Cómo nos quieren hacer trabajar más para ganar lo mismo, quién se beneficia, y qué tareas tiene la clase trabajadora
Partido de la Clase Trabajadora
El café de las 5 de la mañana ya no te va a alcanzar
Si trabajás en una maquila, en un laboratorio, en una empresa empacadora o hacés turnos en un call center, ya conocés el reloj: levantarte antes del amanecer, coincidir con el primer bus o ir en uber moto, dejar a los niños con alguien de confianza, cumplir tu turno todo el día y todavía llegar con energía para lo que sigue en la casa. Ahora el gobierno y los empresarios discuten cambiar ese reloj. Le llaman “modernización del tiempo de trabajo”. En la práctica, para vos, puede significar jornadas de 10, 11 o hasta 12 horas diarias, cuatro días a la semana. Sin subirte el salario. Sin preguntarte si estás de acuerdo.
Esto no es un rumor. Es un debate real, abierto en el Consejo Superior del Trabajo (CST), con propuestas concretas sobre la mesa desde agosto de 2026.
Qué se está discutiendo, en buen salvadoreño
El Código de Trabajo dice algo simple: la jornada diurna ordinaria no puede pasar de 8 horas al día ni de 44 horas a la semana. Ese límite es el que hoy está en discusión. Las propuestas que circulan en el CST son:
• Esquema 4×3: cuatro días de hasta 11 horas de trabajo, tres de descanso.
• Esquema 4×4: cuatro días de doce horas seguidas, cuatro días libres.
• Esquema 10+4: diez horas de lunes a jueves y cuatro horas el viernes, opción que el propio sector sindical presente en el CST planteó como su preferencia.
• El Ministerio de Trabajo insiste en que no se van a reducir ni ampliar las 44 horas semanales, solo “reorganizarlas”.
Aquí está la trampa: comprimir no es lo mismo que reducir. Que sigas trabajando 44 horas a la semana pero metidas en cuatro días significa que tu jornada diaria pasa de 8 a 11 horas. La propia Constitución establece que la jornada ordinaria diurna no debe exceder ocho horas; convertir once horas en jornada “normal” equivale a tratar como ordinario lo que hoy se considera tiempo extra. Es la misma cantidad de horas, pero tu cuerpo, tu tiempo de cuidado y tu vida familiar cargan con tres horas más de trabajo cada uno de esos cuatro días.
¿A tu bolsillo le conviene?
Hagamos la cuenta con el salario mínimo de maquila textil y confección en 2026: $402.32 al mes, que equivale a $1.65 la hora ordinaria. Hoy, si trabajás una hora extra, te la pagan al doble (recargo del 100%): $3.30. Si el nuevo esquema mete esas horas “extra” dentro de la jornada ordinaria de 11 o 12 horas, esas mismas horas dejan de pagarse como extraordinarias. Te las meten gratis, disfrazadas de horario normal. Y eso, asumiendo que no se trata de horas extra nocturnas.
Plusvalía: ¿por qué esto no es un simple “ajuste de horario”?
Cuando trabajás, tu jornada se divide en dos partes que nunca ves separadas en tu boleta de pago, pero que existen en la realidad: una parte del tiempo reproducís el valor de tu propio salario (lo que necesitás para comer, pagar renta, transportarte), y otra parte —el resto de la jornada— genera un valor que el patrón se queda sin pagarte un centavo por él. A esa segunda parte se le llama plusvalía: la ganancia del capitalista no sale de la magia del mercado, sale directamente de horas de tu vida que no se te retribuyen.
Hay dos formas de aumentar esa plusvalía. La primera es alargando la jornada de trabajo sin subir el salario: se llama plusvalía absoluta, y es exactamente lo que está en juego con los esquemas 4×3 y 4×4. Si hoy trabajás 8 horas y mañana trabajás 11 dentro de la misma semana de 44 horas, no cambia el total semanal en el papel, pero sí cambia algo decisivo: el desgaste físico diario, el ritmo de explotación por jornada, se intensifica. Tu cuerpo no distingue entre “jornada ordinaria” y “hora extra” cuando lleva diez horas de pie en una línea de
producción. Lo que cambia es que esas horas de mayor desgaste dejan de pagarse con recargo, porque pasan a ser “normales” por decreto.
