Sobre el atentado a las Torres Gemelas (2001)

El 11 de Setiembre de 2001, tres de los cuatro aviones comerciales previamente secuestrados fueron llevados a impactar sobre edificios del complejo World Trade Center, incluidas las famosas Torres Gemelas, que acabaron derrumbándose. Murieron 3.016 personas y más de 6.000 quedaron heridas.

Alejandro Iturbe

El gobierno de George Bush (hijo) atribuyó este atentado suicida a la organización Al Qaeda, encabezada por el millonario saudita Osama Bin Laden. Posteriormente, diversas investigaciones periodísticas independientes dentro de los propios Estados Unidos concluyeron que era muy probable que los servicios de inteligencia estadounidenses conocieran de antemano que el atentado iba a ser cometido y lo “dejaron correr” para que el gobierno de George W. Bush lo aprovechase al servicio de su proyecto político. Bush, incluso, era amigo de la familia Bin Laden y compartía con ella algunos negocios petroleros.

La derrota del Nuevo Siglo Americano

Bush logró la candidatura presidencial republicana para las elecciones de finales de 2000, en representación de un sector de dirigentes de ese partido agrupados en el proyecto denominado Nuevo Siglo Americano. Este sector consideraba que el inicio del siglo XXI estaba definido por la disputa por el dominio de los recursos naturales en el mundo (esencialmente el petróleo) y que si los Estados Unidos no garantizaban su hegemonía en este campo, retrocederían como potencia mundial.

Para ello, era válido y necesario utilizar métodos agresivos y bélicos contra otros países. La política exterior aplicada por Bill Clinton y los demócratas se caracterizaba como “insuficiente” y “tímida” porque conducía al “debilitamiento” de EEUU y era necesario cambiarla. Es decir, Bush y su equipo proponían un giro de timón: terminar con el llamado “síndrome de Vietnam” y la política defensiva de la reacción democrática y pasar a la ofensiva, retomando el garrote como elemento central.

Sin embargo, el gobierno de Bush nació débil y cuestionado: había obtenido menos votos populares que el candidato demócrata Al Gore y solo fue electo gracias a una definición controversial de la Corte Suprema que le atribuyó los representantes de Florida. Por eso, para poder llevar adelante su proyecto, Bush aprovechó el efecto político que produjeron los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York. Después del 11-S, no solo consiguió el respaldo de sectores centrales de la burguesía imperialista sino también apoyo popular para su política, que ya no aparecía como agresiva sino que “ahora nos están atacando y debemos defendernos”. Propuso lanzar la “guerra contra el terror” contra lo que llamó “el eje del mal”: entre otros, los gobiernos de Afganistán, Irak, Siria, Corea del Norte e Irán.

El primer episodio de esa guerra fue la invasión a Afganistán para derrocar el gobierno del Talibán (acusado de haber ayudado a los autores del 11-S), en octubre de 2001, con participación minoritaria de tropas de Gran Bretaña y otros países. El paso siguiente fue la invasión a Irak, en marzo de 2003, para derrocar el gobierno de Sadam Hussein (acusado de poseer “armas de destrucción masiva”). Ambos gobiernos fueron derrocados fácilmente pero el imperialismo se vio obligado a mantener ocupaciones militares que debieron enfrentar guerras de liberación nacional de curso cada vez más desfavorable, que terminaron objetivamente con su derrota.

Las tropas invasoras ya se han retirado de Irak pero en lugar de lograr “tranquilidad” dejaron un país dividido (como mínimo en tres), sumido en permanentes conflictos militares y, desde 2005, con la necesidad de apoyarse en el régimen iraní (hasta hace poco un “enemigo”) para tener un gobierno central en Bagdag y tratar de evitar que la situación empeore aún más.

