Entrega 02 de la serie “El Salvador bajo el bukelismo” .
Partido de la Clase Trabajadora
Para comprender el surgimiento del bukelismo no basta comenzar en 2019. Tampoco basta con explicar el desgaste de ARENA y el FMLN durante las décadas posteriores a los Acuerdos de Paz. Hay que retroceder hasta un momento decisivo de la historia salvadoreña contemporánea: el desenlace de la guerra civil y los Acuerdos de Paz de 1992.
Existe una interpretación ampliamente difundida según la cual los Acuerdos de Paz representaron la culminación victoriosa de una larga lucha por la democratización del país. Desde esa perspectiva, la guerra habría terminado con la apertura de un nuevo período democrático, la incorporación del FMLN a la vida electoral, la reforma de las instituciones y la desaparición de algunas de las estructuras represivas que habían caracterizado al Estado salvadoreño.
Sin negar las conquistas democráticas que significó el fin de la guerra y de la represión masiva, desde una perspectiva de clase es necesario formular otra pregunta: ¿qué ocurrió con las relaciones fundamentales de poder entre las clases sociales?
Es ahí donde aparece una conclusión mucho más incómoda: los Acuerdos de Paz no significaron una victoria estratégica de la revolución salvadoreña. Constituyeron la salida negociada de una guerra que no logró transformar las estructuras fundamentales del poder económico y social bajo la complicidad de la entonces dirigencia de las cinco fuerzas guerrilleras que conformaban el FMLN.
La paz fue un acontecimiento profundamente sentido por un pueblo que había soportado doce años de guerra, decenas de miles de muertos, masacres, desapariciones, desplazamientos y represión. Pero la paz y la victoria revolucionaria no son la misma cosa.
Una guerra que no terminó con la derrota de la oligarquía
1 Ver la Entrega 1 en https://corici.org/el-salvador-bajo-el-bukelismo/
La guerra civil salvadoreña fue expresión de contradicciones sociales acumuladas durante décadas: concentración de la riqueza y la tierra, explotación de la clase trabajadora, pobreza campesina, represión sistemática y cierre de los mecanismos democráticos mediante los cuales las masas podían expresar sus demandas.
Durante doce años, el FMLN llegó a constituir una fuerza político-militar capaz de disputar seriamente el poder al Estado salvadoreño. Sin embargo, ninguna de las fuerzas consiguió derrotar militarmente a la otra. El Estado no logró destruir al FMLN, pero el FMLN tampoco logró derrotar al Estado y conquistar el poder.
La guerra llegó así a una situación de empate militar prolongado, que finalmente encontró una salida mediante la negociación, auspiciada por el imperialismo, a través de los procesos de Contadora y la caída del muro de Berlín.
Los Acuerdos de Paz permitieron terminar la guerra, incorporar al FMLN a la legalidad, realizar reformas institucionales y abrir espacios democráticos que habían estado cerrados durante décadas. Todo esto tuvo enorme importancia para el pueblo trabajador, pero existe un hecho fundamental: la estructura económica sobre la cual descansaba el poder de la burguesía salvadoreña permaneció intacta.
La oligarquía no perdió el control fundamental de la propiedad. No fue expropiada. Las relaciones capitalistas de producción no fueron sustituidas. El poder económico continuó en manos de la burguesía y el país permaneció inserto de manera subordinada en el capitalismo mundial.
La decisión de la negociación de la comandancia del FMLN y el proceso de los Acuerdos de Paz, desmovilizaron al FMLN como fuerza guerrillera beligerante y lo transformaron en partido electoral sin modificar las estructuras fundamentales del poder económico; la oligarquía conservó la propiedad y su influencia decisiva sobre el Estado. Aquí radica el problema central.
De ahí surge una disyuntiva que hay que analizar ¿Derrota o victoria?
Desde nuestra perspectiva lo que ocurrió fue una derrota estratégica, lo que no significa afirmar que la lucha revolucionaria fue inútil. Mucho menos significa negar el heroísmo de quienes lucharon, murieron, fueron encarcelados, perseguidos o desaparecidos durante décadas de resistencia popular. Tampoco significa desconocer que el pueblo salvadoreño conquistó importantes espacios democráticos.
La cuestión es otra. La revolución se propone transformar las relaciones fundamentales de poder entre las clases. Desde ese punto de vista, el objetivo estratégico no fue alcanzado.