La segunda forma es la plusvalía relativa: producir más en el mismo tiempo gracias a mejor tecnología, mejor organización del trabajo, mayor intensidad del ritmo. Cuando ANEP y ASI hablan de “elevar la productividad” con estos esquemas, en realidad combinan las dos cosas: te piden que en menos días produzcas lo mismo o más (intensificación del ritmo, plusvalía relativa) y además alargan tu jornada diaria (plusvalía absoluta). Es un ataque por los dos flancos a la vez. Por eso no es casualidad que la industria textil y la maquila —el sector con mayor tasa de explotación del país, con metas de producción por pieza y supervisión constante— aparezca como sector prioritario en esta discusión.
El contraste que el gobierno no quiere que veas
Esto no es una fatalidad técnica del “mundo moderno”, es decir, no necesariamente debe ser así. Es una decisión política, y la prueba está en lo que pasa en países vecinos:
• Chile aprobó una ley que reduce la jornada de 45 a 40 horas semanales de forma gradual hasta 2028, sin reducción salarial. Estudios oficiales de la Subsecretaría del Trabajo chilena reportan que el 70% de los trabajadores consultados notó mejoría en su salud física y más de dos tercios reporta mejor salud mental.
• Colombia, mediante la Ley 2101 de 2021, reduce gradualmente su jornada de 48 a 42 horas semanales, con meta cumplida en 2026, sin afectar salarios ni derechos adquiridos.
• Ecuador ya estableció por ley las 40 horas semanales, junto a Chile.
• México impulsa bajar de 48 a 40 horas semanales de forma gradual entre 2027 y 2030.
En Chile, Colombia, Ecuador y México el debate es cuánto reducir sin tocar el salario. En El Salvador, mientras tanto, el debate oficial es cómo comprimir las mismas 44 horas en menos días, sin que se mencione siquiera bajar el total semanal. El propio ministro de Trabajo lo dijo con todas sus letras: el proceso “no contempla reducir la jornada laboral”. Esa frase, repetida como garantía tranquilizadora para la burguesía, es en realidad una confesión: el gobierno salvadoreño excluyó de entrada la única opción que en el resto del continente se discute como avance para la clase trabajadora.
¿Quién gana con esto?
• ANEP y las gremiales empresariales (ASI, Cámara de Comercio) piden que la reforma sea “opcional y sectorial”, que se adapte “al tamaño de la empresa, la demanda, el sector económico”, y hablan de “prosperidad, competitividad y generación de empleo”. Es el lenguaje de siempre: lo que es bueno para la ganancia se presenta como bueno para el país.
• El empresariado textil y maquilero aparece como sector prioritario en esta discusión, precisamente el sector con más rotación de personal, más presión de producción y más mano de obra femenina.
Pedir que la reforma sea “opcional” no es moderación, es estrategia: permite implementarla empresa por empresa, sector por sector, sin enfrentar una resistencia unificada de todo el movimiento sindical a la vez. Divide para vencer.
El papel hipócrita del gobierno
El Ministerio de Trabajo repite que “no se pretende imponer una propuesta” y que el proceso busca consenso. Pero la neutralidad es una máscara. Miren los hechos:
• La Confederación Nacional de Trabajadores Salvadoreños (CNTS) denunció que el Ministerio de Trabajo usó trámites de credenciales como excusa para excluirla del proceso de elección de representantes ante el CST, acusando al ministerio de “tutelar” quién representa a los trabajadores en lugar de dejar que las organizaciones sindicales lo decidan. Y no fue la única organización sindical que manifestó esta disconformidad.