En Afganistán, se mantuvieron y el control de las áreas centrales de Kabul (la capital) mientras que el resto del país era dominado por las fuerzas del Talibán o por jefes tribales regionales. Mientras tanto, se buscaba una negociación con los rebeldes para lograr una retirada un poco más digna. De modo colateral, la inestabilidad y la propia guerra se extendieron al vecino Pakistán (cuyo gobierno era un sólido aliado de EEUU) y, de hecho, a la guerra civil en Siria. La derrota estadounidense en esta guerra se consumó el 15 de agosto de 2021 cuando el Talibán tomó el poder y las tropas yanquis remanentes se retiraron del país. Una derrota que se sumó a la que ya se había producido en Irak años atrás. EEUU había perdido definitivamente la “guerra contra el terror”1.

El “síndrome de Irak [y Afganistán]”

Decimos que el proyecto de Bush fue derrotado en Irak. Algo que reconocieron la mayoría de los analistas políticos burgueses y los propios jefes militares estadounidenses2. Entre 2005 y 2007, surgió lo que se denominó el “síndrome de Irak” en la burguesía imperialista estadounidense.

Era una analogía con el llamado el “síndrome de Vietnam”, surgido en 1975 luego de la derrota yanqui en la guerra en este país: el temor del imperialismo estadounidense de intervenir militarmente en el mundo (como lo hacía permanentemente en el pasado) por el temor de que esa intervención derivase en una larga y costosa guerra contra las fueras nacionales de liberación y, finalmente en una derrota muy dura, como en Vietnam. Al fracasar su intento de terminar con el síndrome de Vietnam, Bush genera uno nuevo (el síndrome de Irak) y agrava aún más la situación que quería revertir3.

Es cierto que la derrota en Irak no aparecía a simple vista tan clara y evidente como la de Vietnam: no se vio por televisión a las fuerzas estadounidenses huir en helicópteros.Tampoco dio origen a un Estado obrero como en Vietnam. Quedó un poco oculta por el caos en que quedó Irak. Pero no por eso fue una derrota de menor envergadura. La propia burguesía imperialista y su prensa no se engañaron en la caracterización de la situación resultante y en la necesidad de volver a poner el timón hacia la reacción democrática.

De Obama al primer gobierno de Trump

Bush dejó una “pesada herencia”, con una situación a la defensiva del imperialismo estadounidense. En ese marco, los sectores más lúcidos de la burguesía imperialista estadounidense impulsaron un nuevo golpe de timón para retomar la aplicación plena de la política de pactos y negociaciones (la “reacción democrática”) y a Obama como la mejor figura para implementar ese cambio, en 2008. Obama obtuvo algunos logros importantes (apoyado en la crisis de dirección revolucionaria y la capitulación de direcciones traidoras) pero no consiguió estabilizar el mundo. Una situación que se agravó con la consumación de la derrota en Afganistán.

En el medio de ese cuadro, en enero de 2017, Donald Trump llegó, de modo un tanto inesperado, a la presidencia de los Estados Unidos y comienzó a modificar muchas de las políticas implementadas por Obama en el terreno político y económico. Entre ellas, la estrategia negociadora hacia Irán y el régimen de los ayatolás (reemplazándola por la vuelta a las sanciones); o su intervención en la guerra civil siria.

Lo hizo con todo el poder que le otorgaba ser el presidente de Estados Unidos y con la misma aspiración que Bush: volver a una situación en que la voz del imperialismo estadounidense sea incontestable. Pero también chocó contra el “síndrome de Irak” y la debilidad relativa que esto le impuso a las acciones militares. Por eso, fue y vino con sus amenazas, como ocurrió con Corea del Norte.

A nivel interno, su política represiva incendió el país desde finales de 2015 cuando nuevos asesinatos policiales a personas negras aumentaron aún más las fuerzas y la combatividad del movimiento Black Lives Matter y, en los hechos, derrotaron al primer gobierno de Trump y lo obligaron a retroceder (tal como ahora lo han hecho las movilizaciones contra el ICE)4.

A ello, se sumó la forma negacionista con que su gobierno enfrentó la reciente pandemia que ocasionó millones de muertos en el país5. A finales de 2020, perdió las elecciones presidenciales de diciembre de 2020 frente al candidato demócrata Joe Biden por una diferencia de siete millones de votos. Finalmente, el intento de asalto al Capitolio protagonizado por algunos partidarios suyos el 6 de enero de 2021 hizo que también perdiera el respaldo de los sectores de la burguesía imperialista que lo habían y la tolerancia de aquellos que no lo hicieron. Lo veían como una figura política peligrosa que debía ser marginada de la política imperialista estadounidense. Parecía que era el final de Trump6.