La burguesía continuó siendo la clase dominante. El Estado continuó siendo burgués. La propiedad capitalista permaneció intacta. Y la fuerza revolucionaria que durante la guerra había disputado el poder fue progresivamente integrada dentro de las instituciones del régimen.
Sin embargo, por ésta razón hablamos de una combinación de conquistas democráticas y derrota estratégica. Confundir ambas dimensiones impide comprender lo que ocurrió posteriormente.
Cambió el régimen, pero no cambió la clase dominante
Este punto es fundamental para una interpretación marxista de los Acuerdos de paz, la guerra modificó profundamente la forma del régimen político salvadoreño. El viejo régimen construido sobre el fraude electoral, la intervención directa de las Fuerzas Armadas, los escuadrones de la muerte y la represión sistemática contra las organizaciones populares fue sustituido por una democracia burguesa con elecciones competitivas, mayores libertades políticas y participación legal de la antigua insurgencia. Pero la democratización del régimen no significó una transformación del carácter de clase del Estado. Únicamente cambió la forma política mediante la cual gobernaba la burguesía. No desapareció su dominación.
Esta distinción permite comprender una aparente paradoja de la posguerra salvadoreña: mientras se ampliaban determinadas libertades democráticas, simultáneamente comenzaba una de las ofensivas económicas más profundas contra las conquistas y condiciones de vida de la clase trabajadora.
La correlación de fuerzas había cambiado
Aquí se encuentra el vínculo entre el desenlace de la guerra y el neoliberalismo posterior. El neoliberalismo no llegó simplemente porque un grupo de economistas convenciera al gobierno de que privatizar era una buena idea. Para aplicar un programa de transformaciones económicas de esa magnitud era necesaria una determinada correlación de fuerzas entre las clases.
Durante las décadas anteriores, el movimiento popular salvadoreño había alcanzado enormes niveles de organización y movilización. Sindicatos, organizaciones campesinas, estudiantes, comunidades y organizaciones revolucionarias habían llegado a cuestionar directamente el poder de la clase dominante.
La guerra fue la expresión más elevada de ese enfrentamiento. Su desenlace modificó esa situación. La desmovilización de la estructura político-militar revolucionaria y la transformación del FMLN en partido electoral cambiaron profundamente las condiciones en las cuales se desarrollaba la lucha de clases. La burguesía salvadoreña ya no enfrentaba una fuerza político-militar organizada que
disputara el poder, mucho menos una fuerza social movilizada en las calles para resistir a las medidas económicas antipopulares. Y esa nueva correlación creó condiciones mucho más favorables para lanzar una ofensiva económica.
La aplicación del programa neoliberal fue posible porque la correlación de fuerzas surgida del desenlace de la guerra dejó al movimiento popular sin capacidad suficiente para impedir el ajuste estructural.
La ofensiva neoliberal
La paradoja histórica es profunda. Mientras el discurso oficial celebraba la llegada de la paz y la democracia, avanzaba simultáneamente una reorganización económica que descargaba nuevos costos sobre la clase trabajadora.
Durante los gobiernos de ARENA se profundizó el programa neoliberal. Privatización de la banca, privatización de las telecomunicaciones, privatización de la distribución eléctrica, privatización del sistema de pensiones, apertura comercial, una política fiscal que no afectó seriamente los intereses fundamentales del gran capital, dolarización. Entre otras medidas.
No fueron medidas desconectadas entre sí, formaban parte de una transformación del capitalismo salvadoreño acorde con la ofensiva neoliberal que recorría América Latina. El resultado fue una contradicción que marcaría toda la posguerra: más democracia política formal mientras avanzaba una ofensiva económica contra la clase trabajadora. De ciudadano a consumidor, de militante a elector
Pero la transformación no fue solamente económica, también ocurrió una profunda modificación en las formas de participación política. Durante las décadas de lucha anteriores, amplios sectores populares habían construido organizaciones sindicales, campesinas, estudiantiles, comunitarias y revolucionarias que concebían la política como movilización y organización permanente. Con la institucionalización de la posguerra, el centro de gravedad fue desplazándose progresivamente hacia las elecciones. La lucha por transformar la sociedad comenzó a ser sustituida por la lucha por administrar las instituciones existentes.
La movilización cedió terreno frente al calendario electoral, el militante comenzó a ser sustituido por el votante, la estrategia de transformación social fue cediendo ante la estrategia de acumulación electoral. Este proceso no ocurrió inmediatamente ni de manera uniforme. Las luchas sociales continuaron y sectores importantes resistieron las privatizaciones y las políticas neoliberales. Pero la dirección general del proceso estaba comprometida: la antigua fuerza revolucionaria se integraba progresivamente al régimen que anteriormente había pretendido transformar.