• Además, la OIT tiene denuncias sobre cómo se han anulado decenas de organizaciones sindicales mediante el mecanismo de retención de credenciales, lo que les impide participar en los espacios tripartitos. Y, como si esto fuera poco, se han eliminado prácticamente 60 sindicatos y se ha despedido a 550 directivos sindicales, con lo que se ha descabezado al movimiento sindical que no ha sido correa de transmisión del actual gobierno.
• La UNT denunció ante la OIT la pérdida de veinte contratos colectivos y el despido de dirigentes sindicales, señalando el uso del régimen de excepción para reprimir organización social y sindical.
• Con lo cual, la supuesta representación del sector laboral carece de legitimidad, y para la clase trabajadora de la maquila no es un secreto que los sindicatos que ahí funcionan son apéndices de las patronales.
El mismo Estado que se dice neutral se reserva la llave de ambas puertas: decide qué patronos negocian y, mediante procesos de “credenciales” cuestionados, decide también qué sindicatos tienen voz. Eso no es diálogo social. Es control estatal del conflicto de clases, diseñado para que no estalle en la calle sino que se administre en una sala donde el desenlace ya está inclinado. Un gobierno que se presenta como árbitro neutral, mientras decide por decreto quién negocia y persigue a quien organiza resistencia, no es neutral. Defiende un modelo económico que necesita mano de obra barata y flexible para sostener la atracción de inversión extranjera y maquila.
El sindicalismo institucionalizado: representando en la mesa a los empresarios
El CST es un organismo tripartito: gobierno, patronos y “sector trabajador”, ocho representantes titulares y ocho suplentes por cada uno. El problema es doble. Primero, muchos de los que hoy se sientan como “representación laboral” llegaron ahí por un proceso que la propia CNTS calificó de antidemocrático. Segundo, y más grave: negociar “cómo” se va a ampliar tu jornada, en lugar de rechazar de raíz cualquier ampliación, ya es una derrota.
Aceptar sentarse a discutir cuál modalidad de ampliación es mejor —si 4×3, si 4×4, si 10+4— en lugar de plantar una posición de rechazo total y exigir, como mínimo, lo que ya se discute en Chile o Colombia, es una capitulación de origen. Pedir “salario vital” o transporte a cambio de aceptar la ampliación es negociar las condiciones de tu propia derrota, no defender tus intereses. Un dirigente sindical que negocia el precio de tu explotación, en lugar de combatirla, deja de representarte aunque use la palabra “trabajador” en su discurso. Esa es la lógica de la conciliación de clases: sentarse en igualdad de condiciones con quien te explota, como si patrón y obrero tuvieran los mismos intereses. No los tienen.
Las mujeres trabajadoras cargan el doble golpe
La organización ORMUSA advirtió algo que casi nadie dice en el debate oficial: concentrar las horas de trabajo en menos días no reduce el tiempo total de trabajo, amplía la jornada diaria. Y el tiempo laboral no se agota al salir de la fábrica o la tienda: sigue con el trabajo de cuidado que recae, mayoritariamente, sobre las mujeres. Once o doce horas fuera de casa, más transporte, más el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que la sociedad sigue asignándoles, no es “flexibilidad”. Es una doble jornada más larga y más agotadora, con menos tiempo para hijos, salud y descanso.
La huelga: la única herramienta que de verdad frena esto
La huelga no es una consigna, ni una publicación en redes. Es un proceso: asamblea general de trabajadores del centro de trabajo, discusión abierta de un pliego de peticiones, votación mayoritaria, notificación según establece la ley, y sostenimiento colectivo de la medida hasta lograr respuesta. Es lenta, exige organización, exige confianza construida turno a turno con tus compañeros. Pero es la única fuerza material capaz de detener una reforma que ya viene decidida en la mesa patronal-gubernamental.
El obstáculo no es solo legal. Es que las direcciones sindicales institucionalizadas, sentadas en el CST, prefieren negociar migajas antes que convocar la lucha. Superar esa burocracia significa construir organización de base: asambleas por centro de trabajo, comités elegidos y revocables por la propia asamblea, coordinación entre sindicatos combativos, e independencia total frente al gobierno y frente a ANEP.