Trump II

Sin embargo, el gobierno burgués imperialista del demócrata Joe Biden defraudó todas la expectativas que los trabajadores y las masas habían depositado en él porque no consiguió resolver las acuciantes neesidades que vivían (en realidad no quería ni podía hacerlo). La consecuencia fue que Trump pudo volver del ostracismo y ganar las elecciones presidenciales de diciembre de 2024 derrotando con claridad a la candidata demócrata Kamala Harris.

En su segunda presidencia, Trump quiso volver a la carga en todos los sentidos. A nivel interno lanzó una ofensiva represiva ahora centrada en los inmigrantes, a través del ICE que tuvo una respuesta muy combativa de los trabajadores y el pueblo de Minnesota (apoyada también por el movimiento nacional No Kings) que la derrotaron y lo obligaron a retroceder.

A nivel internacional, también “subió la apuesta” y, junto con Israel, inició una guerra contra Irán para derrocar al régimen de los ayatolás (con el que el imperialismo estadounidense tiene “cuentas pendientes” desde la revolución de 1979). En esa guerra, los revolucionarios defendíamos a Irán frente esta agresión y estuvimos en el campo militar de Irán por la derrota del bloque imperialista/sionista7.

Trump/Israel esperaban lograr un triunfo fácil pero, por diversas razones, las cosas se les complicaron mucho y, finalmente, sufrieron una derrota muy dura, a la vista de todo el mundo. Se repetía así la historia de la guerra de Vietnam y las de Irak/Afganistán el intento de revertir la situación en un país o regían para retomar el control de la situación mundial e imponerle la dinámica, terminaba en derrota y agravaba aún más aquella situación que se intentaba revertir8.

Podemos decir que hemos entrado en el período del “síndrome de Irán”. Una vez derrotado, Trump quiso mostrar que no había perdido la guerra y que todavía tenía capacidad militar de revertir su resultado on algunas acciones aisladas y marginales en el Estrecho de Ormuz. Pero rápidamente quedó claro que su estructura militar vive una crisis muy profunda9. También es importante el impacto que ha tenido en Israel su derrota frente a Irán y la profundización de la crisis político-militar en este país.

Queremos terminar este artículo con dos conclusiones. La primera es que la historia de todas estas guerras muestran claramente que el imperialismo lejos de ser invencible ha sido derrotado muchas veces por países donde las masas estaban determinadas a hacerlo, así fuera a costa de muchas penurias y sacrificios.

La segunda es que de todas esta derrotas el imperialismo y sus agentes como Israel han salido muy debilitados. Está planteado como tarea posible derrotarlos definitivamente.

1 https://litci.org/es/66669-2/?utm_source=copylink&utm_medium=browser

2 https://litci.org/es/la-guerra-de-irak-donde-bush-se-rompio-los-

dientes/?utm_source=copylink&utm_medium=browser

3 https://litci.org/es/la-reaccion-democratica-del-sindrome-de-vietnam-al-sindrome-de-

irak/?utm_source=copylink&utm_medium=browser

4 https://litci.org/es/las-vidas-de-los-negros-importan/?utm_source=copylink&utm_medium=browser

5 https://litci.org/es/trump-se-contagio-de-covid-19-el-virus-no-perdona-a-los-negacionistas/?utm_source=copylink&utm_medium=browser

6 https://litci.org/es/64580-2/?utm_source=copylink&utm_medium=browser

7 https://corici.org/defendemos-a-iran-del-ataque-militar-de-trump-y-el-estado-de-israel/

8 https://corici.org/guerra-a-iran-profundiza-las-grietas-del-gobierno-trump/

9 https://corici.org/la-crisis-en-el-portaaviones-estadounidense-exige-la-retirada-de-la-marina-del-estrecho-de

ormuz/

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