajadora no tiene ningún poder en el capitalismo.

¿Qué es un mandato revolucionario?

Por eso nuestra candidatura —y cualquier mandato eventual— es completamente diferente a las demás. No pertenece al individuo, sino al colectivo que representa. Por lo tanto, lo que prometemos es denunciar este sistema, a sus financiadores y a quienes lo operan.

También fortaleceremos la organización de nuestra clase trabajadora. Sin esto, no podemos ser protagonistas; seguiremos siendo víctimas de los intereses de quienes se benefician a nuestra costa. Nuestra inspiración son las incontables luchas libradas por los trabajadores, en el pasado y el presente de Brasil y del mundo.

Actitudes de un mandato revolucionario

Lo primero que debe hacer un mandato revolucionario es no servir para enriquecer a nadie involucrado en él. El nivel de vida de cualquier representante público debería ser el mismo que el de un obrero. Lo mismo se aplica a cualquier persona que trabaje en una oficina. Esto se debe a que son personas que desempeñan una función colectiva, no individual.

Nuestra inspiración proviene de la Comuna de París. Esta fue la primera revolución moderna, cuando la clase obrera parisina tomó el control de la ciudad durante dos meses en 1871. Tanto la igualdad salarial como la revocabilidad de los mandatos fueron medidas que se implementaron.

Además, esta persona electa debe actuar con total transparencia, sin acuerdos secretos. Más aún: debe revelar a la clase obrera lo que sucede en reuniones a puerta cerrada, en conversaciones en los pasillos, en reuniones con grupos de presión. Denunciar la corrupción desde dentro sin duda ayudará a revelar cómo funcionan las cosas.

Aquí el ejemplo proviene de la Revolución Rusa de octubre de 1917. La abolición de la diplomacia secreta (acuerdos con otros países en secreto para el pueblo ruso) formó parte de la entrega efectiva del poder a la clase obrera.

Estas son formas de acción que se basan en la comprensión de que nuestras vidas no cambian por ello. Por eso decimos que las elecciones y los cargos que se pueden obtener son apoyos secundarios: el foco central es la organización y la lucha de la clase trabajadora.

Éstas son las áreas donde la disputa sobre el programa revolucionario es central. En otras palabras: la disputa sobre propuestas sobre cómo traernos cambios reales y duraderos. Y al mismo tiempo preparación para esta acción.

El camino debe ser quitar el poder de las manos de los patrones para que nosotros, la clase trabajadora, estemos a cargo de la sociedad, organizada especialmente en el lugar de trabajo. Este es el único que trae la posibilidad de cambiar el país y el mundo para satisfacer las necesidades de quienes trabajan para producir todo lo que existe y hacer funcionar la economía.

Socialismo es el nombre de esta forma de organización. Su construcción es lo que nos mueve y lo que da sentido a nuestra candidatura.

(1)Proyecto de ley que reemplaza la semana de seis días trabajados y uno de descanso por otro de cinco por dos.

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