Por qué la autonomía de la clase trabajadora industrial es la clave
Ningún cambio real en esta correlación de fuerzas va a salir de una mesa tripartita diseñada por el propio Estado que decide quién se sienta en ella. La experiencia histórica del movimiento obrero, en El Salvador y en el mundo, enseña algo elemental: los derechos laborales que hoy existen —la jornada de 8 horas incluida— no se los regalaron los gobiernos ni los empresarios. Se conquistaron con huelgas, movilización y organización independiente, y se defienden de la misma manera, no con buena voluntad institucional.
Por eso la tarea central no es “participar mejor” o tener mejores representantes en el CST, sino construir una fuerza social capaz de imponerse por fuera y por encima de esa mesa. Y esa fuerza tiene que nacer, en primer lugar, en la clase trabajadora industrial: maquila, textil, agroindustria, construcción, transporte de carga. Son los sectores con mayor concentración de trabajadores en un mismo lugar, con mayor capacidad de paralizar producción y, por tanto, con mayor peso específico para torcerle el brazo al capital. Los trabajadores públicos dispersos no tienen la misma fuerza de bloqueo que una planta textil con miles de operarias bajo el mismo techo. Esa capacidad de daño económico real al capital es lo único que, en última instancia, hará retroceder a un gobierno y a una patronal decididos a avanzar. Sin embargo, las direcciones traidoras de la clase trabajadora y las direcciones traidoras de los dizque partidos políticos de “oposición” solo nos han llevado por la vía de las derrotas. Es necesario volver a construir ambos espacios y, poco a poco, remontar esta derrota histórica.
Autonomía significa varias cosas concretas:
• Independencia política y organizativa frente al gobierno: ningún acuerdo firmado por un ministerio que además reprime dirigentes sindicales puede considerarse garantía de nada.
• Independencia frente a la patronal y sus intermediarios: rechazar la lógica de “sentarnos a negociar modalidades” y volver a plantear, como piso mínimo no negociable, cero ampliación de jornada y discusión abierta de reducción sin rebaja salarial.
• Democracia de base por encima de las cúpulas sindicales institucionalizadas: asambleas generales por centro de trabajo, con mandato imperativo y revocable, donde las decisiones las tome la base.
• Coordinación entre sectores: la fuerza de una huelga sectorial se multiplica cuando hay solidaridad activa —paros escalonados, bloqueos de suministros, difusión pública— entre distintos gremios.
• Un programa propio, no defensivo: no basta con resistir la ampliación. Hay que levantar la consigna de reducción de la jornada sin afectar el salario, como bandera ofensiva de la clase trabajadora salvadoreña, y no como concesión que se pide de rodillas.
¿Qué hacer ahora?
No hay que esperar a que “modernicen” tu jornada para organizarte. Las tareas son concretas y empiezan hoy:
• Hablá con tus compañeros de turno. La organización empieza en la conversación cotidiana, no en el discurso.
• Exigí información clara y por escrito sobre cualquier cambio de horario que tu empresa anuncie.
• Rechazá firmar cualquier “adopción opcional” de un nuevo esquema que no haya pasado por asamblea de trabajadores.
• Impulsá o fortalecé comités de base elegidos y revocables en tu centro de trabajo, independientes de cualquier dirigencia que ya haya mostrado disposición a negociar con quienes te reprimen.
• Buscá coordinación con otros centros de trabajo de tu sector y de otros sectores: la fuerza colectiva es la única moneda real frente al capital y al gobierno.
• Planteá en cada espacio la consigna clara: ni una hora más gratis, y discusión abierta de reducción de jornada sin rebaja salarial, como ya avanza en otros países de la región.
Ningún cambio en tu jornada debería decidirse sin tu voz directa. La productividad y la competitividad son problemas de quien acumula ganancia, no tuyos. Tu tiempo, tu salud y tu familia no son variables de ajuste.
“Los derechos laborales que hoy existen no te los regalaron los gobiernos ni los empresarios. Se conquistaron con huelgas, movilización y organización independiente, y se defienden de la misma manera.”