ARENA administró la ofensiva
Durante buena parte de la posguerra, ARENA fue el instrumento político principal de esta reorganización. La burguesía salvadoreña encontró en los gobiernos de ARENA la herramienta para impulsar privatizaciones, liberalización económica y nuevas condiciones para la acumulación capitalista.
Mientras tanto, las condiciones estructurales que habían originado buena parte del conflicto social continuaban reproduciéndose bajo nuevas formas.
El Salvador se caracterizó una por ser economía capitalista dependiente, incapaz de generar suficiente empleo formal y marcada por altos niveles de informalidad, migración y dependencia de las remesas. El país entró así en una nueva contradicción.
La guerra había terminado, pero las causas estructurales de la desigualdad permanecían. El capitalismo salvadoreño encontró otra válvula de escape, la emigración masiva se convirtió progresivamente en una de las principales válvulas de escape de las contradicciones sociales.
Una economía incapaz de incorporar productivamente a una parte considerable de su población comenzó a exportar fuerza de trabajo, millones de salvadoreños buscaron en Estados Unidos las oportunidades que el capitalismo salvadoreño no podía ofrecerles.
Posteriormente, sus remesas se convertirían en uno de los pilares fundamentales de la economía nacional.
La contradicción resulta brutal: el país no podía ofrecer condiciones dignas a una parte de sus trabajadores, pero pasó a depender del dinero enviado por esos mismos trabajadores después de expulsarlos económicamente.
Existe una vinculación entre dependencia de las remesas, la precariedad, la falta de empleo formal y el abandono de comunidades con las características estructurales del capitalismo dependiente salvadoreño. Y en ese terreno crecieron las pandillas
Este proceso tendría consecuencias que décadas después serían fundamentales para comprender el ascenso de Bukele.
Miles de salvadoreños habían emigrado hacia Estados Unidos durante la guerra y la posguerra. Jóvenes salvadoreños crecieron en barrios marginalizados de Los Ángeles y algunos se incorporaron o formaron estructuras pandilleriles.
Posteriormente, las políticas de deportación estadounidenses trasladaron parte de esas estructuras hacia un país devastado por la guerra, con enormes niveles de exclusión y con instituciones incapaces de ofrecer oportunidades a una generación
de jóvenes. Las pandillas encontraron entonces un terreno social fértil. por eso su surgimiento no puede explicarse simplemente como un problema moral o policial.
La exclusión social, la falta de empleo, la ausencia de perspectivas educativas y el abandono estatal constituyeron el terreno material sobre el cual esas estructuras pudieron crecer. Décadas después, la inseguridad producida por ese proceso sería precisamente uno de los factores fundamentales que permitirían a Bukele construir su enorme legitimidad popular.
Existe, por tanto, un hilo histórico: desenlace de la guerra → derrota estratégica → ofensiva neoliberal → precarización y migración → descomposición social → crisis del régimen de posguerra → surgimiento del bukelismo. No se trata de una causalidad automática. Pero sí de procesos históricos profundamente relacionados.
¿Y qué ocurrió cuando el FMLN llegó al gobierno?
Aquí aparece otra cuestión decisiva. Después de veinte años de gobiernos de ARENA, el FMLN ganó finalmente la presidencia en 2009.
Para cientos de miles de trabajadores y sectores populares aquello representó una enorme esperanza. Después de décadas de lucha, sacrificio y oposición, la antigua organización revolucionaria llegaba finalmente al gobierno.
Pero llegar al gobierno no significó conquistar el poder económico ni transformar el carácter de clase del Estado. Los gobiernos de Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén no revirtieron las estructuras fundamentales construidas durante la etapa neoliberal.
No expropiaron a la gran burguesía, no modificaron radicalmente la estructura productiva, no rompieron con el capitalismo dependiente, no construyeron un nuevo poder de la clase trabajadora. Los gobiernos del FMLN administraron el capitalismo sin alterar las estructuras fundamentales de clase y que el costo político de esa experiencia fue devastador para el propio partido.
Aquí se cerró históricamente un ciclo iniciado en 1992. La organización que había luchado durante la guerra para transformar la sociedad terminó administrando el Estado burgués surgido de la posguerra.
De la esperanza a la frustración
Esto tuvo consecuencias políticas enormes, una parte importante de las masas había conocido sucesivamente dos experiencias: Primero, ARENA gobernando directamente para los grandes intereses económicos. Después, el FMLN llegando al gobierno sin producir la transformación profunda que millones esperaban.
El resultado no fue automáticamente un giro revolucionario. Fue, en gran medida, desmoralización, desencanto y ruptura con el viejo sistema de partidos.
Cuando una alternativa revolucionaria independiente no logra ocupar ese espacio, el vacío puede ser ocupado desde otra dirección. Eso fue precisamente lo que ocurrió. Bukele apareció diciendo que ARENA y el FMLN eran lo mismo. “Los mismos de siempre”. Para millones de personas esa afirmación encontraba confirmación en su propia experiencia.
No porque ambos partidos fueran históricamente idénticos. No lo eran. Sino porque ambos habían terminado administrando, desde posiciones diferentes, el mismo Estado burgués y el mismo capitalismo dependiente.
La desesperación política, cuando no encuentra una alternativa revolucionaria, puede encontrar un caudillo. Y ese caudillo fue Bukele.
El bukelismo también nació en 1992
Esto permite formular una conclusión que puede parecer provocadora: para comprender políticamente 2019 hay que comprender 1992. Bukele no es simplemente el resultado de una buena campaña electoral. Es también producto de las contradicciones acumuladas durante tres décadas de posguerra. El régimen político nacido de los Acuerdos de Paz prometió democracia.
ARENA administró esa democracia aplicando el neoliberalismo. El FMLN terminó integrándose plenamente al régimen y posteriormente administró el mismo Estado que había combatido. Las desigualdades estructurales continuaron, la emigración continuó, la precariedad continuó, las pandillas llegaron a controlar territorios y comunidades enteras, y finalmente se derrumbó la legitimidad de los dos partidos que habían organizado políticamente el régimen de posguerra. Sobre esas ruinas apareció Bukele.
Defender las conquistas democráticas sin idealizar el régimen de posguerra
Existe aquí una cuestión política particularmente importante. Criticar los límites históricos de los Acuerdos de Paz no significa negar las libertades democráticas conquistadas ni justificar su destrucción por el bukelismo.
Sería un grave error caer en esa falsa alternativa. La clase trabajadora debe defender todas las libertades democráticas que facilitan su organización: libertad sindical, libertad de expresión, derecho de asociación, debido proceso, derecho de movilización y posibilidad de organizarse políticamente. Pero defender esas conquistas no significa idealizar el régimen burgués surgido de 1992.
Nuestra perspectiva no puede ser: volver al El Salvador anterior a Bukele.
Porque las contradicciones de aquel régimen fueron precisamente parte de las condiciones que hicieron posible el surgimiento del bukelismo. La tarea histórica es diferente: defender las libertades democráticas frente a la dictadura mientras construimos una alternativa independiente de la clase trabajadora que supere tanto al bukelismo como al viejo régimen burgués de posguerra.
La principal lección: Treinta y cuatro años después de los Acuerdos de Paz, la principal lección para la clase trabajadora salvadoreña no debería ser que luchar fue un error. La lección es exactamente la contraria.
Una lucha revolucionaria que no logra resolver el problema del poder deja abierta la posibilidad de que la burguesía reorganice su dominación bajo nuevas formas.
En 1992 cambió profundamente el régimen político. Pero no cambió la clase que controlaba la economía. Posteriormente esa burguesía pudo utilizar la nueva correlación de fuerzas para impulsar la ofensiva neoliberal.
Décadas después, cuando el régimen surgido de los Acuerdos entró en crisis y sus principales partidos perdieron legitimidad, la propia dominación burguesa encontró una nueva forma política. Esa nueva forma es el bukelismo.
Por eso la discusión sobre 1992 no pertenece solamente al pasado. Es parte de la discusión sobre qué ocurrió con la revolución salvadoreña, por qué la clase trabajadora perdió su independencia política y cómo reconstruirla hoy.
Y nos conduce directamente hacia la siguiente pregunta de esta serie: ¿Qué tipo de capitalismo se consolidó después de la guerra y por qué, después de décadas de democracia, El Salvador continuó produciendo pobreza, informalidad, migración y dependencia?
Ese será el punto de partida para analizar el capitalismo dependiente salvadoreño y las raíces económicas y sociales sobre las que posteriormente pudo levantarse el bukelismo. Que desarrollaremos en la próxima entrega.
Este es el primer artúculo de la serie El Salvador Bajo el Bukelismo.

